Luis Ángel Batista: habitar las zonas grises sin perder la humanidad
Luis Ángel Batista: habitar las zonas grises sin perder la humanidad

Luis Ángel Batista: habitar las zonas grises sin perder la humanidad

Por: Félix A. Correa Álvarez

Luis Ángel Batista se adentra en la telenovela Ojo de Agua con un personaje que, desde su primera aparición, impone presencia y genera conflicto. Wilfredo (Wilfred) —antagónico, áspero, de moralidad dudosa— no solo se sostiene desde el guion, sino también desde una construcción actoral que combina lo psicológico y lo visual. Con sombrero, botas y una actitud que remite a una suerte de “cowboy cubano”, el actor apuesta por un enfoque que evita los lugares comunes y se instala en las zonas más complejas del comportamiento humano.

Para Batista, todo comienza en el primer acercamiento al texto. «Yo siempre lo hago casi desde el punto de vista del espectador; es decir, empiezo a disfrutar al personaje, no a juzgarlo», explica. Esa distancia inicial le permite entrar al universo del rol sin prejuicios, dejando que las primeras intuiciones se transformen luego en herramientas de trabajo durante los ensayos y el proceso de mesa.

En esa etapa previa a las grabaciones, el intercambio con el equipo resulta esencial. «Ahí uno comienza una búsqueda, va aportando ideas y, a veces, también recibe sugerencias desde la dirección o de otros compañeros», comenta. Ese diálogo constante va nutriendo lo que define como un “saquito de recursos”, al que acude en su estudio personal para dar forma definitiva al personaje.

Sin embargo, el eje de su método está en lo interno. «Para mí, lo importante siempre es entender primero al personaje desde el punto de vista psicológico», afirma. Comprender las motivaciones, los conflictos y las consecuencias de cada acción es lo que, en su criterio, permite trascender la superficie del guion y construir un ser humano creíble.

En esa línea, rechaza las clasificaciones simplistas. «Ningún personaje es completamente malo o completamente bueno… Más bien diría que es un personaje antagónico», señala sobre Wilfred. Para Batista, los personajes —como las personas— están atravesados por sus historias, sus traumas y sus circunstancias, lo que los lleva a actuar de determinadas maneras.

Esa mirada se traduce en una pregunta constante durante el proceso creativo: «¿Por qué el personaje actúa así? ¿Por qué renunció? ¿Por qué traicionó?». A partir de esas interrogantes, el actor encuentra matices que enriquecen la interpretación y evitan que el personaje se reduzca a un estereotipo. «Cuando empiezas a entender esas consecuencias, el personaje… empieza a revelarse también con cosas buenas», añade.

En el caso de Wilfred, ese equilibrio resulta clave. «Yo quise defenderlo y cuidarlo en cada puesta en escena», dice. Aunque se trate de un hombre marcado por el dinero, las deudas y los negocios turbios, Batista insiste en mostrar también sus zonas de vulnerabilidad y los orígenes de su comportamiento, ligados a un pasado que la trama irá revelando progresivamente.

La construcción no se limitó al plano emocional. El actor también intervino en la dimensión estética del personaje: «Le cambié la imagen: le puse sombrero, botas, e hice que tomara más las riendas de su propia situación». Esta decisión refuerza la idea de un Wilfred más imponente, menos dependiente, capaz de sostener su poder no solo desde lo económico, sino desde su propia presencia escénica.

Al final, su apuesta es clara: complejizar al antagonista sin despojarlo de humanidad. «Eso demuestra que no existe alguien ‘malo, malo, malo’. Al final, es un ser humano».

—¿Qué puedes adelantarnos sobre su evolución?

—Ya, en este punto de la novela, Wilfred ha mostrado con más claridad su verdadera cara, producto de las consecuencias que han alterado su paz, su mundo interno y esa especie de zona de confort.

