En la Galería Taller Gorría, una propuesta visual y performativa ensaya los límites entre teatro, archivo y ritual contemporáneo. ROJO, la más reciente exposición de la artista cubana May Reguera, se despliega como un ejercicio de observación y montaje sobre lo que permanece en los pliegues del cuerpo, en los restos de la escena, en el uso del color como registro simbólico y afectivo.
El rojo, más que un elemento cromático, estructura toda la narrativa visual y sensorial de la muestra. Actúa como un marcador del umbral entre lo vital y lo cultural, lo vivido y lo representado. En esta exposición, el color no se impone: se infiltra. Tiñe telas, ocupa imágenes, respira en el gesto detenido de los performers y en los objetos suspendidos entre el documento y el vestigio.
La exposición reúne fotografía autoral, instalación textil, acciones en vivo y piezas de video que documentan el proceso de construcción de la obra. Cada uno de estos lenguajes converge en una cartografía escénica en la que los materiales —vestuario, tejidos, cuerpos— no son utilería ni decorado, sino archivos activos de una memoria que no busca conmemorar, sino articular una mirada sobre el teatro como práctica que sobrevive al espectáculo.
Más que una galería de retratos o una serie de homenajes explícitos, ROJO se inscribe en una zona intermedia entre la documentación y la poesía visual. Las imágenes que componen la muestra se sostienen en un registro íntimo, que alude a lo colectivo desde lo fragmentario. Las instalaciones textiles, teñidas e intervenidas, configuran espacios inmersivos en los que el visitante deja de ser espectador para convertirse en parte de una dramaturgia latente. El cuerpo, en movimiento o en reposo, aparece como escena y como archivo.
May Reguera (La Habana, 1990) transita desde hace casi una década entre la fotografía, la instalación y el performance. Su formación en artes escénicas —primero en la Escuela Nacional de Arte, luego en el Instituto Superior de Arte— establece un marco que atraviesa toda su obra visual. Desde Telón (2016) hasta Ceiba (2024), sus exposiciones personales han indagado en zonas donde lo privado y lo político se entrelazan: maternidad, libertad de expresión, inclusión, pertenencia. Sus proyectos han cruzado formatos y territorios, moviéndose entre galerías, espacios públicos y plataformas de intercambio cultural en Cuba, Argentina, España, Francia, Reino Unido y Estados Unidos.
ROJO se inscribe también en esa línea de investigación expandida. Lo performativo en la muestra no está limitado al evento en vivo, sino que sostiene el gesto curatorial de toda la propuesta: una serie de acciones cruzadas entre imagen y escena que piensan al teatro no como artificio, sino como lenguaje del cuerpo y de la ausencia.
La exposición estará abierta hasta el 28 de junio. En paralelo, se desarrollarán conferencias centradas en el análisis del cuerpo, el vestuario y la imagen como lenguajes escénicos desde la fotografía. La muestra propone, sin dramatismos, un modo de mirar el archivo teatral cubano desde sus márgenes: no desde los nombres ni las fechas, sino desde los fragmentos que, en su precariedad, activan la memoria. El rojo, como residuo y señal, dibuja ese mapa.




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