Hablar con Jorge Martínez es escuchar a un actor que todavía se emociona como el primer día cuando un director lo llama para interpretar un personaje. Lejos de acomodarse en la experiencia o en los años de carrera, sigue defendiendo el oficio con una pasión casi obsesiva: construir personajes que digan algo, que provoquen preguntas y que logren permanecer en la memoria del público más allá del tiempo en pantalla. Esa entrega absoluta al trabajo, incluso en medio de las complejidades de producir televisión y cine en la Cuba de hoy, define buena parte de su manera de entender la actuación y también la vida.
Con la honestidad de quien no teme hablar de las dificultades del medio, Jorge Martínez reflexiona sobre personajes recientes como Horacio en Ojo de Agua, sus nuevos proyectos cinematográficos y el compromiso de hacer obras conectadas con la realidad cotidiana del país. Pero más allá de los premios o los aplausos, hay una idea que atraviesa toda la conversación: la necesidad de seguir creando, aprendiendo y trabajando hasta el último aliento, porque para él actuar no es únicamente una profesión, sino una razón profunda para vivir.
Después de tantos personajes memorables en tu carrera, ¿qué fue lo que te hizo aceptar a Horacio en Ojo de Agua?




Ojo de Agua
Fotos: tomadas de Internet
Primero que todo, mi deseo siempre de trabajar, de hacer personajes, de contar historias distintas. Creo que eso es lo que uno siempre desea: tener la posibilidad y la suerte de que te llamen para trabajar. Ya eso es un privilegio en esta carrera, donde hay tantos buenos actores en Cuba y donde, además, tampoco hay tanto trabajo, en el sentido de que se hacen pocas producciones.
Eso fue lo primero: el sentido de pertenencia con mi profesión. Después, el agradecimiento al equipo de dirección, que son amigos míos, personas a las que respeto, quiero y les tengo mucho afecto. Y también me pareció interesante el personaje.
Luberta me dijo: “Oye, te tengo ahí un personaje un poco raro, un poco extraño”, y eso ya me llamó la atención. Cuando me dijo eso, lo leí y pensé: “Bueno, lo voy a aceptar”, a pesar de que todavía había cosas que no entendía del personaje.
Pero lo acepté y empezó el trabajo, a sabiendas de lo difícil que es hoy en día hacer un proyecto grande como una telenovela en Cuba, de los sacrificios que implica y de toda la situación que se vive. Aun así, siempre es provechoso, porque al final del camino es algo que haces dirigido a un público que lo necesita, que necesita la telenovela, que la sigue, que la ve, que la disfruta o incluso que se duele con ella. Pero ahí está, y ese sigue siendo siempre el objetivo.
Cuando tienes un personaje corto, a cada escena tienes que sacarle, como nosotros decimos, “el jugo”, “la lasca”; o sea, tienes que exprimirla para tratar de obtener todo lo posible, de manera que esa escena, en el capítulo en que esté, quede en la memoria del espectador, que es, en definitiva, para quien trabajas.
Siempre se decía que los personajes cortos tenían menos peso, pero yo traté de darle toda la importancia posible. No importa el tamaño de la participación de un personaje en una historia; lo importante es que cada escena tenga algo, diga algo, que no se haga por gusto, que se le encuentre una razón de ser.
Y creo que eso es lo que pasa con Horacio: a pesar de ser un personaje que sale muy poquito, la gente lo recuerda, lo ve, lo siente, se pregunta qué pasa con él. Y eso también está en la construcción del personaje, aparte del guion, de la historia y de todo lo demás. Está en la manera en que tú construyes un personaje: cómo mira, cómo piensa, cómo actúa. Todas esas son razones que le van dando peso a un personaje, no importa el tiempo en pantalla ni las veces que salga, sino que cada vez que aparezca tenga importancia dentro de la escena que está haciendo. Y eso también lo da el oficio.
Horacio parece moverse constantemente entre la luz y la oscuridad. ¿Cómo construiste esa dualidad de un hombre que despierta sospechas, pero que a la vez deja ver cierta humanidad?
Horacio tiene esa dualidad de la que hablas. Es un tipo raro, un tipo extraño, como me decía Luberta cuando me llamó para hacerlo. Cuando empecé a leerlo, me di cuenta de que él persigue un objetivo muy claro.
Es un hombre que, al final del camino, lo perdió todo, pero todavía conserva su honor y su dignidad. Y lucha por encontrar su arma, un fusil que le robaron en determinado momento, no para vengarse ni mucho menos, sino para poder demostrarles a las personas que en su momento no le creyeron, que lo perjudicaron y que pusieron en duda su razón de ser, su profesión y aquello que él consideraba correcto hacer.
