Por: Félix A. Correa Álvarez
Fotos: Pablo Silva, director de fotografía del cortometraje
La talentosa actriz Edenis Sánchez da vida a Ana Isabel en Vientos de cambio, el cortometraje del realizador cubano Yoendris Solis que aborda, con humanidad y profundidad, los cruces entre memoria, identidad y cambio en el Chile contemporáneo.
El viento que nos lleva es un largometraje coral compuesto por cinco historias que dialogan entre sí, explorando el conflicto entre tradición y modernidad en distintos territorios de Chile. Dentro de este universo colectivo, Vientos de cambio se distingue por su enfoque íntimo y sensible, que aborda la llegada de lo nuevo sin renunciar a lo antiguo, mostrando cómo las transformaciones silenciosas pueden dejar una huella profunda en la vida cotidiana.
La historia sigue a Ana Isabel, interpretada por la destacada actriz cubana Edenis Sánchez, cuya presencia aporta talento, rigor y una mirada cargada de experiencia vital que refuerza el tema central del cortometraje: la convivencia entre identidad y cambio. Junto a ella, los actores chilenos Héctor «Tito» López y Tomás López encarnan otros personajes principales, mientras que personas comunes, con oficios cotidianos, se integran al relato, dando vida a roles que reflejan la diversidad y la autenticidad de la comunidad retratada.
Desde sus primeros pasos, el proyecto buscó reflejar la riqueza de los encuentros culturales y los desafíos del arraigo. Yoendris Solis, guionista y director del cortometraje, explicó en exclusiva con Cubaactotes que Vientos de cambio nació de la observación de transformaciones silenciosas en la comunidad donde vive en Chile, momentos cotidianos que revelan cómo la migración ha dejado de ser excepción y se ha integrado a la vida social.

Yoendris Solis, guionista y director del cortometraje Vientos de cambio
Con Ana Isabel como puente entre culturas, el cortometraje propone un diálogo íntimo entre generaciones, tradiciones y formas de habitar el espacio, mostrando que aceptar lo nuevo no significa perder la identidad, sino permitir que esta se enriquezca.
—El viento que nos lleva es un largometraje compuesto por cinco miradas distintas. ¿Cómo se inserta Vientos de cambio dentro de ese universo colectivo y qué aporta desde su identidad propia?
—Desde el inicio supe que Vientos de cambio formaría parte de una obra colectiva. La convocatoria del Instituto de Altos Estudios Audiovisuales de la Universidad de O’Higgins ya planteaba con claridad que serían cinco relatos dialogando en torno a un mismo eje: el conflicto entre la tradición rural y la modernidad. Por eso nunca sentí que tuviera que contenerme o limitar mi mirada; al contrario, experimenté una gran libertad, porque sabía que cada colega abordaría ese conflicto desde su propia sensibilidad.
«La región donde vivo hoy, en Chile, está profundamente arraigada a sus tradiciones, a la tierra, a la memoria familiar y al trabajo cotidiano. Eso siempre me ha resultado muy potente, porque ahí se revela una identidad que no se negocia fácilmente. Pero, al mismo tiempo, Chile —como muchos otros países— ha vivido una ola migratoria que ha traído nuevas culturas, otras formas de habitar los espacios, otros silencios y otros lenguajes. Muchas veces ese encuentro no es fácil, ni para quien llega ni para quien recibe.
«Ahí es donde se sitúa Vientos de cambio. No desde el conflicto explícito, sino desde esos momentos íntimos en los que una persona arraigada a la tradición comienza a comprender que preservar las costumbres no significa cerrarse, que lo nuevo no viene a borrar lo anterior, sino a transformarlo. Para mí, aceptar el cambio no es renunciar a la identidad, sino permitir que esta se enriquezca.
«Si tuviera que definir el cortometraje en una sola palabra emocional, sería transformador. Porque habla de cambios silenciosos, de esos que no hacen ruido, pero dejan huella».
—¿Cuál fue la idea germinal que dio origen a Vientos de cambio? ¿En qué momento sentiste que esa historia debía ser contada?

