Por: Félix A. Correa Álvarez
Fotos: Cortesía del entrevistado
Cuatro años después de aquella conversación publicada en 2021, vuelvo a pensar en las palabras de Carlos Alberto Méndez, cuando definía su manera de mirar el oficio y la vida con una frase tomada del Hagakure: “Preguntar lo que no sabes es norma”. Entonces era un joven actor que hablaba con entusiasmo de sus inicios y de los caminos que comenzaban a abrirse entre el teatro, el cine y la televisión.
Hoy me encuentro nuevamente con él, pero en otras latitudes, en otros caminos creativos; distinto, quizá, en los escenarios que habita, aunque con la misma inquietud por aprender, con idéntica pasión por contar historias y con esa curiosidad que, desde siempre, parece marcar el pulso de su carrera.
Aquel joven que en 2021 hablaba con entusiasmo de su vocación y de los caminos que apenas comenzaban a abrirse en el arte, hoy mira su historia desde otra perspectiva. Entre proyectos, aprendizajes y decisiones que cambian el rumbo de la vida, la conversación inevitablemente deriva hacia uno de los momentos más decisivos de su trayectoria: la emigración.
Más allá del actor que el público conoció en la televisión, el cine o el teatro, emerge entonces el ser humano que tuvo que reinventarse lejos de su contexto natural y enfrentar miedos, incertidumbres y nuevos comienzos.

Emigrar suele implicar un quiebre vital. ¿Cuál fue el primer miedo real que enfrentaste al salir de Cuba y cuánto de ese miedo sigue acompañándote hoy?
Creo que el miedo más grande es el que uno rompe cuando decide salir de Cuba.
Cuando llevas muchos años trabajando dentro de un entorno, ya tienes relaciones, contactos, experiencias acumuladas y cierto alcance dentro de tu propio mundo. Entonces, tomar la decisión de irte significa romper con todo eso y empezar otra vez desde cero, sin saber siquiera si vas a poder seguir dedicándote a lo mismo a lo que has dedicado tu vida.
En mi caso, cuando llegué a Estados Unidos, lo primero que hice fue trabajar en un restaurante durante algunos meses. Y no fue algo que me generara conflicto, porque yo nunca le he tenido miedo al trabajo. Ya lo había hecho antes en Cuba. Para mí, lo importante era que no faltara la comida y sentir que tenía la capacidad de sostenerme y salir adelante.
El miedo, en realidad, no desaparece; lo que cambia es la relación que uno tiene con él. Las personas valientes sienten miedo igual que cualquier otra; la diferencia es que son capaces de enfrentarlo.
Hay muchas cosas en la vida que uno no puede controlar, y esas son las que generan más incertidumbre. Pero todo lo que depende de mí, siempre estoy dispuesto a mirarlo de frente.
Hoy siento que ese miedo se transformó en otra cosa. También he podido demostrarme a mí mismo que una buena semilla, aunque la trasplanten de un suelo a otro, puede crecer y convertirse en un buen árbol si tiene la voluntad de hacerlo.
Gran parte de lo que hoy estoy viviendo se lo debo a todo lo que aprendí, a lo que me formó y al tiempo que dediqué a prepararme.
¿Qué cosas tuviste que desaprender, artística o humanamente, para poder adaptarte a un nuevo contexto profesional y cultural?
Curiosamente, no siento que haya tenido que desaprender demasiado. Desde niño he desarrollado una capacidad de adaptación de la que me siento muy orgulloso.
Siempre me ha gustado aprender cosas nuevas, entender procesos e interesarme por lo que está pasando a mi alrededor. Esa curiosidad constante hace que nunca me aburra y que, en cualquier escenario al que llegue, encuentre algo que explorar.
Eso lo aplico a todo lo que hago: cuando trabajo como actor, cuando trabajo como realizador y también cuando me toca ocupar un rol dentro de un equipo. Me gusta formar parte de los procesos y tratar de que las cosas funcionen desde el lugar que me corresponda.
Quizás el cambio más grande no fue artístico, sino de percepción del mundo. En Cuba, uno crece con una visión bastante limitada de cómo funciona realmente la realidad global. No porque la gente no tenga talento o ganas de trabajar, sino porque el país funciona dentro de una especie de burbuja donde muchas dinámicas del mundo simplemente no se experimentan.