Esa búsqueda termina convirtiéndose en su razón de vivir. En algún momento escucha que ese fusil puede estar en este pueblo y llega allí precisamente para investigar dónde está, quién lo tiene y por qué lo tiene. Por eso existe tanto misterio alrededor del personaje, ese no querer decir quién es realmente ni qué le sucede.
Lo que pasa es que, en medio de todo eso, se encuentra con Lita (Ariana Álvarez) y se enamora de verdad de la muchacha. Pero su objetivo sigue siendo mucho más grande, mucho más fuerte. Y ahí es donde aparece algo muy humano: esa lucha constante del ser humano por alcanzar aquello que siente que necesita para completar su vida o recuperar su dignidad.
Al final, cuando uno entiende las razones que él tiene para comportarse así, para ser misterioso, para vivir en esa especie de oscuridad que necesita para alcanzar su objetivo, entonces la gente empieza a comprenderlo un poco más.
Comentaste en una entrevista que el personaje tenía varias “lagunas” y que muchas respuestas las fueron encontrando en el proceso. ¿Qué tanto hubo de intuición personal en la construcción final de Horacio?
Sí, a lo que yo me refería con las lagunas que tenía el personaje era a que no aparecían ciertas respuestas dentro de la historia. O sea, no había manera de saberlas directamente desde el guion.
Por lo general, el actor, al menos en la manera en que yo trabajo —y sé que muchos compañeros trabajan igual—, se hace constantemente preguntas sobre el personaje: quién es, por qué está ahí, hacia dónde va, cuál es su objetivo y cuál es su superobjetivo dentro de la obra. Son reglas y métodos que uno aprende desde la escuela y que va desarrollando con los años.
Y en este caso había muchas preguntas que no tenían respuesta. Por ejemplo: ¿cómo sabía él que ese fusil podía estar allí?, ¿cómo logra llegar a ese lugar?, ¿qué información tenía?, ¿qué recorrido hizo antes? Eran preguntas que dentro de la historia no aparecían explicadas. No sé si porque no era un personaje protagónico o simplemente porque no estaban desarrolladas dentro del guion.
Pero ese también es trabajo del actor: encontrar esas aristas y responderse a sí mismo las preguntas que van surgiendo. Por eso hablaba de las lagunas. Cada una de ellas tuvimos que llenarla entre la dirección de la novela y yo, como actor que iba a interpretar al personaje.
No tuve la oportunidad de reunirme con las escritoras y, por tanto, ellas no pudieron responderme directamente esas dudas. Entonces yo mismo tuve que construir una historia interna del personaje para que todo tuviera una lógica: las razones por las que estaba allí, cómo llegó, si antes había ido a otros pueblos buscando pistas… en fin, crear una biografía emocional y narrativa que sostuviera sus acciones.
Esas eran las lagunas de las que hablaba. Y también había algunos otros detalles del personaje que tuvimos que adaptar y construir sobre la marcha para que todo funcionara de manera coherente.
En Ojo de Agua se siente un ambiente muy cercano a la realidad cubana actual, incluso desde las dificultades de producción. ¿Cómo influyó ese contexto en el trabajo actoral del elenco?
En cuanto a la realidad de la historia y de esa finca que aparece en la novela, hay que entender algo: esta no es una novela “bonita” en el sentido tradicional. Aquí no vas a encontrar la finca soñada, llena de flores hermosas, cultivos perfectos… Ojo de Agua no es esa novela.
Quien quiera ver eso probablemente no lo va a encontrar aquí, porque esta es una novela sobre la vida cotidiana, y la vida cotidiana también es fea, también es pobre, también está llena de carencias y necesidades.
Yo sé que el público tiene opiniones divididas sobre eso, y está bien, porque precisamente para ellos se hacen las obras. Mucha gente quiere ver novelas donde todo el mundo esté bien vestido, bien maquillado, perfectamente peinado, con vestuarios hermosos, una fotografía llena de colores y música súper romántica. Y esa realidad también existe, claro que sí, y para eso hay otros tipos de telenovelas.
Pero creo que lo interesante está precisamente en que puedan coexistir ambas miradas. Puedes hacer una novela llena de luces, colores y lugares hermosos, aunque no refleje necesariamente la realidad del país, y también puedes hacer otra donde aparezcan conflictos reales: el machismo dentro del mundo campesino, por ejemplo; una mujer emprendedora que no siempre es bien vista; un muchacho con problemas de adicción; una madre sin trabajo que, aun así, sueña con hacerle unos quince a su hija.
