Jazz Vilá: «Prefiero pensar el arte como un acto de fe y de resistencia»
Jazz Vilá: «Prefiero pensar el arte como un acto de fe y de resistencia»

Jazz Vilá: «Prefiero pensar el arte como un acto de fe y de resistencia»

Por: Félix A. Correa Álvarez

Hablar con Jazz Vilá es adentrarse en un universo donde el arte se concibe como un acto de fe y resistencia. Actor, dramaturgo y ahora director, su trayectoria ha estado marcada por una constante exploración de lenguajes y emociones, siempre con el ser humano como centro. En La mujer que llegó mañana, su más reciente proyecto cinematográfico, esa búsqueda se expande hacia territorios poco transitados en el cine cubano: la ciencia ficción como vehículo para pensar lo esencial.

Tras el rodaje, lejos de la satisfacción del deber cumplido, Vilá confiesa haberse quedado con la sensación de querer más: «seguir rodando, seguir en el set, poder continuar jugando con el cine y seguir contando esta maravillosa historia. Ojalá hubiera sido más larga». Esa inconformidad creativa revela el entusiasmo de quien asume nuevos retos, con la madurez de un artista que entiende cada obra como un punto de partida y no de llegada.

Imágenes de La mujer que llegó mañana, dirigida por Jazz Vilá.

—¿Qué te seduce de la ciencia ficción cuando el centro de la historia sigue siendo profundamente humano?

—La ciencia ficción… Sin dudas, lo que me sedujo del género es la dimensión que me ofrecía para hablar de lo esencial que aborda La mujer que llegó mañana, y que parte de esas preguntas filosóficas, siempre un poco unidas: ¿de dónde venimos? y ¿por qué estamos aquí? Por eso creo que la ciencia ficción es el marco ideal para contar historias profundamente humanas. Sirve como una ventana donde podemos ver las dudas e ilusiones de nuestro presente en un sinfín de posibilidades futuras. Me gusta el futuro.

—¿Qué aprendiste de ese proceso que no habías vivido en tus proyectos independientes?

—Este proyecto marca mi primera producción con el ICAIC como director. Llevo trabajando con el ICAIC muchísimos años como actor en numerosas películas, con lo cual, en el fondo, es volver a casa; solo que antes lo hacía delante de la cámara y ahora estoy detrás de ella.

«¿Qué te puedo decir? Uno de los productores ejecutivos es Inti Herrera, nada más y nada menos que con quien comencé trabajando en Personal Belongings y después en Juan de los muertos. Entonces, realmente, ¿qué diferencia puede haber entre haber trabajado en Personal Belongings, que era una película que nacía desde la independencia; en Juan de los muertos, que fue una gran producción que terminó realizándose en coproducción con el ICAIC; o en este proyecto, que es una producción del ICAIC con un servicio de i4films?

«Creo que, en ese sentido, más que sentirlo como un respaldo, lo viví como volver a trabajar con las personas con las que he compartido toda mi vida profesional, durante más de veinte años. Más que buscar una separación o una segregación entre lo institucional y lo independiente, siempre me gusta enfocarme en lo que aporta cada una de las partes. Y lo que realmente han aportado es el factor humano.

«Además, he trabajado prácticamente en esta película con personas con las que he coincidido toda mi vida. Por ejemplo, Frank Carreño, el maquillista y peluquero de la película, ha trabajado conmigo en Juan de los muertos, en Fátima o el Parque de la Fraternidad y en otros proyectos. Son personas que, de algún modo, siempre han estado ahí.

«De alguna manera, siento que lo más importante es el personal humano que conforma un equipo».

—Rodar en medio de una crisis energética nacional parece una metáfora de hacer cine en Cuba hoy. Más allá de la anécdota, ¿qué enseñanzas te dejó esa experiencia sobre el oficio y sobre ti mismo?

—Más allá de la anécdota de que una de esas caídas, que ahora se han vuelto tan constantes y tan cotidianas —lamentablemente, por supuesto—, ocurrió el primer día de rodaje, lo que eso demuestra es algo que tiene el cine: la importancia de estar preparado para llegar al set. Pero no solo preparado para lo que está planificado, sino también para enfrentar toda esa serie de dificultades que pueden surgir y poder resolverlas.