Cuando llegas a un lugar como Estados Unidos, descubres otra velocidad. Aquí el tiempo tiene un valor distinto: la productividad, la iniciativa individual y el esfuerzo se traducen directamente en oportunidades.
Para mí ha sido un proceso de crecimiento muy fuerte. Más que desaprender, siento que he ampliado mi perspectiva.
¿Sientes que emigrar te obligó a redefinir quién eras o simplemente te permitió mostrar facetas que antes no tenían espacio?
Creo que lo que soy lo he sido en todas partes.
Nunca he hecho algo que no haya disfrutado o a lo que no le haya encontrado sentido. Gran parte de eso se lo debo a mi familia. Mis padres hicieron un trabajo muy bonito formándome como persona, y siempre voy a estar agradecido por ello.
Cuando uno cambia de país se encuentra con personas que hablan otro idioma y vienen de otras culturas, pero hay algo que es universal: cuando las personas tienen valores, talento y sensibilidad, son capaces de reconocer esas mismas cualidades en los demás.
En mi caso, muchas de las facetas creativas ya existían antes de emigrar. En Cuba ya venía explorando el mundo audiovisual: había dirigido cortos de ficción, videoclips, documentales y proyectos publicitarios.
Siempre tuve esa inquietud de entender cómo se cuentan las historias desde distintos lugares, no solamente desde la actuación.
Cuando llegué a Estados Unidos, ese camino encontró un espacio distinto para desarrollarse.
¿Cómo te has reinventado fuera de la actuación aprovechando tu faceta de creador audiovisual?
En realidad, ese proceso comenzó incluso antes de emigrar.
Desde la universidad entendí algo que para mí fue muy importante: las escuelas no son el destino, sino un pretexto para que uno descubra su potencial. Aunque mi formación principal fue como actor, siempre tuve curiosidad por entender cómo se construyen las historias desde todos los ángulos. Por eso empecé a explorar la dirección, la escritura y el trabajo audiovisual.
Cuando llegué a Estados Unidos, esa faceta encontró un terreno fértil. De pronto me vi asumiendo muchas responsabilidades al mismo tiempo: pensar ideas, grabar, editar y construir narrativas visuales para marcas.
También tuve que cambiar mi percepción sobre las redes sociales. En Cuba nunca fui alguien particularmente interesado en ellas; siempre preferí vivir los momentos antes que contarlos. Pero aquí entendí que podían convertirse en una herramienta muy poderosa para comunicar y para contar historias.
Ese proceso terminó abriéndome el camino que sigo recorriendo hoy.











¿Qué herramientas del actor te han resultado más útiles en el mundo del marketing y la publicidad?
La actuación es una de las formaciones más completas que puede tener una persona. No solo te enseña a interpretar un personaje; también te enseña a observar a los seres humanos y a entender emociones, motivaciones y contradicciones.
Cuando uno estudia actuación desarrolla una curiosidad muy grande por la vida. Empiezas a hacerte preguntas, a investigar y a tratar de comprender por qué las personas actúan como lo hacen.
Y, en el fondo, el marketing también tiene mucho de eso.
Cuando estás construyendo una narrativa para una marca o creando contenido que debe conectar con una audiencia, lo que realmente haces es intentar entender a las personas: qué sienten, qué desean, qué les llama la atención y qué historias son capaces de moverlas.
Además, mi paso por las escuelas de arte también fue muy importante desde el punto de vista intelectual. Tuve profesores que me enseñaron a pensar, a cuestionar y a interesarme por muchas áreas del conocimiento.
El trabajo creativo no se alimenta solo de técnica. También se nutre de cultura, sensibilidad y curiosidad por el mundo.
En un entorno dominado por métricas, algoritmos y resultados, ¿cómo se protege la sensibilidad artística?
Esa es precisamente una de las preguntas que más nos hacemos dentro de nuestra compañía.