Ahora está ganando un poquito más de protagonismo. La trama se está complicando y quizás él está un poco más implicado. A mí me pasa algo con los guiones en nuestros dramatizados —que son los que más he tenido la oportunidad de hacer, mucho más que producciones extranjeras— y es que siempre ocurre algo: hay personajes que empiezan pequeños al inicio de las historias y terminan creciendo muchísimo, evolucionando…

Pero también existe el temor de que, cuando te proponen un personaje pequeño, el personaje se quede pequeño. Entonces, a veces, se hace difícil lograr que resulte interesante. Por eso es tan importante el proceso de construcción del personaje: cómo hacerlo más creíble desde un punto de vista orgánico, pero también cómo añadirle recursos y herramientas que lo vuelvan atractivo dentro de la puesta en escena.

Nuestro trabajo es atrapar al público. Y eso no depende solo de la propuesta general, de la fotografía, de una buena iluminación, del vestuario acorde al momento o del maquillaje. También depende de lo que tú puedas aportar como actor para enriquecer el personaje.

Lo que sí puedo adelantar es que todo lo que se está desarrollando en los capítulos actuales se va a seguir complicando un poco más y que, al final, todo tiene una consecuencia. Cuando el mal se enfrenta al mal, nada bueno puede terminar ocurriendo.

Luis Ángel Batista durante su participación en la telenovela Ojo de Agua.

—¿Qué es lo más complejo de interpretar a un personaje que se mueve en zonas grises, lejos de la simpatía inmediata del público?

—Este tipo de personajes a mí me resultan interesantes. La gente, a veces, en la calle me dice: “Caramba, estos personajes negativos te quedan tan bien…”. Hasta ahora yo nunca he tenido experiencias desagradables. Tú sabes que este tipo de personajes generan un estado psicológico en muchas personas; precisamente, nuestro trabajo es evitar eso. Hay mucha gente que, muchas veces, no logra establecer la diferencia entre la realidad y la ficción y, bueno, incluso se puede dar una situación desagradable en la calle, que creo que ha pasado con algunos colegas. Pero, hasta el día de hoy, yo he tenido la buena suerte de ser respetado, por complejo que haya sido el personaje que me haya tocado hacer.

Casi siempre la gente —como me está pasando ahora con Wilfred— me dice que me tiene mucho odio, pero tú sabes que es un juego, de jarana, de criterio y de buenas energías. Y eso a mí me ha agradado mucho: la reacción que ha tenido el público, sobre todo con mi personaje, que es tan complejo, tan oscuro, tan complicado; que hace cosas malas.

—Se comenta tu participación en el nuevo filme de Arturo Sotto. ¿Qué puedes adelantarnos sobre este proyecto?

—Estoy muy contento con esta propuesta. Volver a trabajar con Arturo Sotto, para mí, siempre es un placer. Es uno de los directores que tengo ahí, sentado en mi “aula” de la empatía, del respeto y de la confianza; es decir, de ese tipo de directores a los que respeto mucho y admiro por su trabajo y por el trato que tienen hacia uno.

Cada director tiene su “librito”, y Arturo es de esos —por decirlo así— que es muy medido. No solo es talentoso, sino también muy respetuoso; sabe lo que quiere y es muy seguro. Siempre coincidir con él es muy bueno.

Esta película es muy motivadora. Yo creo que va a ser un hermoso homenaje a los actores, sobre todo a los actores de teatro. En sentido general, me parece que es un texto muy bonito, escrito también por Arturo. Y nada, estamos a la espera. Yo espero que podamos entrar ya, de una vez por todas, en el proceso.

En este momento, la película está detenida por temas internos; no quiero adelantar nada ni declarar mucho al respecto. Como te digo, la película empezó, volvió a parar, empezó otra vez… y bueno, hay temas de presupuesto y demás. El cine es muy costoso.

Yo confío en Dios en que podamos, sobre todo por el elenco —un elenco muy lindo—, trabajar con toda esta gente como Jorge Perugorría, Néstor Jiménez y también Darianis Palenzuela, por la parte de los jóvenes, que está muy bien representada. Y hay otros actores que también intervienen y que van a engalanar bastante esta hermosa película.

