Cuba vive lo que vive. No hace falta explicarlo. Quien lo conoce desde adentro sabe de qué va esto con una precisión que ninguna crónica puede igualar, y quien lo mira desde afuera ya tiene suficiente para entender que la vida cotidiana en la isla exige una energía brutal solo para mantenerse en pie. En ese contexto, la pregunta por el arte parece un lujo. Parece, pero no lo es.
Porque el arte no es lo que sobra cuando todo lo demás está resuelto. Esa es la idea equivocada, la que convierte al arte en accesorio, en decoración, en cosa de tiempos tranquilos. El arte es lo que una persona necesita para seguir siendo persona cuando las condiciones externas empujan hacia otra dirección. Es el espacio donde alguien puede sentir que existe más allá de la urgencia del día, que tiene interior, que ese interior importa, que hay algo en su vida que tiene forma y sentido aunque afuera todo parezca no tenerlo. Eso no es un argumento estético. Es una necesidad tan concreta como cualquier otra.
Y en Cuba, en este momento, hay artistas que siguen. Que ensayan, que montan, que crean con lo que tienen, que es poco, y que lo hacen igual. Algunos se fueron y es completamente comprensible que se hayan ido. Pero los que se quedaron y los que aún desde el exilio siguen pensando y produciendo en clave cubana forman parte de algo que merece ser mirado con atención y con respeto, sin romantizarlo, porque romantizarlo sería otra forma de no tomarlo en serio.
Lo que hacen esos artistas no resuelve la escasez, eso es verdad, pero resuelve algo que la escasez no puede tocar si ellos no se lo permiten: la dimensión de una cultura que lleva décadas construyendo una identidad con materiales tan dispares como la precariedad y la exuberancia, el dolor y el humor, la pérdida y una vitalidad que resulta inexplicable para quien no viene de ahí. Esa identidad no se sostiene sola. La sostienen las personas que deciden, en medio de todo, seguir dándole forma.
Que alguien suba a un escenario hoy en Cuba, que alguien escriba, que alguien dirija, que alguien ensaye bajo un calor que no da tregua sin saber si la función va a poder hacerse, dice algo sobre la naturaleza del impulso creativo que ninguna teoría sobre el arte termina de explicar del todo. Hay gente que crea porque necesita crear con la misma urgencia con que otros necesitan respirar, y esa urgencia no distingue entre el momento adecuado y el momento inadecuado. Se impone. Y en esa imposición hay algo que, visto desde afuera, resulta a la vez desconcertante y completamente coherente.
El arte cubano está vivo porque hay personas que decidieron que lo estuviera. Con todo lo que eso cuesta ahora mismo, con todo lo que implica levantarse cada día y elegir crear, hay gente sosteniendo algo que sin ellos simplemente no existiría. La escena no sobrevive sola. La sobreviven ellos. Y eso merece ser dicho.




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