Esos también son detalles de la vida cotidiana y real de las personas, y también hay que contarlos. Porque esa es igualmente la vida del cubano.
Mucha gente me dice que hay cosas en Ojo de Agua que no son reales. Y claro que no todo es completamente real, porque sigue siendo ficción. La ficción toma pedazos de la realidad y los convierte en una historia. Porque si quisiéramos hacerlo absolutamente real, entonces imagínate: en medio del capítulo cinco se iría la corriente y se acabó el episodio a los quince minutos. Yo a veces le pongo ese ejemplo a la gente y entonces me dicen: “Ah, bueno, sí, es verdad”.
Pero sí creo que una telenovela cubana tiene que reflejar parte de lo que somos. Si alguien quiere ver solo belleza, grandes mansiones y paisajes espectaculares, puede ir a otros canales y disfrutar las novelas turcas, brasileñas o colombianas, que también tienen su valor. Pero las novelas cubanas tienen otra esencia y yo creo que eso también es importante.
Además, hay algo que la gente muchas veces olvida: nosotros trabajamos en locaciones reales. No es tan fácil construir un gran estudio de televisión donde fabriques una finca linda o una finca pobre. Nosotros vamos a lugares reales, a casas reales, a fincas reales.
Todas esas casas que aparecen en Ojo de Agua son casas donde vive gente de verdad. Las fincas son fincas reales, habitadas por personas reales, y se alquilan para poder filmar allí. O sea, más auténtico que eso, sinceramente, no sé qué otra cosa se puede encontrar.
Hoy en día cualquier producción se ha vuelto muy difícil en Cuba, y una producción que involucra tantas personas y tantos elementos se vuelve doblemente complicada. Sobre todo cuando además se trabaja con presupuestos limitados, donde prácticamente hay que hacer maravillas.
Yo entiendo muchísimo a los productores y a toda la gente que trabaja en el diseño de producción, porque realmente es difícil: no hay vestuario suficiente, no hay transporte, no hay lugares donde puedas trabajar con comodidad. Llegas a las locaciones y había doce horas de apagón en aquel momento —hoy son veinte, pero en ese entonces eran doce— y eso obligaba constantemente a adaptar las escenas.
Imagínate: llegabas a un lugar a las siete u ocho de la mañana, hacías una escena y a las diez se iba la corriente. Y ya sabías que no iba a regresar hasta las cinco de la tarde. Entonces, si no trabajabas, perdías el día completo. Muchas veces hubo que transformar escenas interiores y hacerlas exteriores, aprovechando la luz natural, porque si no era imposible.
Recuerdo, por ejemplo, las escenas de intimidad entre Lita y mi personaje. Tuvimos que grabar casi once escenas en una sola tarde utilizando solamente luces de batería. Era prácticamente: “vamos, graba esta, termina, corre para la otra”. Casi no había tiempo ni de ensayar, porque si se agotaban las baterías de las lámparas LED había que parar el trabajo y se perdía el día.
Además, existe un problema de financiamiento. Las telenovelas se hacen con planes de producción muy ajustados. Hay días en que tienes que grabar diez, quince o veinte escenas, y cada una implica movimientos de luces, montaje de cámara, ensayos, repeticiones… A veces una escena dura cuarenta segundos al aire, pero puede tomar dos horas grabarla.
Y eso genera mucha presión, porque detrás hay un equipo enorme de personas trabajando y cobrando por cumplir ese plan. Si no se cumple, todo se complica. Y muchas veces las dificultades ni siquiera tienen que ver directamente con la producción, sino con problemas externos: apagones, transporte, combustible, ruidos, cuestiones técnicas.
Por eso es tan importante la conciencia colectiva. Todos tenemos que entender que dependemos unos de otros. Si un actor llega sin saberse la escena y hay que repetir veinte veces, afecta al equipo entero. Igual que si un camarógrafo falla varias veces un movimiento o entra un micrófono en cámara y hay que cortar. Todo eso significa tiempo perdido.
Había días en que salíamos a las cinco y media o seis de la mañana y terminábamos a las ocho y media de la noche. Y al otro día había que volver a levantarse temprano otra vez. A veces casi ni dormíamos. Pero cuando asumes una telenovela, asumes también ese ritmo de trabajo.
