El cuerpo también actúa
El cuerpo también actúa

El cuerpo también actúa

En mayo de 1962, Marilyn Monroe se metió desnuda en la piscina del set de Something’s Got to Give. El fotógrafo Lawrence Schiller estaba ahí por encargo de Paris Match. Las imágenes terminaron en portada de Life. Monroe lo sabía y lo quería así. «Quiero sacar a Elizabeth Taylor de las portadas», dijo.

Lo consiguió. Pero la película nunca se terminó.

El estudio la despidió por los retrasos en el rodaje. Dean Martin, su co-protagonista, se negó a rodar con otra actriz. La Fox volvió a contratarla. Y el 4 de agosto de 1962, antes de que el rodaje se retomara, Monroe fue encontrada muerta en su casa. Lo único que quedó de Something’s Got to Give fue metraje incompleto y esa escena en la piscina. Un año después, el estudio rodó la misma historia con Doris Day y James Garner. Nadie recuerda esa versión.

Todo el mundo recuerda la piscina.

Eso es lo primero que hay que entender sobre el desnudo en escena: no se recuerda por su contenido sexual. Se recuerda por lo que dice.

El debate sobre la desnudez en el cine y el teatro lleva décadas sin resolverse porque en realidad son dos debates distintos que se confunden continuamente. El primero es estético: ¿cuándo el desnudo sirve a la historia y cuándo es decoración? El segundo es ético: ¿quién decide, sobre el cuerpo de quién, y con qué poder detrás?

Los que están en contra raramente lo dicen con esas palabras. Dicen que no es necesario. Que se puede narrar lo mismo con la ropa puesta. Que hay otras maneras. Y a veces tienen razón — hay desnudos que no aportan nada, que están ahí porque el director los quiso o porque el estudio calculó que venden. Esos existen y son un problema. Pero usarlos como argumento para rechazar el desnudo en bloque es lo mismo que prohibir los cuchillos porque algunos cortan personas.

Los que están a favor tampoco siempre defienden lo correcto. Hay una romantización del desnudo como acto de valentía artística que en la práctica funciona como presión. «Es arte», se dice, y esa frase ha servido históricamente para convencer a actores — sobre todo actrices, sobre todo jóvenes — de que negarse era puritanismo o falta de compromiso con el papel.

Emilia Clarke tenía 22 años cuando empezó a rodar Game of Thrones. No sabía que podía negarse. Los productores le decían que si no hacía las escenas de desnudo iba a decepcionar a sus fans. «Jódete», fue su respuesta eventual — pero llegó tarde, después de haber rodado lo que no quería rodar. Mary-Louise Parker lo vivió diferente: la presionaron para una escena que ella no consideraba necesaria, peleó con el director, accedió, y dijo años después que seguía amargada. «Me incitaron a hacerlo», explicó. Henry Cavill fue más frío en su análisis: las escenas de sexo están sobreexplotadas, dijo en podcast, y dejar las cosas a la imaginación del espectador puede ser más poderoso que mostrarlo todo.

Los tres dicen cosas distintas. Los tres tienen razón.

Porque el problema nunca fue el desnudo. Fue la pregunta que nadie hacía antes de pedirlo: ¿para qué?

El crítico de teatro cubano Norge Espinosa escribió sobre la obra Dudo, dirigida por Carlos Díaz, algo que raramente se articula con esa claridad: «El cuerpo de un actor puede perder su eficacia como figura humana y convertirse en una entidad o forma biomecánica que responde al mandato de las pretensiones de la escena. No vemos a un hombre desnudo. En escena sucede la iconización.» Eso es lo que separa el desnudo que funciona del que no. No la cantidad de piel visible. La intención detrás y la conciencia con que el actor la habita.

Cuando el cuerpo está al servicio de algo más grande que sí mismo, el desnudo desaparece como escándalo y aparece como lenguaje. Cuando no lo está, queda expuesto — y no en el sentido artístico.

La industria tardó décadas en reconocer que ese desequilibrio de poder era un problema estructural. La respuesta fue crear la figura del coordinador de intimidad — un profesional presente en el rodaje que establece límites claros antes de que las cámaras rueden, trabaja con actores y directores para definir qué se puede mostrar y cómo, y garantiza que lo que ocurre en escena es consensuado y tiene una función narrativa. Hay formularios de consentimiento físico donde se especifica qué partes del cuerpo pueden tocarse, qué tipo de contacto está permitido. «Ayuda a pensar porque los actores suelen naturalizar conductas y después pueden chocar con la incomodidad», explicó una coordinadora de intimidad en una entrevista a Infobae en 2025.

Que esa figura exista hoy dice algo sobre lo que existía antes. Sobre cuántas veces se rodó algo sin esa conversación. Sobre cuántos actores y actrices asumieron que el malestar era parte del oficio.

El desnudo en escena no es intrínsecamente valiente ni intrínsecamente obsceno. Es un recurso. Como el silencio, como la voz, como el movimiento. Lo que lo convierte en arte o en problema no es cuánto se muestra, sino con qué objetivo se muestra y si el mensaje lo sostiene.

Marilyn Monroe en aquella piscina no era un cuerpo expuesto. Era una actriz que sabía exactamente lo que hacía, que había calculado el peso de esa imagen, que entendía que a veces el cuerpo dice lo que las palabras no alcanzan.

La pregunta que el medio artístico todavía se debe no es si mostrar o no mostrar. Es quién toma esa decisión, desde qué lugar, y si el actor al otro lado tiene el poder real de decir que no.


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