Porque sí, sé que va a ser una película muy bonita, muy sensible. Tiene sus sorpresas y pasa por muchos estados. No es solo una comedia: hay un equilibrio muy interesante entre momentos simpáticos, tensos y dramáticos. Hasta el momento, la película se llama La paradoja de los comediantes.

Por ahí lo dejo. No quiero adelantar mucho más sobre este proyecto y espero que podamos realizarlo.

—El cine te ha regalado momentos importantes recientemente. Calle 232 te valió integrar la preselección a los Premios PLATINO 2026 en la categoría de mejor actuación masculina. ¿Cómo recibiste esa noticia?

—Calle 232 está dirigida y escrita por Rudy Mora, otro de los directores con los que tanto amo trabajar, por decirlo así. Con él siempre puedo aprender, crecer, establecer diferencias y asumir personajes distintos. Rudy me permite seguir evolucionando constantemente, y eso para mí es invaluable.

Esta película ha sido un regalo. Es un proyecto que hemos hecho con mucho amor, no solo yo, sino todo el equipo y todos los actores que participan. Estoy muy feliz de que se haya podido realizar y de su estreno, y esperamos que la vida nos regale lo que debamos merecer.

Sí, hubo una mención en los Premios PLATINO 2026 y estuve nominado en la categoría de mejor actuación masculina. Pero, más allá de eso, mi mayor premio son las cosas tan lindas que ya puedo percibir en las personas en la calle.

La experiencia de haber vivido cada escena es única. A veces el público se sienta en el cine a ver estas puestas en escena y no tiene idea de cuántos momentos irrepetibles hay detrás, instantes que luego quedan grabados, pero que en su momento fueron únicos: escenas cargadas de emociones, de alegrías, de risas, de llanto y de aprendizaje.

Cada oportunidad de hacer cine —sobre todo en el cine cubano, con el que crecí y que me hizo enamorarme de la actuación— la disfruto profundamente. Cada vez que puedo hacerlo, soy muy feliz y le doy gracias a Dios todos los días por poder hacer cine, y en especial por formar parte de una película como Calle 232.

Es una película muy necesaria para estos tiempos, una obra que defiende la gratitud, el agradecimiento y el cuidado entre nosotros mismos, entre las personas.

Luis Ángel Batista en imágenes relacionadas con la película Calle 232, dirigida por Rudy Mora.

—El humor ha sido una zona muy reconocible dentro de tu trayectoria. ¿Qué lugar ocupa la comedia en tu vida artística?

—La comedia, para mí, es como cuando aspiras una bocanada grande de oxígeno, como cuando sales del agua buscando aire y, por fin, lo encuentras. Sientes paz, alivio… Esa es la imagen que me viene cuando hago comedia.

Ahora bien, es algo a lo que incluso le tengo más respeto —o temor— que al drama. Es complicado. Yo empecé desde muy niño: mis primeros acercamientos a la actuación fueron con un grupo de humor, junto a otros dos actores. Así descubrí el teatro por primera vez, en la casa de cultura de la provincia donde nací. Ahí empecé a entender la escena: el olor del teatro, la visualidad, la atmósfera… pero haciendo humor. Esa fue mi puerta de entrada a la actuación.

A mí no me gusta decir “humorista”; prefiero que me llamen comediante. Me siento más identificado con el término “comedia”.

Luego, entrar a Etcétera —que es el grupo con el que trabajo actualmente y donde llevo ya ocho años— me ha permitido no solo formar parte del Centro Promotor del Humor, sino también conocer a muchos comediantes y grandes artistas, aprender de sus estilos y entender mejor los códigos de la comedia: cómo se construye el chiste, cómo se maneja la escena, la visualidad, el desenfado con que se hacen estos personajes, hasta qué punto llevarlos sin que parezcan demasiado teatrales.