—Al comenzar a trabajar en la convocatoria, barajé varias historias posibles. Muchas de ellas se vinculaban con transformaciones visibles: cambios en los procesos productivos, en los oficios, en la relación entre lo rural y lo moderno. Todo eso dialogaba muy bien con el eje del largometraje, pero sentía que me estaba quedando en una capa demasiado externa.
«El verdadero chispazo llegó un día cualquiera, sentado en la plaza de la comuna donde vivo. Me di cuenta de que el lugar había cambiado: sí, estaba más bonito, más ordenado, más moderno… pero el cambio que realmente me golpeó no era material, era otro.
«Hace diez años, sentarme allí como migrante implicaba miradas, preguntas, curiosidad constante por mi acento, por mi país, por «lo distinto». Hoy eso ya no ocurre. No porque yo haya cambiado, sino porque Chile cambió; porque la migración dejó de ser una rareza y pasó a formar parte de la vida cotidiana. Mis amistades chilenas hablan ahora de otros países con naturalidad, forman familias mixtas, comparten costumbres, sabores y relatos.
«Ahí entendí que existen transformaciones que no hacen ruido, pero son profundamente significativas. Cambios que no se imponen, sino que se integran. Vientos de cambio nace de esa observación silenciosa: de comprender que la identidad no se pierde cuando se abre, sino que se enriquece».
—El conflicto entre tradición y transformación social atraviesa todo el proyecto. ¿Cómo se expresa esa tensión específicamente en Vientos de cambio?
—En Vientos de cambio, la tradición está encarnada en lo cotidiano: en Juan, en su almacén de barrio, en rutinas que se repiten desde hace años sin cuestionamientos. Juan es un hombre que ha construido su mundo a partir de ese espacio. Es viudo, vive con su hijo, y el almacén no es solo su sustento: es también su identidad. Defiende su manera de hacer las cosas con carácter, incluso con rigidez, porque es lo único que siente verdaderamente propio.
«El cambio entra de un modo muy distinto. No llega como conflicto abierto ni como confrontación directa. Llega con Ana Isabel, pero sobre todo a través de sus gestos: acciones mínimas como limpiar un estante, lavar una taza, ordenar el espacio, colocar una planta o compartir un plato de sopa. Nada de eso pretende reemplazar lo existente, sino aliviarlo, volverlo más habitable.
«Por eso, en la historia, el cambio no es ruidoso, sino silencioso, casi imperceptible. No hay grandes discursos ni transformaciones abruptas. Hay miradas que se suavizan, desconfianzas que se aflojan y rutinas que se vuelven un poco menos pesadas. Ana Isabel no llega para alterar la tradición, sino para demostrar que puede convivir con ella sin anularla».
—¿Qué querías que el espectador sintiera o reflexionara al terminar de ver Vientos de cambio?
—Si alguien sale del corto pensando de un modo un poco distinto sobre las personas migrantes, para mí ya valió la pena.
«No me interesa que se perciba como «otra historia de migración». Me interesa que funcione como una pausa, como una pequeña catarsis. Que permita comprender que quienes migran no son cifras ni problemas, sino personas con sueños, talentos, heridas y afectos; personas que no llegan a quitar, sino, muchas veces, a aportar, incluso sin proponérselo.
«Si, después de ver Vientos de cambio, alguien mira al otro con un poco más de empatía y menos prejuicios, entendiendo que el encuentro entre culturas no es una amenaza, sino una oportunidad para crecer sin renunciar a lo que somos, entonces el cine habrá cumplido su función».
—¿Qué retos creativos encontraste al trabajar dentro de una obra coral como El viento que nos lleva, donde cada pieza debía conservar su autonomía y, a la vez, dialogar con un todo?
—Creo que hubo un factor muy importante que facilitó ese proceso: el conocimiento previo entre los realizadores. Nos conocemos, conocemos nuestras obras, nuestras obsesiones y nuestras maneras de mirar. Algunos, como Patricia Morales y yo, formamos parte de la primera generación del diplomado y el magíster del IEA–UOH; otros pertenecen a generaciones posteriores, pero con trayectorias igualmente sólidas. Eso genera confianza.
«Además, durante el desarrollo del proyecto hubo encuentros constantes, asesorías y conversaciones abiertas, tanto entre nosotros como con la universidad. No era un trabajo aislado; al contrario, fue un proceso profundamente colaborativo, en el que incluso nos dábamos pequeños consejos y detectábamos posibles puntos de contacto entre las historias, sin que eso implicara uniformarlas. Cada corto es un universo propio.
«Siempre recuerdo una idea de Raúl Ruiz, cuando hablaba del cine como un espacio donde conviven múltiples niveles temporales y narrativos, estén o no directamente relacionados. Desde esa mirada, nunca sentí que tuviera que soltar mi voz ni simplificarla. Más bien, sentí que podía contar la historia con honestidad y sin miedo, entendiendo que lo particular también puede dialogar con lo universal.
«Compartir un eje temático no me generó tensión. Sabía que cada relato lo abordaría desde lugares muy distintos. De hecho, durante el proceso surgieron otras historias posibles en torno a este mismo tema, que aún esperan su momento. Pero Vientos de cambio se impuso porque es una historia más íntima, más contenida, y sentí que ese tono era necesario dentro del conjunto».
—¿Cuánto de tu propia experiencia personal o de tu entorno social está presente en Vientos de cambio?
—Empezar de cero en otro país nunca es fácil. Yo, como muchos migrantes, viví ese choque entre lo que significa llegar como visitante y lo que implica quedarse, intentar echar raíces y asumir que dejas atrás familia, amistades, una trayectoria profesional y una historia de vida completa.
«En ese sentido, hay mucho de mis vivencias en Ana Isabel. Reconozco emociones, silencios, cansancios y estrategias de supervivencia. Reconozco también esa sensación de tener que «guardar» partes de uno mismo para poder avanzar. Pero, al mismo tiempo, Ana Isabel no soy yo. No quise que fuera un retrato autobiográfico, sino una síntesis de muchas historias que he conocido a lo largo de estos años.
«Ella representa a miles de personas que han tomado decisiones difíciles, que cargan sueños, duelos y esperanzas al mismo tiempo. Hoy, al mirar en perspectiva mis diez años en Chile, siento que este cortometraje recoge emociones que todavía habitan en mí: la resistencia, la dignidad silenciosa y la necesidad de seguir adelante sin perder quién eres. Esa emoción es cien por ciento mía».
—¿Cómo llegaste a Edenis Sánchez para el rol protagónico?

—Edenis es maravillosa, una actriz enorme, y eso se percibe incluso antes de verla actuar en persona. Para quienes venimos de Cuba, su rostro y su trabajo forman parte de una memoria colectiva: personajes muy icónicos que marcaron a varias generaciones, tanto en televisión como en cine. Yo trabajé muchos años en la TV cubana, aunque más a nivel regional que nacional, y por esas vueltas de la vida nunca coincidimos directamente, pero sí compartíamos amistades y referencias comunes. Una de ellas es Maikel Amelia, gran amiga y actriz excepcional. Al verlas trabajar juntas, ya tenía muy claro el nivel de entrega, rigor y verdad que Edenis podía aportar.
«El encuentro con ella fue casi azaroso, pero muy revelador. Yo debía asistir a dos eventos de cine que coincidían en fechas: uno en Santiago y otro en Concepción. Finalmente opté por viajar al sur, porque allí presentaba otro proyecto en un laboratorio. Días después, revisando imágenes del festival de Santiago al que no pude asistir, descubrí que Edenis había estado allí. Eso me llevó a averiguar en qué estaba y fue una sorpresa enorme saber que se había radicado en Chile.
«A partir de ese momento algo se activó. Empecé a escribir el guion de Vientos de cambio pensando en ella, sin haber hablado aún, pero con una convicción muy clara. Hice casting para otros personajes, pero no para Ana Isabel. Ese personaje nació con el rostro, la energía y el silencio de Edenis desde la primera versión del texto. Cuando terminé el guion, la contacté y le conté del proyecto y del largometraje colectivo del que formaría parte. Bastaron pocas palabras para que se enamorara del personaje.
«Edenis no solo interpretó a Ana Isabel: la enriqueció profundamente. Hay capas emocionales que no estaban explícitas en el guion y que aparecieron desde su experiencia vital y actoral. Ella, como Ana Isabel, conoce el desarraigo, la dureza de empezar de nuevo y la necesidad de sostener la dignidad incluso en los momentos más difíciles. Hay una escena muy puntual en la que aflora esa cubanía que lleva dentro: una fuerza femenina, aguerrida y empoderada, que no se deja quebrar. Esa escena no habría sido igual con otra actriz.
«Existe, además, una anécdota que siempre me ha parecido hermosa. Semanas antes de que yo la llamara, una amiga suya le comentó —casi como una premonición— que sentía que pronto la convocarían para un papel en una película en Chile. Poco después terminé la primera versión del guion y la contacté. Creo que hubo algo de destino en ese cruce, una conexión que hizo que Ana Isabel y Edenis se encontraran en el momento justo».
—¿Dirías que el personaje de Ana Isabel es también una metáfora de esos «vientos de cambio» que atraviesan la película?
—Ana Isabel no es un personaje que llega para quedarse, y eso es fundamental para mí. Ella está de paso, como muchas personas migrantes. Pero ese tránsito no es vacío; al contrario, es profundamente transformador.
«Ella cambia el lugar, sí, pero el lugar también la cambia a ella. Ana es una profesional de la salud en Cuba —doctora— que llega con su propia historia, con una dureza aprendida y con la necesidad de resistir. En el camino empieza a comprender algo muy propio de la cultura chilena: ese apego profundo a las costumbres, esa necesidad de defender lo que se siente amenazado. Esa comprensión la vuelve más empática, pero también más fuerte, porque sabe que lo que viene será difícil y que su camino aún no termina.
«El cambio que ella representa no siempre se ve; a veces solo se siente. Se percibe en el ambiente, en los silencios compartidos, en la manera en que Juan la observa sin decir nada, en cómo el barrio deja de mirarla como una extraña. Como el viento, Ana Isabel no impone su presencia, pero deja huella. Cuando se va, nada parece haber cambiado de forma radical… y, sin embargo, todo es distinto».
—¿Qué ha significado para ti, como realizador, formar parte de una obra colectiva como El viento que nos lleva?
—Ha sido un proceso profundamente acompañado. Desde que nuestros proyectos fueron seleccionados —El mejor regalo, de Argenis Herrera; El legado de la vid, de Patricia Morales; Hasta pronto, de Eduardo Sandoval; Una amistad de maravilla, de Trinidad Ossa; y, por supuesto, nuestra obra Vientos de cambio— nunca sentimos que estuviéramos solos. Hubo asesorías de realizadores con amplia experiencia en la industria cinematográfica chilena, diálogo constante y una mirada atenta del Instituto de Altos Estudios Audiovisuales de la Universidad de O’Higgins, que articuló todo el proceso.
«Cada director imprimió su huella personal, pero siempre dentro de un marco de respeto y colaboración. Eso permitió que el largometraje funcionara como un tejido de miradas distintas y no como un conjunto de piezas sueltas.
«En lo personal, este proyecto me conectó con Chile desde un lugar más humano y cotidiano: desde la comunidad, desde las pequeñas acciones del día a día, desde los silencios. En tiempos tan convulsos, volver a lo esencial —a las personas y a sus gestos mínimos— resulta casi un acto de resistencia.
«También me recordó algo muy presente en mi experiencia en Cuba: el valor del trabajo colectivo, de la comunidad como espacio creativo. Ese espíritu está muy vivo en El viento que nos lleva y, para mí, ha sido un privilegio formar parte de él».
—¿Cómo evalúas el rol del IEA–UOH en la creación de espacios para contar historias regionales con proyección internacional?
—Siempre digo que mi vínculo con este proyecto y con el IEA–UOH comenzó incluso antes de imaginar Vientos de cambio. Apenas semanas después de llegar a Chile, en 2015, asistí al Festival Internacional de Cine de Rengo y allí tuve la oportunidad —y el honor— de conocer a Miguel Littin Cucumides, uno de los grandes directores del cine chileno y latinoamericano. En una conversación muy generosa me habló de un proyecto que recién daba sus primeros pasos y que tenía un objetivo muy claro: hacer cine desde las regiones, contar historias ancladas en sus territorios, pero con la capacidad de dialogar con el mundo desde lo humano y lo universal.