«Las dificultades y los accidentes pasan. Esto, más que nada, fue un contratiempo; es algo que se sabe que puede ocurrir, que forma parte de la realidad de un rodaje. Y bueno, tienes dos caminos: dejar que eso te aplaste o convertirlo en algo creativo y hacerlo parte del proceso. En mi situación quizás era un poco más complicado porque era un rodaje completamente nocturno en el Malecón.

«Claro, el cine se hace con luz. Rodar de día te ayuda, pero de noche siempre necesitas iluminación. Entonces, si de repente se va toda la luz, ya puedes imaginar lo que significa. Más que nada, lo que eso exige es que tengas que ser muy preciso como director, tener muy claro qué quieres, porque, por supuesto, existen planes para cuando ocurren este tipo de situaciones, pero entonces tienes que empezar a pensar que no puedes estar rodando y rodando sin parar, porque la energía de esas plantas eléctricas se va agotando y llega un momento en que, si se acaba, evidentemente se detiene el rodaje.

«Digamos que tienes que comenzar a tomar decisiones, a pensar con mucha precisión y a ser muy concreto. Eso obliga a todo el equipo a mantenerse concentrado, a no distraerse, a estar completamente enfocado.

«Tengo que agradecer de verdad a todo el equipo técnico. Estoy súper feliz y súper contento porque son personas muy profesionales. Te hablo desde mi primer asistente, Dayron Villalón, hasta el último foquista; el señor de la grúa, todo el mundo. Todos hicieron un trabajo increíble para lograr esa magia de que hubiera luz en medio de la oscuridad.

«Por ejemplo, hubo que colocar luces fuera de esa zona del Malecón que mira hacia la ciudad para que pareciera que estaba iluminada; tuvimos que recrear las luces del Morro utilizando guirnaldas. Son detalles que hablan del ingenio necesario para sacar adelante un proyecto, pero, al final, no es más que el ingenio que siempre debe tener un artista y el poder de un buen equipo».

—En varias ocasiones has hablado del Malecón como un espacio simbólico para tus historias. ¿Qué representa realmente ese lugar en tu imaginario creativo?

—El Malecón ha estado muy presente en mi último año. Ha estado en Instantes y ahora está en La mujer que llegó mañana. No sé si es una casualidad o una causalidad.

«Creo que el Malecón, como elemento arquitectónico de La Habana, tiene una fuerza enorme. No me imagino La Habana sin el Malecón. Realmente forma parte de la vida de cualquiera que haya nacido en nuestra capital.

«El Malecón es una especie de horizonte que no se aleja nunca. Está siempre en el mismo punto. Es ese lugar al que uno llega a cualquier hora, donde quizás descarga las emociones, donde se encuentra con el mar. Y el mar es un elemento que siempre tranquiliza, pero que al mismo tiempo también da fuerza.

«Creo que el mar es como un bosque, como una montaña: elementos de la naturaleza que nos acompañan y que forman parte de nosotros. En ese sentido, acompaña a cada persona que vive en La Habana y también me acompaña a mí como creador y como alguien que ha migrado, que ha vivido fuera.

Cuando estás lejos, no puedes evitar añorar. Pero no hablo de esa nostalgia que se siente al volver a un lugar donde fuiste feliz y descubrir que ya no es el mismo. Porque los lugares también están hechos de las personas que los habitan, y ellas cambian, se van o dejan de existir. Con el Malecón sucede algo diferente. El Malecón permanece. Hay en esa línea de piedra una extraña sensación de permanencia. Es el contorno de La Habana, el borde de un dibujo, la línea que separa la ciudad del horizonte y que parece sobrevivir al paso del tiempo.

Por eso es un lugar tan poderoso para contar historias: porque sobre él puede transcurrir una historia del presente, del pasado o del futuro, y seguirá siendo siempre el mismo Malecón.

—Has dicho que el cine es el arte de la luz y las sombras. Después de este rodaje, ¿cuál fue la luz que descubriste y cuál fue la sombra con la que tuviste que aprender a convivir?

«Si pudiera hablarte de una luz, creo que la más bella que he descubierto es comprobar que todavía queda gente con ganas de hacer cine, con ganas de hacer arte. Eso a mí me llena de esperanza, de emoción. Me hace feliz saber que hay personas que, a pesar de que saben que van a llegar a sus casas y posiblemente tendrán veinticuatro o cuarenta y ocho horas sin luz, llegan a una película con la convicción de que vale la pena hacerla, contar esa historia.