Claro, hay otros proyectos más cómodos, con menos presión, con jornadas más tranquilas. Pero una telenovela es un proceso muy intenso. Y cuando tú decides “montarte en ese caballo”, sabes que tienes que llegar hasta el final.
Mientras grababas Ojo de Agua también trabajabas en la película Teófilo. ¿Cómo lograste pasar de un universo emocional a otro sin que los personajes se contaminaran?




Teófilo
Fotos: Susan Leal
Muchas personas me preguntan en la calle por el bigotico del personaje. Me dicen: “Oye, ese bigote ya no se usa”, “¿por qué ese look?”, y el problema es que mucha gente no sabe que mientras estaba filmando Ojo de Agua también estaba trabajando al mismo tiempo en la película Teófilo.
Es una película dedicada principalmente a la vida deportiva de ese gran atleta que fue Teófilo Stevenson, a sus medallas olímpicas, campeonatos mundiales y todo lo que significó para este país. La película abarca más o menos desde los años setenta hasta los ochenta.
Ahí hago un personaje muy interesante: el comisionado de boxeo. No tiene absolutamente nada que ver con el personaje de Ojo de Agua, pero como estaba filmando ambas producciones a la vez, no podía afeitarme el bigote para una escena y después volver a ponérmelo para la otra, porque además eso en cámara no funciona bien.
Entonces tomé la decisión —por supuesto, aprobada por los directores— de mantener ese bigote, que es más o menos el típico bigote de los años setenta. Y como el personaje de Ojo de Agua tampoco es un hombre preocupado por verse elegante o arreglado, sino alguien bastante descuidado porque está concentrado en otros objetivos, pues el look también terminaba funcionando para él.
Incluso, hubo momentos en los que no estaba grabando Ojo de Agua porque mis llamados eran bastante espaciados y aproveché para viajar a Rusia. Estuve en Moscú alrededor de una o dos semanas filmando escenas relacionadas con los Juegos Olímpicos de Moscú 80 para la película de Teófilo. Después regresé y seguí grabando la novela.
La verdad es que era complicado porque eran dos personajes totalmente opuestos, en historias completamente distintas. Pero ahí uno echa mano de la experiencia, de los años de trabajo y del oficio, porque el oficio en esta carrera es muy importante.
Yo traté de hacer las dos cosas de la mejor manera posible. No sé si lo logré o no; al final es el público quien tiene la última palabra y quien decide si un personaje funcionó o no.
Cuando la gente vea la película y recuerde Ojo de Agua, entonces dirá: “Ah, claro, Jorgito estaba haciendo las dos cosas al mismo tiempo”. Y ahí podrán comparar realmente cuán diferentes eran ambos personajes. Pero, como siempre digo, la última palabra la tiene el público.
¿Qué otros proyectos vinieron después?
Después de eso vino otra película que se llamaba Sin amanecer, una ópera prima de Danielito Chile. Una película interesante también, donde interpreto a un padre; parece que ya me están tocando mucho esos personajes. Pronto empezaré a hacer de abuelo también —se ríe—.
Es una película muy interesante, una especie de thriller, con una historia que creo que puede llamar mucho la atención. Todavía no he visto nada, ni siquiera la película terminada, así que siempre me quedo a la expectativa, porque yo puedo haberme sentido de una manera mientras hacía la película, pero el resultado final es lo verdaderamente importante.
Después vino Ricky-Ricardo, otra película, esta vez de Magda González Grau. Ahí hago un personaje súper interesante: un padre homofóbico. No quisiera contar demasiado porque me gustaría que vieran la película, pero sí puedo decir que es totalmente opuesto al otro padre que había interpretado anteriormente.
Creo que la película va a gustar mucho. El personaje se mueve entre el amor hacia su hijo y, al mismo tiempo, la incapacidad de perdonarle o aceptar determinadas decisiones sobre su vida. Jorge Martínez, el actor, considera que el padre toma decisiones desacertadas; desde la mirada del personaje, siente que son correctas. Pero bueno, ese es justamente el personaje que me toca interpretar y eso es lo que me gusta. Me gusta mucho retarme a mí mismo haciendo cosas diferentes hoy en día.
Ahora formas parte de la segunda temporada de Las reglas de Rodo. ¿Qué puedes adelantarnos de este nuevo personaje sin revelar demasiado?



Las reglas de Rodo
Fotos: cortesía de Magda González Grau
Cuando me propusieron el personaje brinqué de alegría por varias razones. Primero, porque Magda nuevamente confió en mí para hacer un personaje nuevo dentro de la serie, y eso me hizo muy feliz, la verdad.
