Cada tarde, un hombre llegaba primero. Separaba turno. Esperaba. Y cuando el otro aparecía con esa mezcla inconfundible de genialidad y mal humor, los dos se sentaban en la cafetería del Hotel Capri y hablaban como si el mundo tuviera aún cosas que decir.
Uno era Virgilio Piñera. El otro era José Milián. Y lo que pasó en esas mesas, durante años, acabó convirtiéndose en una de las piezas más importantes del teatro cubano del siglo XX.
Si vas a comer, espera por Virgilio no es una obra de homenaje. Las obras de homenaje tienen ese olor a flores marchitas, ese gesto reverente que paraliza la escritura antes de que empiece. Esta es otra cosa. Es el retrato de un artista que el sistema fue borrando sin que él tuviera la delicadeza de desaparecer, y de un amigo más joven que lo observaba, que tomaba nota, que tardó veinte años en entender qué había visto.
Milián lo escribió cuando ya podía distanciarse lo suficiente. La distancia era necesaria. Porque Virgilio Piñera era un hombre difícil de querer y fácil de venerar, y la obra tiene el mérito extraño de hacer las dos cosas sin que ninguna aplaste a la otra.
La mecánica dramática es tan simple que duele. Milián y Piñera se reúnen en la cafetería del Capri, todos los días, a comer juntos y conversar. Eso es todo. Y en ese espacio cotidiano cabe el absurdo de una época entera.
Piñera era, para entonces, un hombre al que se había decidido ignorar. Tras el caso Padilla en 1971, intelectuales como él sufrieron un ostracismo institucional que se prolongó hasta su muerte en 1979. Un escritor que había inventado el absurdo cubano antes de que Europa le pusiera nombre a ese género, que había escrito obras que el mundo entero terminó reconociendo como fundacionales, reducido a marcar turno en una cola para almorzar. Todas las mañanas, separaba su número para la comida de la noche. Hay en eso una crueldad tan precisa que ningún dramaturgo la habría inventado.
Para Milián, reponer el texto es siempre una invitación a recordar los esfuerzos del arte cotidiano. «Es mi obra sobre la Cultura Nacional, sobre los Artistas Cubanos, sobre la importancia de preservar nuestra memoria no sólo Escénica, sobre el esfuerzo diario de los Artistas, para crear su obra contra viento y marea. ¡Aceptados o no! ¡Reconocidos o no!»
La obra se estrenó en el Pequeño Teatro de La Habana con temporada a teatro lleno. Y desde entonces no ha parado de subir a escena, con distintos elencos, en distintos países, con la tenacidad de los textos que no se cierran.
Una mujer misteriosa aparece todos los días a hacer la cola, a separar su turno para entrar a comer donde se reúnen Virgilio y Pepe. Se convierte en un elemento que puede ser muchas cosas: una representante del estado, la musa de Virgilio, el desgaste de La Habana. En ese tercer personaje está la grandeza dramatúrgica de Milián: no explicar lo que funciona mejor flotando, no cerrar lo que tiene más fuerza abierto.
A lo largo de los años, distintos actores han incorporado a Virgilio. Waldo Franco, Ángel Ramírez Lahera, Alexander Paján, Iván García. Cada uno desde su lectura personal, con resultados que la crítica y el público han reconocido como convincentes y auténticos. Todo ello ha contribuido a hacer de la pieza un clásico temprano de la escena cubana.
En 2013, Tomás Piard la llevó al cine, con las actuaciones de Iván García, Javier Casas y Valia Valdés. Pero como bien sabe Milián, el teatro tiene lo que el cine no puede comprar. «El público siempre agradece la emoción única de su versión teatral».
Treinta años después del estreno, Si vas a comer, espera por Virgilio permanece en cartelera porque habla de algo que no envejece. Habla de lo que le cuesta a un país reconocer a sus propios artistas mientras están vivos. Y de los que, a pesar de todo, siguieron sentándose a la mesa.




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