«Aunque estén cargando un cable, colocando una fuente de iluminación, ajustando un brillo o sosteniendo un telón, van allí con deseos y, sobre todo, con una palabra que ya casi no se escucha: sentido de pertenencia. Con entrega hacia lo que están haciendo. Creo que esa es la mejor luz. La luz que nos queda, la del interior.

«Y la sombra… bueno, creo que es evidente. La sombra es la tristeza profunda de saber que fuimos un faro de luz que ahora se apaga en medio de la indolencia».

—Jacqueline Arenal regresa al cine cubano con esta película. Como director, ¿qué encontraste en ella que quizás el público aún no ha visto en pantalla?

—Jacqueline Arenal regresando al cine cubano, nada más y nada menos que con La mujer…, es un sueño hecho realidad. Digamos que son esas cosas de la vida.

«A modo anecdótico, te puedo contar que cuando empecé a trabajar en Las huérfanas de la Obra Pía, con catorce años, Jacqueline era la protagonista y yo tenía esa ilusión de niño, porque apenas comenzaba en este camino. Además, tenía muy reciente Tierra brava, así que imagínate: iba a trabajar con nada más y nada menos que Verena Contreras. Finalmente, por compromisos de trabajo, ella no pudo hacer la telenovela y me quedé con esa sensación de “bueno, no pudo ser”.

«Después, a lo largo de la vida, indistintamente, quizá íbamos a coincidir en algún proyecto y siempre ocurría algo que lo impedía. La última vez fue hace algunos años, cuando la invité para hacer una temporada de Farándula y tampoco se pudo. En fin, la vida tiene esas ondulaciones por las que te va llevando hasta el momento correcto, en el tiempo preciso.

«Creo que una actriz como Jacqueline, con la madurez que tiene, con esa belleza humana y esa profundidad en la mirada, encontró en esta historia el momento ideal para trabajar. La conexión fue inmediata, por supuesto, y creo que lo que el público va a poder ver en pantalla es, una vez más, a una actriz con una fuerza interpretativa enorme, con una sutileza especial para encontrar los matices precisos, sobre todo desde la mirada.

«Jacqueline tiene una fuerza en la mirada que creo que es única. Muy poca gente posee realmente esa capacidad. Puedes estar viendo a un actor en pantalla y sentir que observas una creación, una especie de fantasía; pero creo que Jacqueline tiene la capacidad de atravesar la imagen y hacerte sentir que te está mirando directamente a ti. Esa es una fuerza increíble, algo mágico.

«De verdad estoy, una vez más, súper orgulloso de que la vida me haya regalado la oportunidad de seguir trabajando con grandes leyendas del cine cubano y, en este caso, con Jacqueline».

—También apostaste por un actor joven como Luis Miguel Acevedo. ¿Qué buscas en un intérprete cuando decides confiarle un personaje importante?

Tiene que haber talento y belleza. Para mí es muy importante la belleza porque todo entra primero por los ojos. Sobre todo el entretenimiento. Nadie quiere entretenerse con algo feo y en Cuba nos hemos olvidado poco a poco que el cine y la televisión son ventanas hacia mundos que crean realidades, mundos de fantasía… Entonces, si se va a soñar, es mejor soñar con cosas bellas. ¿A quién le gusta tener pesadillas? Creo que la realidad ya es bastante fea.

«Y Luis Miguel es un actor con el que comencé a trabajar en Instantes, mi obra teatral más reciente, y descubrí que además de una gran belleza, tiene muchas ganas y se entrega, y eso es fundamental. Él nunca había trabajado en cine; esta es su primera película y su primer personaje. Por tanto, tiene esa primera mirada, ese primer acercamiento, esa frescura que, combinada con la experiencia de Jacqueline, crea algo maravilloso. Creo que ha sido el equilibrio perfecto.

«A mí siempre me gusta explotar eso. Para nadie es un secreto que intento encontrar nuevos talentos, gente joven a la que descubrir y acompañar en sus primeros pasos. Creo que también hay que darles oportunidades a quienes están comenzando, de la misma manera en que muchas personas me dieron oportunidades a mí.

«En este caso, creo que ha sido, una vez más, un acierto. Incluso quienes han podido ver el cortometraje han comprobado la fuerza que tiene este joven actor. Le auguro una gran carrera».

Jacqueline Arenal y Luis Miguel Acevedo en La mujer que llegó mañana, bajo la dirección de Jazz Vilá.