Todo eso lo fui aprendiendo poco a poco, también gracias a Eider Luis Pérez Martínez, director del proyecto y actualmente del Centro Promotor del Humor, quien me fue guiando y ayudando a encontrar la justa medida para llevar una puesta en escena cuyo objetivo principal —y más importante— es que el público se ría. Si el público no se ríe, no se cumple el objetivo. Por eso te decía que hacer comedia es muy complejo.

Pero también es algo que disfruto muchísimo. Es casi una herencia familiar. Y, además, es una sensación distinta: no es lo mismo hacer comedia para el teatro que para la televisión. La comedia en vivo tiene un efecto, y la televisiva tiene otro.

A lo largo de este tiempo, trabajando con ese estilo de humor que siempre me ha gustado —el sketch—, surgió la idea de hacer una comedia tipo sitcom. Así nació Juntos pero no revueltos, que logramos llevar a la pantalla a pesar de los obstáculos que siempre aparecen cuando se defienden proyectos de este tipo.

Creo que ha sido una experiencia muy hermosa. Es una serie que ha gustado mucho y que llegó hasta una tercera temporada. El proceso de maduración fue clave: la primera temporada no es la misma que la tercera, donde ya teníamos más definidos los personajes, el estilo y la puesta en escena.

También ha sido fundamental escuchar al público. La gente en la calle muchas veces te señala dónde están los errores o qué cosas funcionan mejor, y eso hay que tenerlo muy en cuenta.

Lamentablemente, la cuarta temporada no ha sido aprobada por la televisión cubana, que es quien decide. El año pasado no se pudo hacer, este año tampoco, así que decidimos congelar el proyecto en televisión, al menos por ahora.

Sin embargo, vamos a empezar a trabajar de manera más independiente en redes sociales. La idea es que Juntos pero no revueltos continúe en plataformas como YouTube y otras redes, para ver cómo es recibida por el público en ese formato.

Ya estamos trabajando en los guiones y hemos filmado algunas cosas, aunque por ahora nos mantenemos discretos y enfocados en el trabajo. Pero sí, vienen sorpresas con Juntos pero no revueltos, esta vez en redes.

—Tu trabajo teatral, especialmente con la compañía Kilómetro Cero, ha sido constante y riguroso. ¿Qué representa el teatro en tu equilibrio profesional?

—Cuando descubrí un escenario, descubrí el teatro, y para mí sigue siendo eso: la escuela. Es necesario, es importante, y es donde uno despierta sensaciones, sentimientos y reflejos; donde los entrena. Por eso tiene una importancia tan grande.

He tenido la oportunidad de formar parte de algunas compañías, aunque tampoco he hecho demasiado teatro a lo largo de mi carrera, sobre todo por temas económicos. Tenía que pagar alquiler, en fin, resolver… y haciendo teatro no siempre podía. Me vi obligado a ir más hacia los medios audiovisuales y así fui creciendo, de casting en casting, ganando experiencia.

Tuve la suerte de pasar por Teatro El Público; de hecho, me gradué del Instituto Superior de Arte con esta compañía. Después trabajé con Juan Carlos Cremata en un proyecto que tenía en aquel entonces, que se llamaba El ingenio. También, cuando recién me gradué de la Escuela Nacional de Teatro, hice mi servicio social y descubrí el teatro guiñol. Ahí aprendí cómo funcionaba todo: los títeres, su manejo, el trabajo con los niños, el clown, los payasos… es un mundo muy bonito.

Esa etapa también me permitió acercarme más al género de la comedia. Yo iba alimentando ese sentido del humor y aprovechándolo, sobre todo en este tipo de teatro, donde el “beat” cómico se puede explotar mucho.

Luego, un buen día, me llamaron Liliana Lam y Alberto Corona y me hicieron una propuesta que no podía rechazar. Ellos estaban al frente de la compañía Kilómetro Cero, una compañía que ya gozaba de prestigio, precisamente por la obra que le da nombre, Kilómetro Cero, una puesta muy polémica y maravillosa. Nunca pensé que terminaría trabajando allí, pero fue una nueva oportunidad y el momento ideal para volver a acercarme al teatro.