«Desde ese momento inicié un camino muy significativo junto al Instituto de Altos Estudios Audiovisuales (IEA) de la Universidad de O’Higgins (UOH), incluso cuando la casa central aún estaba en construcción. Lo que este proyecto —y muchos otros— ha permitido es algo que probablemente no habría ocurrido de otro modo: la posibilidad real de desarrollar cine con acompañamiento, reflexión y profundidad fuera del eje centralista de Santiago. No solo producir, sino pensar el cine, discutirlo, equivocarse y crecer desde el territorio.
«El apoyo del IEA–UOH ha sido constante y muy concreto. Las asesorías de su claustro académico, integrado por profesionales activos de la industria cinematográfica chilena, nos permitieron mantenernos conectados con las exigencias actuales del cine, tanto a nivel nacional como internacional. Eso enriquece enormemente la manera en que uno enfrenta los procesos creativos y productivos desde regiones, sin la sensación de estar trabajando desde una periferia creativa.
«Además, hay algo que valoro profundamente: el rescate patrimonial y humano que se impulsa a través de las historias. El cine llega a los barrios, a los espacios cotidianos donde ocurren relatos que muchas veces pasan desapercibidos, pero que contienen una enorme potencia emocional. En Vientos de cambio decidimos que el elenco combinara actores y actrices de amplia trayectoria con personas del propio territorio: una secretaria que realmente es secretaria, vecinos que nunca imaginaron verse participando en una película, estudiantes que dan sus primeros pasos. Esa mezcla no es solo estética; es una declaración de principios. El cine puede habitar todos los espacios de la vida.
«Por supuesto, este proyecto no habría sido posible sin el apoyo de la Municipalidad de Rengo, que creyó en la propuesta desde el primer momento. El respaldo del alcalde Enrique del Barrio, del Ilustre Concejo Municipal y, muy especialmente, del concejal José Díaz, fue clave para que el proyecto pudiera desarrollarse en el territorio con confianza y colaboración.
«También quiero destacar el apoyo de empresas e instituciones que se fueron sumando con enorme generosidad, como Sembrasol, Grass Valley y Magic Multi Media GmbH, a través de su CEO Michael Lehmann-Horn, quien ha respaldado de manera constante los proyectos de nuestra casa productora SOL Production Audiovisuales. Y, por supuesto, a la Junta de Vecinos Villa Deseada, cuyo acompañamiento —junto al de sus vecinos— fue fundamental para el rodaje.
«Iniciativas como esta legitiman miradas como la mía: una mirada migrante, sensible y comprometida con lo social, que entiende el cine como un espacio de encuentro. Contar historias desde las regiones no es una limitación, sino una enorme fortaleza. Cuando las historias nacen de lo real, de lo vivido y de la comunidad, tienen la capacidad de viajar muy lejos».
Si bien Vientos de cambio se encuentra actualmente en fase de postproducción, Yoendris Solis adelanta que desde SOL Production Audiovisuales ya están trabajando activamente en nuevos proyectos: «En el corto plazo, desarrollamos nuevas ideas de cortometraje y, en paralelo, avanzamos en la escritura y desarrollo de dos proyectos de largometraje que comenzaremos a mover durante este año en distintos laboratorios y espacios de coproducción, para los cuales ya estamos preparando nuestras postulaciones».
Para Solis, cada obra lleva consigo un vínculo con su país natal: «En cada obra que realizo procuro que exista, aunque sea de manera sutil, un vínculo con mi país natal, Cuba, que llevo conmigo y que inevitablemente atraviesa mi mirada y mi forma de contar historias». Ese cruce entre culturas, experiencias y territorios también define el espíritu de SOL Production Audiovisuales, una casa productora que se sostiene en un equipo humano «profundamente comprometido, profesional y sensible», con el que han desarrollado diversas obras reconocidas en festivales tanto en Chile como en otros países.
«Ese recorrido colectivo es el que nos impulsa a seguir creando producciones audiovisuales que inspiren, conecten y trasciendan, siempre desde historias significativas y cercanas a las personas», concluye Solis, y subraya su apuesta por un cine que dialogue con la vida cotidiana y con la memoria de quienes lo viven y lo miran.




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