—Vienes del teatro, donde el ensayo permite explorar durante semanas, mientras que el cine exige decisiones inmediatas. ¿Sientes que hoy diriges actores desde el director teatral que fuiste o desde un cineasta que empieza a encontrar su propio lenguaje?

Es una pregunta muy interesante porque nace de una aparente contradicción. Yo vengo del teatro, donde los procesos suelen desarrollarse durante semanas o incluso meses, mientras que el cine exige tomar decisiones mucho más inmediatas. Eso lleva a preguntarse si dirijo desde una mirada teatral o desde una mirada cinematográfica. La realidad es que la mayor parte de mi carrera ha transcurrido en el cine, no como director, sino como actor, y eso me ha permitido conocer profundamente el lenguaje cinematográfico. Por eso, incluso cuando dirijo teatro, mi forma de trabajar está muy influida por el cine: la manera en que estructuro los ensayos, construyo las escenas o acompaño a los actores responde a esa forma de entender la narración.

Al mismo tiempo, el teatro me ha dado algo que considero fundamental: un método. Me ha enseñado a desarrollar herramientas cada vez más eficaces para obtener resultados en menos tiempo, tanto con los actores como con los equipos de producción. Nunca he sido un director de procesos de ensayo de seis meses; de hecho, rara vez una de mis obras ha necesitado más de dos meses de preparación. Esa combinación entre la precisión que exige el cine y el método que me ha dado el teatro es, probablemente, la base de mi manera de dirigir hoy.

«Pero esa experiencia viene, sobre todo, del propio cine. Hay una anécdota muy interesante al respecto. Recuerdo que estábamos en una reunión de producción, donde participan todos los departamentos: maquillaje, vestuario, iluminación, transporte, entre otros. Se estaba organizando el plan de rodaje y, de repente, surgió la propuesta de hacer un plano de Jacqueline a las seis de la mañana. Todo el mundo estaba de acuerdo, hasta que levanté la mano y dije: “Un momento. Vamos a analizar esto”.

«La actriz iba a comenzar a trabajar a la medianoche, la recogerían a las 10 p. m. y estaría rodando durante horas. Cuando llegara el momento de hacer ese plano de las seis de la mañana, estaría completamente agotada. Y eso es lo que iba a transmitir. Había que tenerlo en cuenta y ajustar el plan, porque una actriz a esa hora, cansada y con sueño, no responde de la misma manera.

«Todo el mundo reaccionó diciendo: “Es verdad”. Y eso es algo que quizá yo pude aportar precisamente porque he sido actor y he vivido durante tantos años lo que significa un rodaje nocturno, la espera y el desgaste que implica hacer cine. Como decía la maestra Broselianda Hernández, “en el cine nos pagan por esperar”, porque puedes pasar horas esperando para filmar apenas tres minutos que después se convierten en treinta segundos dentro de la película.

«Ese tipo de detalles son fruto de la experiencia como actor y del conocimiento del proceso cinematográfico. En una reunión de producción normalmente no hay actores, porque no forman parte de esos equipos, y por eso esa mirada puede aportar algo diferente.

«En definitiva, creo que mi experiencia es dual. La teatralidad me ha dado herramientas para encontrar soluciones más eficaces y rápidas; pero mi trabajo en el cine como actor es lo que me ha permitido convertirme hoy en el realizador que soy».

—Jazz Vilá Projects cumple doce años. Mirando hacia atrás, ¿qué sueño de aquel joven que fundó la compañía ya cumpliste y cuál sigue pendiente?

Primero, nunca soñé con fundar ni con tener una compañía propia. Lo único que soñaba era con dirigir obras de teatro, y el primero de esos sueños hecho realidad fue Rascacielos, una obra que buscaba acercar al público joven nuevamente al teatro.

«Doce años después, saber que más de un millón de espectadores han visto mis obras y que posiblemente el setenta por ciento de ese público ha sido gente joven, que de repente me paran, me siguen, me dicen: “Oye, Farándula…”; que eso ocurra en cualquier lugar, incluso llegar a México y que en un aeropuerto alguien te diga “tú eres el director de Farándula”, y saber que todo eso viene del teatro, creo que eso es un premio.

«En ese sentido, ya que hablábamos de sueños y pesadillas, esto es un sueño sobrecumplido.