Desde el inicio, en Impulse, hemos tratado de construir una mirada distinta sobre la publicidad. Muchas veces se percibe como un proceso frío, dominado por números, métricas y algoritmos. Nosotros buscamos acercarnos a ese mundo desde una sensibilidad mucho más humana y artística.
Por eso hemos formado un equipo que, aunque trabaja en marketing y publicidad, tiene la capacidad de observar el mundo con la inquietud de un artista. Nos interesa entender a las personas, sus historias y sus emociones, y tratar de contarlas de manera visualmente atractiva y auténtica.
Las redes sociales, además, han cambiado completamente el escenario. Pasaron de ser un espacio que muchas personas subestimaban a convertirse en una de las principales plataformas de comunicación, posicionamiento y venta en el mundo actual.
Curiosamente, nunca he visto las métricas como algo opuesto a la creatividad. Desde niño me gustaban mucho las matemáticas y, con el tiempo, entendí que los datos también cuentan historias. Un “like”, una visualización o un contenido que se vuelve viral no aparecen por casualidad: son el resultado de un proceso vivo donde las personas interactúan con algo que les genera emoción o interés.
Por eso, en nuestro trabajo tratamos de mantener una idea muy clara: las métricas son una consecuencia, no el punto de partida. Lo primero siempre debe ser la calidad, la autenticidad y la capacidad de contar algo que realmente conecte con la gente.
Hay quienes miran el marketing con desconfianza desde el arte. ¿Qué valor creativo le concedes tú a este campo?
Durante mucho tiempo, algunos sectores del mundo artístico han mirado el marketing con cierta desconfianza, como si fuera un territorio menos “puro”. Pero yo lo veo desde otra perspectiva: el arte siempre ha evolucionado junto con los medios que lo sostienen.
El cine de celuloide fue durante décadas el gran lenguaje del audiovisual. Luego llegó el cine digital. Más tarde, la televisión transformó la manera de contar historias, y finalmente internet y las redes sociales cambiaron nuevamente el panorama. Cada etapa genera resistencias, pero también abre nuevos espacios.
Si uno se queda atrapado en la nostalgia de un formato, corre el riesgo de perder la oportunidad de explorar los escenarios donde realmente están las personas hoy. Y hoy, uno de los escenarios más grandes del mundo para contar historias son las redes sociales.
Cuando comprendí eso, entendí que el marketing también puede ser un espacio profundamente creativo. Al final, sigue tratándose de lo mismo: observar la realidad, entender a las personas y encontrar la mejor manera de contar algo que conecte con ellas.
¿Dónde trazas la línea entre contenido con alma y simple producto audiovisual?
Sería deshonesto decir que existe una línea completamente rígida entre ambas cosas. En el mundo de las redes sociales, conviven constantemente.
Para mí, este proceso se parece mucho a lo que ocurre en la actuación. A lo largo de la historia han existido muchos maestros con teorías diferentes sobre cómo debe trabajar un actor. Cada uno propone un camino, una forma de entender el arte. Pero cuando llega el momento de pararte frente al público o la cámara, eres tú quien debe encontrar su propio método.
Con la creación de contenido ocurre algo muy parecido. Las redes sociales son como un gran mar de creatividad donde millones de personas experimentan constantemente con nuevas formas de narrar, conectar y expresarse. En ese mar, cada creador tiene que aprender a construir su propio barco.
En mi caso, he tratado de hacerlo cada vez más sólido, mejorando técnicamente, creciendo profesionalmente y formando un equipo que comparta esa misma visión. En ese camino hay una persona que ha sido fundamental: mi socio y amigo Raidel Rozabal. Más que tener perfiles iguales, descubrimos que éramos, de alguna manera, de la misma especie profesional, pero cada uno desarrollando una parte distinta del mismo organismo: yo desde la creación y la narrativa; él desde su capacidad extraordinaria para construir los sistemas que hacen posible que todo funcione. Desde entonces, hemos trabajado hombro con hombro construyendo este proyecto.
Existe la idea de que los actores que emigran sepultan su carrera. ¿Qué piensas realmente de esa afirmación?
Creo que hay que ser honestos con este tema. Las condiciones con las que muchos actores emigramos a Estados Unidos no siempre son las más favorables para competir en igualdad de condiciones. El idioma, el acceso a la industria y el contexto cultural crean diferencias reales.
Pero eso no significa que sea imposible. En mi caso, la vida me abrió otra puerta muy clara en el mundo audiovisual, y decidí atravesarla con toda mi energía.
Eso no significa que haya sepultado mi carrera como actor. Yo soy actor: estudié once años actuación y es probablemente lo que más profundamente he estudiado en mi vida. Más bien siento que todo este tiempo ha sido también una especie de entrenamiento creativo. Todo lo que he aprendido sigue conmigo; está en mi mochila.
¿Te has sentido juzgado, invisibilizado o encasillado por haber cambiado de rumbo?
La verdad es que no soy una persona que viva mucho desde esa sensación. Siempre digo que soy el rey de los optimistas y procuro darle una lectura positiva a las cosas.
Eso no significa que no haya habido retos. Uno de los más grandes cuando llegué fue el idioma: empecé a trabajar en un entorno donde casi todo sucedía en inglés, y todavía no lo dominaba. Pero con el tiempo entendí que manejar el idioma era una herramienta indispensable para crecer profesionalmente aquí.
Nunca pensé seriamente en irme de Cuba hasta que lo hice. Fue un proceso de conciencia sobre lo que estaba pasando en mi país y sobre las oportunidades que necesitaba buscar para crecer y ayudar mejor a mi familia. Cuando tomé la decisión, todo pasó muy rápido.

¿Has vuelto a actuar desde que emigraste?
Sí. He participado en dos proyectos dentro del 48 Hour Film Project, un concurso en el que se realizan cortometrajes completos en solo 48 horas.
Es una experiencia increíble: un viernes recibes los elementos de la historia —personajes, género, objetos obligatorios— y a partir de ahí tienes dos días para escribir, filmar, editar y entregar el corto terminado.
En esos proyectos tuve la oportunidad no solo de actuar, sino también de escribir los guiones y participar en el proceso creativo junto a un equipo de personas muy talentosas. Fue una experiencia muy bonita.
¿Te ves regresando a la actuación desde otro lugar, con menos urgencia y más control?
No estoy seguro de verlo exactamente así. Incluso en los momentos más inciertos de mi carrera, siempre traté de colocarme en el lugar donde yo quería estar. Para mí, todo ha sido parte de un proceso.
Lo que realmente me produce satisfacción profesional es crear. Y dentro de un proceso creativo puedo ocupar muchos lugares distintos: delante de la cámara, detrás de ella, escribiendo, dirigiendo o formando parte de un equipo que está construyendo algo de manera colectiva.
¿Qué le dirías hoy al Carlos que decidió emigrar sin saber exactamente cómo iba a reconstruirse?
Le diría gracias. Le agradecería haber tenido el valor de tomar esa decisión. También le daría las gracias a mis padres, porque fueron ellos quienes me formaron como un hombre valiente y con capacidad de decidir.
A veces le digo a mi novia, Yeny Enríquez, que siento que llegué un poco tarde a Estados Unidos. Pero ella siempre me recuerda algo muy cierto: todo lo que viví antes fue parte del proceso que me preparó para estar aquí.
Yo me veo con una cámara en la mano mientras esté vivo. Porque, al final, creo en algo muy simple: la constancia tiene una fuerza enorme. Una gota de agua, cayendo una y otra vez, termina abriendo un hueco en la piedra. Y así es como entiendo mi camino.
Como una semilla trasplantada, Carlos Alberto Méndez ha sabido echar raíces en un suelo nuevo y adaptarse al cambio sin perder su esencia.
Hoy, su experiencia refleja que la creatividad no tiene fronteras y que cada cambio puede abrir nuevos horizontes. Entre la actuación, la dirección, la escritura y el marketing, Carlos ha encontrado un equilibrio que le permite explorar distintas facetas de su talento mientras construye proyectos con significado y calidad.
Su camino es un recordatorio de que la constancia, la curiosidad y la valentía son las herramientas más poderosas para transformar la incertidumbre en oportunidades y hacer de cada desafío un aprendizaje.
Y así, la semilla trasplantada sigue creciendo.




Compártenos tu opinión sobre esta publicación