En la actual telenovela Ojo de Agua, Carlos Migueles encarna al profesor Darío, un personaje que ha ido ganando la atención del público por su hondura emocional y su conflictividad silenciosa. Noble, sensible y a ratos ingenuo, pero firme en sus principios, Darío se mueve en una compleja trama afectiva donde el amor se convierte en dilema ético: el triángulo emocional que lo une a Nadia y a María Fernanda —madre e hija— coloca al personaje en una tensión constante entre el deber, el deseo y la responsabilidad.
Esa capacidad para dotar de verdad a un personaje contenido, más emocional que estridente, no surge de manera fortuita. Carlos Migueles es un actor formado desde la disciplina y el rigor del teatro, con una trayectoria que revela coherencia, búsqueda y compromiso con el oficio. Su Darío es un hombre común atravesado por decisiones difíciles, construido desde la sutileza y la escucha, cualidades que el actor ha cultivado a lo largo de años de trabajo escénico.
Graduado de la Escuela Profesional de Arte Manuel Muñoz Cedeño, en Bayamo, Migueles inició su camino actoral muy joven, vinculado al grupo Teatro Andante bajo la guía de Juan González Fife. Aquella etapa fue decisiva no solo para su formación técnica, sino también para la comprensión profunda del teatro como espacio colectivo, de entrega y responsabilidad. Más tarde, su trabajo sostenido en el teatro para niños y su experiencia como profesor de expresión corporal y actuación con títeres ampliaron su mirada sobre el actor como creador y formador.
El tránsito hacia La Habana marcó un punto de inflexión en su carrera. Integrarse a colectivos como Nave Oficio de Isla, Teatro El Público, Argos Teatro y Ludi Teatro le permitió dialogar con estéticas diversas y asumir retos de mayor complejidad artística.
Hoy, esa acumulación de experiencias se hace visible en la pantalla: el profesor Darío no es solo un personaje dentro de una telenovela, sino la síntesis de un actor que llega a la televisión con un sólido respaldo teatral y una sensibilidad construida a lo largo del tiempo.
¿Cómo llegas a Ojo de Agua?
Llegué a Ojo de Agua a través de un casting. Ya había pasado por procesos similares en otras telenovelas, como El derecho de soñar, pero en esos casos mi físico no coincidía con lo que buscaban para los personajes. En Ojo de Agua también hice casting para más de un rol y, nuevamente, hubo ajustes relacionados con la coherencia física de los personajes dentro de la historia.
Finalmente, Alberto Luberta Martínez, su director, me propuso interpretar a Darío, un personaje que me llamó mucho la atención desde la primera lectura del guion. Poco después se confirmó ese cambio, y fue así como asumí un rol que terminé sintiendo muy cercano y atractivo desde el punto de vista actoral.
Hoy los castings para telenovelas no suelen ser abiertos; se convoca directamente a actores específicos y, cuando te llaman, casi siempre es porque existe una alta probabilidad de integrarte al proyecto. Así fue como finalmente llegué a Ojo de Agua.
Esta es tu primera telenovela. ¿Cuál fue tu impresión inicial al enfrentarte al trabajo frente a cámaras, comparado con la actuación en el teatro?
Realmente no es mi primera experiencia trabajando frente a la cámara, pero sí es mi primera telenovela. Aun así, trabajar para la cámara no me ha resultado complicado, porque uno ya viene con ciertas bases desde la escuela y otras experiencias. He sabido lidiar con algunas situaciones frente a cámara gracias a la formación, al estudio y a la observación: ver cine, televisión, analizar qué funciona y qué no funciona.
Yo vengo del teatro, donde he trabajado profesionalmente durante más de diez años. Para muchos actores de teatro, la televisión puede resultar incómoda, y para otros, los que solo hacen televisión, el teatro puede ser difícil. No creo que sea cuestión de talento, sino de entender cómo funciona cada medio, estudiarlo y saber fluir con la verdad del trabajo que se interpreta.
También es fundamental entender lo que quiere el director, seguir sus indicaciones y estar abierto a sus criterios. No se trata de imponer terquedad, sino de aceptar que cualquier criterio —dondequiera que venga— puede ser justo, certero y valioso para tu trabajo en ese momento.
¿Cómo te preparaste para asumir un rol que, más allá del guion, exige familiarizarse con temas específicos de ecología y ciencias de la vida?
Darío fue un personaje precioso, por todo lo que vivió y seguirá viviendo durante los 80 capítulos de esta historia. Atraviesa muchos momentos difíciles, pero siempre intenta que la vida sea un lugar bonito y agradable, especialmente en su relación con los demás.