«¿Pendientes? Creo que siempre estará pendiente seguir haciendo teatro para los jóvenes. Aunque ahora voy a estar bastante más apartado de la producción teatral, sigo creando, sigo buscando nuevas formas y nuevas dramaturgias que puedan conectar con el público actual.

«De hecho, después de doce años, siento que ha terminado una etapa. El teatro también debe reciclarse, encontrar nuevas maneras de contar las historias. En este momento estoy replanteándome qué quieren ver los espectadores de hoy, intentando comprender a los jóvenes de ahora, acercarme a sus inquietudes y encontrar nuevas formas de dialogar con ellos. En esa línea estoy trabajando en lo que serán las próximas obras.

Jazz Vilá. Foto: Moisés Fernández Acosta.

—Tu carrera como actor sigue creciendo internacionalmente, pero cada vez dedicas más tiempo a dirigir. ¿Te imaginas un momento en el que la dirección termine ocupando el lugar protagónico?

—Mi carrera sí, evidentemente, cada vez se expande más y, en efecto, cada vez dedico más tiempo a dirigir. Sobre todo, creo que ahora lo que va a ocurrir es que voy a balancearlo más desde el punto de vista de que estaré enfocado en dirigir más cine y más audiovisual que teatro.

«Pero no creo que nunca la dirección termine ocupando el lugar protagónico de mi carrera. Lo que sucede es que, en este momento, quizás la gente lo percibe más porque he dirigido Instantes, la obra por los doce años de la compañía, La mujer que llegó mañana y otros proyectos de manera más seguida. Pero si dejara de actuar me moriría.

«Sin embargo, este ha sido un año en el que he trabajado muchísimo más desde mi faceta como actor. Acabo de rodar la película Domani con el director Santos Bacana; también trabajé en Los amantes de Verona, de Arturo Santana; por supuesto, Maestros de la costura Celebrity, que a pesar de no ser un proyecto de ficción, exigió mucho rigor, y ahora mismo me encuentro en España rodando una nueva serie de la cual no puedo dar detalles por confidencialidad, pero el personaje es uno de los más difíciles que me ha tocado interpretar.

«Al mismo tiempo, estoy preparando mi próximo proyecto como director y creo que lo que sucederá es que habrá menos tiempo libre entre la dirección y la actuación dentro de mi carrera, pero no considero que una vaya a desplazar a la otra. El paralelismo siempre acompaña mi carrera».

—Mencionas tu participación en Maestros de la costura Celebrity, una experiencia muy diferente a la ficción. ¿Qué descubriste de ti mismo al asumir el reto de un reality y qué fue lo más difícil de exponerte fuera de un personaje?

—Fue una experiencia totalmente distinta a todo lo que había hecho en mi carrera. Además, después de haber vivido muchos años en España, sé lo mucho que estos realities gustan. Además, en este caso, es un reality de los que podríamos llamar “blancos”; no es uno de esos formatos basados en la polémica, las peleas o las groserías.

«Al final, es un reality donde participan celebridades, donde existe respeto y donde, sobre todo, prima la idea de que cada persona tiene una carrera y un talento. Estamos ahí, por supuesto, haciendo un esfuerzo para, a partir de nuestras propias habilidades y actitudes, enfrentarnos a los retos de Maestros de la costura.

«Es un programa que se realiza con una dificultad y un rigor inmensos. De verdad que, para mí, es una producción increíble. Todo el despliegue que hay detrás es impresionante.

«Ha sido algo nuevo. Llevo veinticinco años de carrera y este es un formato completamente diferente, algo que me emocionó mucho porque demuestra que, aunque pasen los años, todavía existen proyectos y experiencias capaces de sacarte de tu zona conocida.

«Ha sido una experiencia que repetiré. Estoy seguro de que este será el primero, pero no el último reality de Jazz Vilá».

Jazz Vilá durante su participación en Maestros de la Costura Celebrity. Cortesía: Maestros de la Costura Celebrity / RTVE.

—Después de vivir desde dentro un formato tan exitoso en la televisión española, ¿crees que en Cuba existe espacio para realities de calidad? Si te propusieran dirigir o desarrollar uno, ¿aceptarías el desafío y sobre qué temática te gustaría que fuera?

—Creo que en Cuba habría espacio para hacer realities increíbles. Además, con la vida que tenemos y con todos los “personajes” que existen, creo que se podrían crear formatos muy interesantes, siempre desde el respeto y con un estilo divertido.