El teatro exige tiempo, dedicación y mucho esfuerzo. Son muchas horas de trabajo para lograr una puesta que, a veces, se concreta en dos meses, dependiendo de su complejidad. Pero es algo profundamente motivador. El teatro despierta en mí nuevas emociones, nuevas sensaciones; entrena los sentidos y te conecta con la verdad de la escena.

Te enseña a trabajar, a dominar, a encontrar la justa medida de los sentimientos. Es el lugar donde experimentas, descubres, creces, te equivocas, tropiezas y te levantas. Por eso fue tan importante para mí entrar a la compañía Kilómetro Cero, un grupo donde siempre he sentido armonía, respeto y apoyo entre todos sus integrantes. Es una compañía que sigue creciendo cada día.

Estoy muy feliz de trabajar allí. Recientemente tuvimos el estreno de Planeta Varón, una puesta hermosa. Kilómetro Cero es una compañía que defiende, sobre todo, temas relacionados con los derechos, el respeto y las ideologías de género. Es una línea de trabajo muy motivadora, tanto para sus directores como para los actores.

En lo personal, he ido involucrándome cada vez más en estos temas y comprendiendo mejor la construcción de estos personajes, que son complejos desde el punto de vista psicológico. Son personajes que muchas veces se trabajan desde lo visual y lo expresivo, con una gestualidad más marcada, que también hay que saber incorporar y manejar, incluso dentro del lenguaje del teatro, donde todo suele ser un poco más amplio.

Luis Ángel Batista en registros de la obra teatral Kilómetro Cero.

—Después de transitar por televisión, cine, humor y teatro, ¿qué te sigue moviendo a aceptar un proyecto?

—Después de haber tenido la bendición de poder hacer un poco de todo —haber hecho cine, televisión, humor, teatro—, lo que me motiva siempre a aceptar un proyecto es que sea interesante, al menos para mí, y que tenga un poco de originalidad; que sea atrevido, que sea arriesgado, que me ayude a crecer, que me proponga algo diferente siempre. Soy un actor que se preocupa por establecer diferencias entre los personajes que hace. En la vida real, ninguna persona se parece a otra, ninguna camina igual que otra, ni mira igual, ni tenemos los mismos gustos. Y todos estos son detalles importantes a la hora de escoger un personaje, a la hora de aceptarlo, obviando la parte económica, que no deja de ser importante, porque nunca podemos olvidar que somos seres humanos que necesitamos vivir, por mucho que nos apasione y amemos lo que hacemos, y aunque tengamos la suerte de vivir, en parte, de ello. Porque, ya te digo, no se vive completamente de nuestro trabajo.

Yo creo que nuestra profesión es muy sacrificada. Lleva mucha resiliencia, mucha constancia, mucha voluntad. Es una profesión que muchas veces no te da la calidad de vida o la estabilidad económica que uno quisiera. Entonces tienes que optar, a veces, por hacer otros tipos de trabajo, y en tu tiempo libre dedicarte a este arte que hacemos, cuando tienes la oportunidad, con todas las ganas.

Siempre, al aceptar un proyecto, necesito enamorarme del personaje, verlo interesante, ver qué le puedo sacar o cómo lo puedo defender en la puesta en escena. Hay historias o guiones que están llenos de personajes que no son interesantes; incluso puedes quitarlos y no afectan la historia. Esas son cosas en las que trato de fijarme siempre a la hora de decidir. No se trata de que el personaje sea más largo o más pequeño, de que hable más o menos, o tenga más protagonismo. No son esos los referentes. Yo siempre busco enamorarme del personaje, que sea diferente, que me obligue a hacer algo distinto en la puesta en escena, no solo desde el punto de vista psicológico, sino también visual: poder transformarlo y que me haga crecer como actor.