Por otra parte, interpretar a Darío como profesor fue complicado, porque había que aprender mucha terminología que no estamos acostumbrados a decir, y decirla de manera natural, como si fuera algo cotidiano.
Para el trabajo específico con las abejas, Yura López y yo fuimos a la finca La Luisa, en las cercanías del Cotorro, para aprender sobre apicultura con abejas del género Melipona y del género Apis, entendiendo su estructura social y cómo manipularlas cuidadosamente. Creo que logramos transmitir ese conocimiento en pantalla, ya que hay escenas en las que manipulamos las abejas sin protección, lo que refleja el nivel de cercanía que alcanzamos con la colmena.
Fue un trabajo importante y muy lindo, del que todos los involucrados aprendimos mucho sobre las abejas y sobre la polinización. Además, la parte de profesor también requirió preparación: yo ya tenía cierta experiencia, porque había impartido clases durante años, pero aun así estudié y busqué referentes específicos en la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana. Esto, junto con la observación de clases durante los días de grabación, ayudó a potenciar la interpretación del joven profesor que Darío representa.


En algunas escenas se percibe que tu personaje podría tener algún padecimiento físico o emocional. ¿Nos podrías adelantar algo?
Sin deseos de adelantar nada, es evidente que Darío ha presentado algunas situaciones de salud. Veremos más adelante cómo se desarrollan y cómo le afectan emocionalmente, pero prefiero no adelantar nada.
Con Darío me propuse especialmente que se mantuviera el suspenso sobre qué le va a pasar, qué está ocurriendo y a dónde llegará. Hasta ahora, según la recepción del público, este misterio ha sido uno de los aspectos más destacados del personaje, y por suerte creo que se logró transmitirlo.
Por eso no adelanto nada: espero que todos los espectadores estén frente al televisor atentos, esperando a descubrir lo que sucederá con Darío y con los demás personajes.
¿Cómo abordaste la carga emocional del personaje en la actuación para que se percibiera natural y creíble?
La razón de ser de Darío como personaje, y las circunstancias en las que se desenvuelve, se comprende a través de sus relaciones con Nadia y María Fernanda. Darío está enamorado de Nadia, una mujer luchadora que no se rinde, y en muchos aspectos ella actúa como un espejo para él. Por eso tiene la capacidad de amarla, pero no de apresarla. Cuando hablamos de “no apresar”, nos referimos a no intentar controlar o poseer a la pareja, como suele ocurrir en las relaciones convencionales. Darío tiene una filosofía de vida distinta, quizás también marcada por las circunstancias que ha vivido y que iremos conociendo a lo largo de la trama.
María Fernanda, por su parte, es la hija de Nadia y la admira, pero aún no logra diferenciar su cariño hacia su madre de los sentimientos hacia Darío. Darío no es impulsivo ni tiene un carácter rígido; sus decisiones son cuidadosas. Por eso, aunque pueda parecer que actúa de manera distante con María Fernanda, nunca busca dañarla. Alejarla o maltratarla significaría herir también a su madre y afectar la relación que él respeta profundamente. Muchos espectadores comprenderán estas formas a medida que avance la trama, y cómo la actuación de Darío se percibe natural dentro de estas circunstancias.
Para lograr esta naturalidad en la interpretación, es fundamental trabajar en conjunto con los otros actores. No se trata de largas horas de ensayo, sino de asumir el trabajo del otro como propio, de recibir y responder genuinamente a lo que el compañero aporta, de manera que la interacción fluya de forma real, vívida y espontánea. Todo esto permite que la historia se perciba auténtica, no como un acto narrativo forzado, sino como un hecho genuino y fortuito dentro de la trama.
El carácter noble de Darío a veces parece ingenuo. ¿Cómo logras equilibrar esa mezcla de bondad y vulnerabilidad en la interpretación?
Mi primer acercamiento a un personaje —según cómo yo trabajo— es tratar de ver en qué se parece a mí. No se trata de “hacer de otra persona” ni de “encarnar” a alguien más. A menudo se habla de esto de manera metafórica, pero la encarnación verdadera es algo más espiritual y profundo, y desde ese lugar resulta muy difícil “plantar” un personaje como si fuera otra persona. Para mí, esas formas de construir personajes son complicadas, porque, justamente, los castings existen para evaluar qué tanto uno puede potenciar una actitud específica del personaje.
Si buscan un personaje determinado, no importa la calidad actoral que tengas; si no encajas en ese perfil, tu calidad no se pone en juego. Lo que se pone a prueba es tu capacidad natural para asumir la actitud que se pide. Hay quienes pueden hacerlo mejor que otros, porque ya tienen ciertas afinidades con el personaje o porque poseen esas zonas de su ser que permiten ajustarse más fácilmente.
Si a eso llamamos “encarnar y vivir en la piel de otros personajes”, entonces sí estoy de acuerdo. Pero yo primero busco en qué zonas del personaje hay afinidad conmigo, cuáles no, qué puedo despertar desde mí mismo y qué puedo incorporar del exterior de manera que me quede natural. Siempre digo que el trabajo de un próximo personaje empieza con el último: no repetir lo anterior es una obsesión que me sembró mi maestro y amigo, el director Osvaldo Doimeadiós.
Desde ese lugar, intento que ningún trabajo se parezca al anterior, evaluando qué actitudes potenciar y cuáles regular para que no se crucen con trabajos previos. Me gusta hacerlo con los pies en la tierra, con sutileza, para que no se vean las costuras del personaje, y que todo quede limpio, fino y natural, listo para rodar en un escenario o frente a la cámara.
Viniendo del teatro, ¿qué recursos o técnicas adquiridas sobre las tablas te han ayudado más en la actuación frente a cámara?
El teatro, la televisión y el cine —la cámara y el escenario, más en general— son medios totalmente diferentes, como ya mencionaba antes. Son géneros distintos, pero actuar debe ser algo real, sincero, noble y honesto. Cuando se actúa desde ese lugar, lo que importa es lo que se siente y lo que se recibe del otro actor, del entorno y de las circunstancias del personaje.
Creo que esas son las técnicas fundamentales de las que podríamos hablar: técnicas basadas en la fe y en el sentido de la verdad, y, por supuesto, en la nobleza, la integridad y la generosidad hacia el otro actor. Estas cualidades son esenciales para cualquier trabajo y estética, ya sea en teatro, cine o televisión.
Por supuesto, con el tiempo se aprenden otros detalles: cómo parpadear menos, cómo neutralizar el rostro en determinadas escenas o cómo “actuar más pequeño” para cine y televisión, donde los códigos son distintos. Pero desde la verdad y la generosidad, creo que ese es el punto en común que permite navegar y permanecer en los tres medios.


La televisión y el teatro son mundos distintos. ¿Cómo ha cambiado tu forma de ver la actuación desde que debutaste en Ojo de Agua?
Mi forma de ver la actuación varía y evoluciona constantemente, independientemente del papel que se esté interpretando. En el caso de Darío, por ejemplo, siempre reviso los capítulos de la novela y las escenas varias veces, tres o cuatro, para estudiarlas: analizar qué hice, qué gestos funcionan, qué podría sustituir o mejorar. No lo hago para ese trabajo en particular, sino para los próximos, porque ya ha pasado más de un año desde que terminó Ojo de Agua.
Durante este tiempo he trabajado en muchos otros proyectos y, naturalmente, uno va evolucionando y aprendiendo cosas nuevas. Nunca es tarde ni demasiado avanzado para seguir experimentando y perfeccionando la actuación. Lo importante es ampliar el rango de lo que uno ya ha hecho y aprender a navegar dentro de ese material.
Revisar lo que se hizo antes es la única manera de proyectarse y prepararse para los próximos proyectos, de anticipar cómo resolver situaciones, gestos y emociones de manera más consciente y efectiva. Ese aprendizaje constante es lo que permite crecer y mantener la actuación viva y en desarrollo.
Carlos Migueles sigue proyectando su energía y pasión más allá de Darío. Actualmente se encuentra montando un espectáculo en Argos Teatro, una comedia de Eme Fonseca que se estrenará en abril, y también tiene sobre la mesa proyectos teatrales con El Público, Ludi Teatro y con el propio Alberto Luberta para televisión.
Recientemente debutó en La risa por delante, un espacio para humoristas y actores en Nave Oficio de Isla, donde exploró el stand-up comedy. “Fue una experiencia que me desbloqueó otra faceta de mi quehacer actoral, con una adrenalina totalmente diferente a la de asumir un personaje”, confiesa. Este nuevo camino creativo se ha convertido en un espacio que quiere seguir explorando siempre que surjan oportunidades.
Más allá de los proyectos concretos, Migueles asegura que la motivación y el trabajo no faltan. Con la firme intención de seguir en teatro, televisión y, por qué no, en cine, mantiene viva la pasión por actuar. Para él, cada nuevo reto es una oportunidad para crecer, aprender y conectar con el público desde distintas formas de expresión artística.




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