Es otro reto, porque es un personaje con características muy determinadas que tampoco quiero adelantar demasiado, porque me gustaría que el público lo descubra poco a poco, igual que lo va haciendo el propio Rodo a lo largo de la historia. Quisiera que la gente avanzara junto a él, conociendo los personajes y descubriendo lo que ocurre.
Otra de las razones fue el elenco maravilloso de actores. Además, es una serie que yo seguía. Cada vez que le digo a alguien que participé en la segunda temporada de Las reglas de Rodo, la reacción es inmediata: “¡Qué bueno, cómo me gustó esa serie!”. Y eso es muy bonito y reconfortante: saber que vas a participar en algo que le gustó al público, que generó calor humano, que dice cosas, que cuenta historias verdaderas y que habla de un mundo poco tratado dentro de la televisión.
Para mí eso es muy importante. Ya te dije del elenco maravilloso y de la dirección de Magda González, pero además tuve la posibilidad de interactuar con muchachos con síndrome de Down y con otras condiciones y discapacidades. Y eso me llamó muchísimo la atención. Pude trabajar con ellos, entrar un poco en su mundo, y la verdad es que fue algo muy bonito.
A pesar de todas sus limitaciones, tanto físicas como intelectuales, son personas muy nobles, muy lindas, con muchísimas ganas de vivir y de hacer cosas. Y eso te da un aliento que tú no te puedes imaginar. Yo fui muy feliz haciendo esta serie.
Además, fue una serie realizada en un momento muy difícil, con problemas de combustible y de todo tipo, y aun así había un equipo de producción tremendo sacándolo adelante. Estoy muy feliz, te lo juro. No solo por mi trabajo o por lo que hice ahí, sino porque sé que es una serie que gusta mucho al público.
Yo estoy ansioso, desesperado porque salga ya. Incluso ojalá la televisión tuviera el tino de poner juntas la primera y la segunda temporada: primero una y después la otra, para que exista un hilo conductor, porque ya hace un tiempo que salió la primera. A mí, como espectador, me gustaría verlas así, una detrás de la otra.
Vamos a ver. Ojalá ocurra. Eso ni siquiera lo he hablado con nadie; es una petición personal que me hago a mí mismo. Pero sí, estoy loco porque salga ya.
¿Crees que obras como Ricky-Ricardo, Las reglas de Rodo y Ojo de Agua ayudan a abrir conversaciones necesarias dentro de la sociedad cubana actual?
Sí, me interesan las historias que digan algo, que pongan a pensar, que hagan reflexionar a las personas. No me gustan tanto las obras que te dan todas las respuestas; prefiero las que te hacen preguntas. Porque entonces eres tú quien reflexiona, quien encuentra su propia manera de pensar, y eso crea un debate entre la obra y la persona a la que está dirigida.
Hay muchos temas en este país que no se tocan o que se abordan apenas por encima. A veces incluso se convierten en caricaturas, como ha pasado con la homosexualidad, por ejemplo, algo que todavía genera muchas reacciones y prejuicios.
Y ojo, yo no estoy diciendo que la gente tenga que aceptarlo o no aceptarlo. Ese es un problema de cada cual, de cómo fue educado, de cómo piensa. Solo pongo ese ejemplo porque son temas que invitan a reflexionar, a debatir, a pensar. Algunos los defienden, otros los critican, pero precisamente para eso existe una obra.
Porque una historia donde todo es lindo, todo es bello y no pasa nada, donde no existen dificultades ni conflictos, termina siendo vacía. Yo creo que hoy en día el tiempo en televisión es demasiado valioso como para hacer algo que no deje una reflexión al final del día, incluso entre quienes la critican.
Y mucha gente dice que no le gusta la novela, pero la sigue viendo. Entonces no me digan que es porque “no hay más nada”, porque eso no es verdad. Aun así, la gente sigue siendo fiel a la novela cubana, aunque sea para criticarla, para hablar de los personajes o, desgraciadamente, a veces para atacar a los actores, realizadores o guionistas. Pero bueno, eso ya forma parte de la dinámica de las redes sociales y de la cotidianidad.
Lo importante es que la gente habla de la novela. La gente comenta lo que vio ayer, discute las escenas, se involucra. Y yo creo que eso, al final, es muy bonito. Es bonito que hablen de tu trabajo y de lo que hiciste.
¿Sientes que esta etapa reciente de tu carrera te está llevando hacia personajes más complejos y arriesgados?
Creo que el desarrollo lógico de un actor es que la vida lo vaya llevando hacia personajes cada vez más complejos y más diferentes unos de otros. Eso es lo que yo disfruto realmente: poder salir de la piel de un personaje y meterme en la de otro completamente distinto.
Si hoy hago un villano y mañana me convierto en una persona noble, eso es maravilloso. Y no depende solo de mí; depende también de lo que vea un director o la persona encargada de un casting. Por eso a mí me hace muy feliz cuando un director me dice: “Quiero que hagas tal personaje”. Que alguien confíe en ti para interpretar un personaje con determinadas características es un honor, te lo juro, sea quien sea el director, tenga cien años de experiencia o sea una ópera prima.
Para mí siempre será un privilegio que alguien piense en mí para un personaje. Y ya te digo: creo que un actor debe sentirse muy feliz y muy satisfecho cuando tiene la posibilidad de hacer personajes distintos y construirlos junto al director, junto al guionista y junto al equipo creativo.
Yo he tenido la suerte de trabajar con muy buenos directores durante toda mi carrera y también con excelentes guionistas. No te mencioné antes, por ejemplo, que varios de estos trabajos los he hecho con uno de los guionistas que hoy considero de los mejores de la televisión cubana: Amílcar Salatti. Yo no sé de dónde saca tantas historias; creo que tiene cerebros de repuesto. Es impresionante. Lo mismo te escribe Las reglas de Rodo, que una película, que un guion para Tras la huella. Lo de Amílcar es realmente increíble.
Y he tenido la suerte de trabajar en sus guiones, como también he tenido la suerte de aprender de todos los directores con los que he trabajado. Porque una de las cosas más importantes para un actor —y quizás lo que más me satisface— es entender que uno nunca deja de aprender.
Yo siempre digo que sigo siendo un aprendiz. Cada personaje es un reto distinto, cada historia es diferente, y cuando logro lo que me propongo me siento muy satisfecho. Pero cuando siento que no lo logré, entonces me frustro muchísimo, te lo digo sinceramente.
Aun así, he tenido la fortuna de transitar por personajes muy interesantes. Algunos más complejos, otros no tanto, pero nunca he dejado de asumir cada trabajo con la misma entrega y con el mismo respeto hacia esta profesión.
Has interpretado héroes, villanos, hombres entrañables y personajes llenos de sombras. ¿Cuál disfrutas más construir: el personaje noble o el que esconde zonas oscuras?
Todo personaje que tenga algo que decir, que sus escenas aporten algo. Yo prefiero, fíjate, tener menos participación en una obra, pero que cada vez que salga sea interesante lo que dice y lo que hace, porque eso es lo que le llega al público.
A veces nos olvidamos de para quién trabajamos y cuál es el objetivo que persigue una obra determinada. Una telenovela, un teleplay o cualquier obra no se hace para uno mismo, ni para la familia; se hace para el público. Y al público le puede gustar o no una obra, eso es así, es normal. Mucho más en estos tiempos de redes sociales, donde todo el mundo se siente crítico y tiene el derecho, además, de opinar. Desgraciadamente, no siempre lo hacen con respeto, ni con veracidad, ni con la objetividad con la que se puede comentar una obra, pero bueno, es así y hay que aceptarlo.
Yo creo que, en general, las redes son para bien, pero a veces hay personas que hacen de eso una práctica constante. O sea, no disfrutan la obra ni siquiera cuando la critican. Y claro que el público puede señalar defectos; no vaya a pensar nadie que nosotros no los vemos. Nosotros también nos convertimos en espectadores.
Yo hago mis escenas, pero después veo las escenas de los demás, sobre todo las que no me tocó compartir ese día de trabajo. Veo escenas de fulano, de mengano, y muchas veces, si observo algo en el trabajo de un actor o una actriz joven y siento que puedo aportarles algo, trato de ayudarlos. A veces me aceptan el criterio y otras no, pero lo hago desde la experiencia, desde el oficio. Les doy alguna orientación, alguna nota de actuación: “Mira, cógelo por aquí”, “mira para acá”. Sobre todo cuando tengo escenas con ellos.
Por ejemplo, hay una escena en Ojo de Agua que casi se volvió antológica, cuando Lisandra (Isabella Vale) le está recriminando a Horacio lo del mangle y no lo dejaba comerse un pan. Todo eso lo inventamos ahí mismo. Lo creamos nosotros en el momento y terminó siendo una escena muy simpática e interesante.
Creo que esas cosas hay que hacerlas. La vida es la que te lleva a lograr personajes que sean interesantes. Yo no hago nada por ser el protagonista de una telenovela si mi personaje va a ser plano, si no dice nada, si no tiene conflictos ni matices, porque eso al público no le interesa. Al contrario, termina siendo perjudicial para mí como actor, como persona y como personaje.
Después de tantos años de carrera, ¿qué es lo que todavía te emociona cuando llega un nuevo proyecto?
¿Qué es lo que aún me emociona de un nuevo proyecto? Precisamente eso: que un director piense en mí y me llame para hacer una obra. Ya para mí eso es importante. Eso lo agradezco con el alma.
Lo primero que hago siempre es decirle: “Oye, gracias por contar conmigo”, porque yo creo que, entre tantos buenos actores que tiene Cuba, que te llamen a ti para hacer un personaje debe llenarte de orgullo y de placer. Eso es lo primero.
Y cada proyecto para mí es importante mientras pase eso que te digo: mientras tenga algo que decir, mientras sea una historia que aporte algo. Y hoy en día, como los directores y productores saben eso de mí, generalmente me llaman cuando hay algo interesante, algo que sienten que vale la pena hacer.
Porque para un director, una película, una novela o un teleplay es como un hijo. Es algo muy personal, muy suyo. Y uno también tiene que involucrarse en esa historia como si fuera algo propio.
Cuando los directores ven que tú te involucras, que preguntas, que discutes, que propones y que realmente quieres que la obra salga bien, eso también se valora mucho. Porque no se trata solamente de hacer tu parte y ya; se trata de comprometerte con el proyecto completo.
A mí no me gusta trabajar en lugares donde la gente lo único que quiere es “salir de eso” y terminar rápido. Me gusta trabajar cuando siento que todos estamos involucrados en el proyecto y queremos que salga adelante, porque al final es el prestigio de todos.
Los actores ponemos la cara, sí, pero detrás hay muchísima gente. A lo mejor nadie conoce al asistente de dirección o al utilero, pero yo también los estoy representando a ellos y ellos me representan a mí, porque de su trabajo depende el mío.
Esto es un trabajo colectivo. Es la obra de un director, sí, pero también es la obra de los actores, de los camarógrafos, del director de fotografía, del sonidista, de todo el equipo. Si la fotografía no funciona, se nota. Si algo falla, todo el grupo lo sabe.
Por eso este es un trabajo donde todos dependemos de todos. Y creo que ahí está también la belleza de hacer cine, televisión o teatro: en entender que nadie hace una obra solo.
En varias ocasiones has hablado de seguir trabajando “hasta el último aliento”. ¿Qué lugar ocupa hoy la actuación en tu vida más allá de la profesión?
Sí, he dicho en varias ocasiones que quisiera seguir trabajando hasta que ya no pueda más. O, dicho más bonito, hasta el último aliento. Y es verdad.
Yo no me imagino tirado en una cama, sin hacer nada, siendo atendido, dando lástima porque esté enfermo, desprotegido o sin fuerzas para seguir. No me concibo así. A eso sí le tengo miedo, fíjate. Y lo confieso. Le tengo miedo a llegar a mi vejez sintiéndome inútil.
Aunque parezca un poco cursi lo que voy a decir, si pudiera morir en un escenario o terminar una obra, algo que diga algo importante, y despedirme así de la vida, creo que sería feliz.
Quiero seguir trabajando, quiero seguir teniendo fuerzas. Me cuido y trato de cuidarme lo más posible precisamente para eso: para seguir dándole algo al público. Y no quiero bromas ni homenajes vacíos. No quiero que le pongan mi nombre a una institución cultural ni a una calle. Lo que quisiera es que la gente recuerde que fui un hombre que, a pesar de todas las dificultades, siguió trabajando.
Y créeme que no es por dinero. El actor en Cuba no trabaja por dinero, porque sinceramente esto no alcanza para vivir. Pero sí te da otra cosa: te da amor, te da felicidad cuando amas de verdad tu profesión.
Te permite demostrarle al público que lo que haces lo haces con cariño, con pasión y con amor, porque siempre está dedicado a ellos. Y eso yo nunca lo olvido. En mi casa no se olvida.
Por eso siempre digo que quisiera estar trabajando hasta el último día de mi vida y no terminar postrado en una cama, dependiendo de otros. A eso sí le tengo miedo de verdad. Preferiría incluso vivir menos años antes que vivir de esa manera.
Y todo eso tiene que ver con cómo descubrí la actuación. Yo estudiaba música, fui chelista, estudié guitarra, pero dentro de toda esa carrera musical hacía también cosas relacionadas con la actuación. Y un día un amigo —al que le debo mucho de lo que soy hoy— me dijo: “Vamos a hacer unas pruebas”. Y así empecé a descubrir la vida del actor.
Y aquello me fascinó de una manera increíble. Tanto, que hoy no puedo vivir sin mi profesión. Incluso cuando estuve enfermo, una de las cosas que más me preocupaba era perder la voz o perder las facultades necesarias para hacer una obra, para respirar bien, para actuar. Eso era lo que más me angustiaba.
Hoy me siento satisfecho cada vez que logro hacer un trabajo. Para mí, cada proyecto es un logro de vida, un paso más dentro de esta profesión. Y más allá de la profesión misma, es también una razón de vivir.
El público cubano suele involucrarse muchísimo con las telenovelas y las series. ¿Qué reacciones has recibido en la calle sobre Horacio y tus proyectos recientes?
No solo en las telenovelas, sino en todos los programas de la televisión. En toda la televisión cubana el público suele involucrarse muchísimo: ya sea un musical, una comedia, un programa humorístico, una telenovela o una obra de teatro.
Desgraciadamente, estamos viviendo momentos en los que, con tantas horas de apagón, mucha gente no puede seguir las novelas como quisiera. Incluso yo leo comentarios de personas que dicen: “No pude verla ayer”, “me perdí el capítulo”, y claro, así es muy difícil seguirle el hilo a una historia. Cuando ves un capítulo aislado y no sabes qué pasó antes, se hace complicado valorar ciertas escenas o entender determinadas reacciones de los personajes.
A veces la gente comenta: “No me gustó tal escena”, pero si no viste el capítulo anterior, ¿cómo puedes valorar realmente lo que está ocurriendo? Pero bueno, el público es así y tiene todo el derecho a opinar, porque las obras están hechas precisamente para ellos.
Y, generalmente, el público cubano me quiere mucho. Yo siento ese cariño porque también los quiero mucho a ellos. Siempre reciben lo que hago con afecto, aunque claro, no todos reaccionan igual.
Horacio, por ejemplo, es un personaje que, a pesar de toda la intriga que genera, la gente termina encontrándole una arista humana. Sobre todo cuando está con Lita, cuando le dice que la quiere, cuando es incapaz de maltratarla o hablarle mal, cuando se muestra cariñoso con ella.
Él se va porque encuentra su objetivo principal y eso termina cegándolo. Además, se marcha sin saber que ella está embarazada. Y bueno, también porque le estaban apuntando con una pistola… a cualquiera le pasa, ¿no?
Pero la gente entiende que es una obra de ficción y que no tiene nada que ver con el actor, aunque sí reconoce cuando uno trata de interpretar un personaje de la manera más real posible. Y yo, de verdad, estoy siempre muy agradecido con el público por todas sus muestras de cariño.
Si tuvieras que definir con una sola frase esta etapa artística que estás atravesando, ¿cuál sería?
Es muy difícil resumirla en una frase, casi imposible, pero sí te puedo decir que es un paso más, un peldaño más en esta escalera hacia seguir viviendo de mi profesión, seguir viviendo de lo que amo y de lo que quiero hacer.
Siempre pienso en eso. Y en esta etapa de mi vida, además, agradezco muchísimo —como digo siempre— a todos los directores, sean quienes sean, que me llamen, que piensen en mí para un trabajo y me den la posibilidad de hacerlo.
Por eso, si tuviera que definirlo de alguna manera, diría que esta etapa significa seguir viviendo de lo que amo.
Más allá de personajes, rodajes agotadores o desafíos creativos, Jorge Martínez habla de la actuación como quien habla de una necesidad vital. No hay en sus palabras espacio para la comodidad ni para la indiferencia. Cada proyecto representa un reto, una responsabilidad colectiva y también una oportunidad de devolverle al público el cariño que durante años ha recibido en las calles, en los mensajes y en las reacciones de quienes siguen viendo sus personajes como parte de la vida cotidiana cubana.
Quizás por eso insiste en que quiere seguir trabajando hasta el último día. No por reconocimiento, ni por dinero, ni por nostalgia, sino porque encontró en el arte una manera de existir plenamente. Y mientras conserve las fuerzas para subirse a un escenario, entrar a un set de grabación o construir un nuevo personaje, Jorge Martínez seguirá defendiendo con pasión un oficio que, más que una carrera, terminó convirtiéndose en su razón de vivir.




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