Y, por supuesto, sentirme bien en el proceso de trabajo, con las personas que van a estar al frente. Siempre es importante para mí quién dirige, qué colegas forman parte del elenco. Eso es algo a tener en cuenta, porque también hay que disfrutar el proceso de desarrollo del trabajo, no solo el resultado final en escena o el éxito. El proceso es muy importante, porque es el recuerdo que te queda, y también la enseñanza: puede hacerte crecer o decrecer, aportarte u opacarte.

Siempre es un temor que tengo como actor: creer que estás haciendo algo bien y que vas por buen camino. Por eso es tan importante que un actor sea observado, que tenga una buena dirección, un buen ojo que te cuide, que te diga “hasta aquí”, “un poco menos”, “un poco más”, que te vaya graduando todo el tiempo, como recalibrándote. Porque un actor no puede verse a sí mismo. Y el éxito de tu trabajo se debe a muchas personas: al montaje, a la fotografía, a la banda sonora en el momento preciso, a un vestuario adecuado… en fin, a muchos factores que coinciden para que tu trabajo sea exitoso.

Por eso hay que ser muy agradecido con nuestra profesión. Una gran actuación, una gran interpretación, no siempre es solo porque el actor es muy bueno y se lo merece. No. Ese personaje también es defendido por muchas otras personas.

—¿Qué tipo de historias sientes hoy la necesidad de contar como actor?

—Historias alegres. Yo creo que estamos viviendo tiempos difíciles, no solo en nuestro país, sino también en el mundo: tiempos de mucha violencia, de mucha corrupción, de mucha ingratitud, de mucha inconsciencia, de mucha estupidez, que es algo que me enfada mucho también.

Y yo creo que el mejor antídoto que podemos tener —o el que yo quisiera, si me dan a escoger— es poder contar y hacer historias más alegres. Creo que son tiempos necesarios para historias que enseñen, que toquen el corazón de las personas, que les ayuden a entender qué hicieron mal, incluso viendo esa puesta en escena, o qué están haciendo bien, o por qué deberían sentirse felices o arrepentidos. Ese tipo de historias son las que a mí me motivan mucho: hacerlos reír o hacerlos llorar por momentos, pero, sobre todo, que sean historias cargadas de mucho positivismo, de mucha alegría, sin que les falte, claro está, el sentido del humor, que yo creo que tiene un efecto bastante analgésico en nuestra conciencia.

Vivimos en un mundo bastante diverso, donde hay muchas historias que contar; historias tristes, historias alegres. Es como nuestras vidas. En un mismo día nos pasan muchas cosas, transitamos por muchos sentimientos: con muchas alegrías, con muchos dolores. Y de eso se trata también el arte que hacemos, la actuación, la puesta en escena: de contar historias variadas, pero que sean siempre orgánicas, que siempre sean de verdad, que carguen la verdad sobre sus hombros.

Luis Ángel Batista en registros de otros trabajos de su trayectoria artística.

En Luis Ángel Batista conviven el rigor del actor que se piensa cada personaje y la intuición del artista que no teme arriesgar. Su recorrido entre el teatro, el cine, la televisión y la comedia revela a un intérprete en constante búsqueda, consciente de que cada proyecto es también una oportunidad de aprendizaje y de transformación. Más allá de etiquetas o géneros, su brújula creativa apunta siempre hacia la honestidad escénica y la construcción de personajes que respiren verdad.

En tiempos donde las certezas escasean y las tensiones marcan el pulso de la realidad, Batista apuesta por historias que dialoguen con el espectador desde la emoción, la reflexión y, sobre todo, desde la humanidad. Ya sea encarnando a un antagonista como Wilfred o explorando los códigos de la comedia, su interés permanece en tocar fibras, provocar preguntas y generar una conexión auténtica con el público.

Quizás ahí radique la esencia de su trabajo: en entender la actuación no como un acto individual, sino como un proceso colectivo, donde cada detalle suma y cada historia deja huella. Mientras nuevos proyectos se asoman en el horizonte, su voz deja claro que, más allá del éxito o el reconocimiento, lo verdaderamente importante sigue siendo contar —y defender— historias que valgan la pena.


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