«Quizás hemos mutilado muchos géneros y muchos programas por miedo a no sé qué. Realmente, ¿qué puede tener un reality que no se pueda hacer? Creo que, en ese sentido, la televisión cubana ha ido perdiendo formatos y espacios. Perdimos las aventuras, los cuentos o el teatro en televisión y hasta las buenas novelas.

«No podemos olvidar que la televisión es entretenimiento, y el reality forma parte esencial del entretenimiento como expresión de la cultura moderna. No debemos negar eso.

«Espero que algún día se retomen esos caminos y que volvamos a entender el entretenimiento como una vía para que la gente se distraiga, pero también como un espacio que genera muchísimo trabajo y oportunidades.

«Estoy seguro de que podríamos hacer realities maravillosos. Si me propusieran dirigir o desarrollar uno, me encantaría, por supuesto. Y creo que tendría una manera muy particular de hacerlo.

«Pienso en un reality de restauración, de casas, de decoración, de reconstrucción… Creo que sería maravilloso. Hay muchísimo que reconstruir en nuestro desolado y oscuro panorama».

—Muchos espectadores conocen al actor y al director, pero pocos conocen al Jazz espectador. ¿Qué películas, directores o series han influido más en la manera en que hoy concibes una puesta en escena?

—Mira, te diría que las películas… Por ejemplo, las películas de Hayao Miyazaki forman una parte importante de mis referentes. Aunque a veces no se vea de manera evidente, la forma en que Miyazaki utiliza una película animada para contar historias dirigidas a los adultos me parece muy interesante. Creo que hay un paralelismo con mi manera de intentar contar, desde la comedia, historias profundas: el desamor, el engaño, la tristeza o los conflictos humanos que pueden estar presentes en una obra como Farándula.

Creo que utilizar un género determinado para hablar de algo más profundo es una de las grandes enseñanzas que he recibido de maestros como Miyazaki.

«El problema es que hay una amplitud enorme de referentes, porque me gustan muchísimo las películas de ciencia ficción. Me apasiona ese género y, por supuesto, Denis Villeneuve fue uno de mis grandes referentes para La mujer que llegó mañana. Precisamente Arrival fue una inspiración importante, pero también toda su filmografía, por la manera en que trabaja la narración, el ritmo, los tiempos y la atmósfera de sus películas.

«También creo que la comedia, especialmente la comedia estadounidense y la comedia inglesa, tiene elementos muy interesantes: ese riesgo de buscar nuevas maneras de contar y de construir los relatos.

«Podría hablar de muchísimas películas y series. Hay ejemplos como Mujeres desesperadas, una serie que marcó un momento importante en la televisión y con la que crecí, o producciones más cercanas a una madurez cinematográfica que también dejan una huella.

«Series como Skins, por ejemplo, también me aportaron mucho desde esa mirada más arriesgada, más humana y más profunda sobre los personajes. Creo que, al final, uno aprende de esas obras la capacidad de contar algo que va más allá de la superficie, de encontrar una profundidad dentro de las historias y de la manera de narrarlas».

En ese cruce constante entre la actuación y la dirección, entre la isla y el mundo, Jazz Vilá confirma una idea que atraviesa toda su obra: el arte no admite zonas de confort. Su recorrido, impulsado por la curiosidad y la necesidad de explorar, se abre hoy a nuevos lenguajes sin desprenderse de una esencia que lo acompaña desde el inicio: contar historias capaces de dialogar con su tiempo y, sobre todo, con las emociones más hondas del ser humano.

Tal vez por eso, más allá de géneros, formatos o geografías, su cine regresa una y otra vez a las preguntas esenciales. Como él mismo confiesa: «Con La mujer que llegó mañana quisiera que la conversación fuera: ¿por qué estamos aquí?, ¿de dónde venimos? Esa es la esencia de la película. Si se cuestionan eso, ya es suficiente».

Ahí parece cerrarse el círculo. En esa invitación a mirar más allá de la superficie, a detenerse en lo esencial y a encontrar sentido incluso en medio de la incertidumbre, habita el espíritu de La mujer que llegó mañana y la poética de un creador que sigue apostando —desde la luz y las sombras— por el poder transformador del cine.


Comparte esta publicación con tus amigos.
Muévete con colarte. Toca para unirte
Muévete con colarte. Toca para unirte
Anuncio Patrocinado

Lo más destacado

Compártenos tu opinión sobre esta publicación

Descubre más desde CubaActores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo