Antes de que hubiera un 17 de mayo, ya había un Diego en la pantalla
Antes de que hubiera un 17 de mayo, ya había un Diego en la pantalla

Antes de que hubiera un 17 de mayo, ya había un Diego en la pantalla

Hoy es el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia, y se conmemora en más de 130 países. La fecha no es capricho de calendario. Este 17 de mayo se cumplen 36 años desde que la Organización Mundial de la Salud eliminó la homosexualidad de su lista de enfermedades mentales, ese catálogo donde alguien, con bata y pluma, había decidido que el deseo de millones de personas era un error de fábrica. Desde 2005, el mundo lo recuerda cada año.

Hay un antes y un después en el cine cubano, y ese corte se llama Fresa y chocolate. 1993. Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío hicieron lo que la política no había podido: convertir a un hombre gay en el personaje más digno de la pantalla. Diego no pedía perdón por nada. Leía a Lezama. Tenía criterios. Discutía. Y eso —más que el deseo, más que el cuerpo— fue lo que llegó al público de una manera que pocas películas logran. La gente salía del cine reconociéndose, revisando sus propias actitudes. Eso no pasa con el cine didáctico. Eso pasa con el cine que te pone un ser humano en la cara sin explicaciones.

El teatro cubano venía trabajando ese terreno desde antes. A principios de los 90, Carlos Díaz debutó como director con su Trilogía de Teatro Norteamericano —Zoológico de cristal, Té y simpatía y Un tranvía llamado deseo— reescribiendo esas piezas para poner el cuerpo diverso y su deseo en el centro del escenario, sin disculpa y sin distancia. El éxito fue arrollador. Desde ese momento, la escena cubana encontró un lenguaje que no tenía antes.

En la formación actoral, la ausencia de personajes de la comunidad LGBTI+ en el repertorio de trabajo ha sido una constante documentada. Los textos que se estudian tienen décadas, responden a otro tiempo, y hay generaciones de actores que atravesaron su formación completa sin poder interpretar un personaje que los representara. Es una conversación que el mundo de la actuación tiene pendiente, y Cuba no es la excepción.

El 17 de mayo no se celebra. Se conmemora, que no es lo mismo. Conmemorar implica que hay algo que todavía duele y que todavía importa nombrarlo. El cine y el teatro cubanos llevan décadas haciéndolo con una honestidad que el público ha sabido reconocer. Porque la pantalla y el escenario han sido, muchas veces, el único lugar donde Diego podía hablar.


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