La Habana que nunca fue: cuando el cine buscó a Cuba en otro país
La Habana que nunca fue: cuando el cine buscó a Cuba en otro país

La Habana que nunca fue: cuando el cine buscó a Cuba en otro país

Hay una escena en El Padrino II que el mundo entero recuerda como si fuera Cuba. Es la fiesta de Año Nuevo del 31 de diciembre de 1958. En un salón lujoso, Michael Corleone toma a su hermano Fredo por el cuello y le da el beso que lo condena. Al fondo, Batista anuncia que abandona el poder. Las tropas de Castro entran a la ciudad. La escena recrea un hecho real: Batista huyó de Cuba en la madrugada del 1 de enero de 1959, aunque la despedida verdadera ocurrió en el Campamento Militar de Columbia, no en un palacio lleno de mafiosos. Coppola lo teatralizó. Y lo rodó en Santo Domingo.

El Salón de las Cariátides del Palacio Nacional dominicano hizo de Palacio Presidencial cubano. El Parque Independencia de Santo Domingo —donde también se rodó la escena de Fredo pidiendo un daiquirí de banana— hizo de parque habanero. El Hotel El Embajador hizo de Hotel Capri. Coppola encontró en República Dominicana la arquitectura colonial que necesitaba. La película ganó seis Oscar en 1975. Cuba no vio un fotógrafo.

No fue la última vez.

En 1989, Sidney Pollack llegó a Santo Domingo con Robert Redford, cuarenta millones de dólares y la misión de recrear La Habana de 1958 para Havana. Construyó en una base aérea dominicana un set de media milla: fachadas de casinos, hoteles y restaurantes que costaron entre tres y cuatro millones de dólares solo en exteriores. Una Habana de cartón piedra bajo el sol del Caribe. Solo los créditos iniciales —imágenes del Malecón y el Hotel Nacional al amanecer— se filmaron en La Habana real, diez días de rodaje con permiso del ICAIC y producción cubana. El resto fue República Dominicana.

Con Antes que anochezca la geografía cambió de país. Julian Schnabel no podía rodar en Cuba la historia de Reinaldo Arenas, el escritor perseguido, encarcelado y expulsado por el régimen. Rodó en México: un templo jesuita semiderruido en Veracruz, las calles de Mérida, el puerto de Progreso en Yucatán. Javier Bardem ganó el León de Plata en Venecia interpretando a un hombre cuya patria apareció en pantalla con acento mexicano. Arenas había muerto en Nueva York en 1990. La película que contó su vida tampoco pudo pisar su isla.

El caso más reciente es El rey de La Habana, la adaptación de la novela de Pedro Juan Gutiérrez que el español Agustí Villaronga rodó en 2015 en Santo Domingo y San Pedro de Macorís. Villaronga declaró públicamente que las autoridades cubanas le negaron el permiso. El director del ICAIC lo desmintió: dijo que la participación del instituto no era posible en el plazo solicitado y que la productora española nunca llegó a inscribir la película en el Festival de La Habana. Lo que no está en disputa es que la película se rodó fuera, con actores cubanos de acento perfectamente habanero, y que La Habana del Período Especial terminó siendo República Dominicana una vez más.

Lo que une estas cuatro películas no es solo la geografía. Es la paradoja de que algunas de las imágenes más vistas de Cuba en el cine mundial fueron fabricadas en otro lugar, bajo otra luz, con otra gente. Millones de espectadores creyeron ver La Habana y vieron Santo Domingo, Veracruz, Mérida. La ciudad real estaba fuera del plano, fuera del alcance de las cámaras, por motivos que en cada caso tuvieron un nombre distinto.

Mientras tanto, el cine cubano siguió filmando en Cuba, con sus propias reglas y sus propias grietas. Esa es otra historia.


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