Por: Félix A. Correa Álvarez
Fotos: Cortesía del entrevistado
En Ojo de Agua, Rubén no es un personaje complaciente. Provoca, incomoda y conmueve, porque encarna las fracturas de una masculinidad formada entre mandatos heredados, silencios emocionales y contradicciones profundas. Su recorrido, marcado por la vida rural, los conflictos familiares y una educación patriarcal arraigada, expone tensiones que siguen atravesando a muchos hombres hoy, dentro y fuera de la ficción.
Detrás de esa complejidad está el trabajo actoral de Alberto Corona, quien asume a Rubén desde la comprensión profunda de sus motivaciones y sombras. En ese vaivén de afectos se revela la fuerza del drama: un ser imperfecto que todavía no ha mostrado todas sus contradicciones y cuyo camino, como la vida misma, permanece abierto.
Rubén es un personaje complejo y con grietas emocionales. ¿Cómo logras habitar sus contradicciones y darle coherencia dramática frente a un público que lo juzga y lo comprende al mismo tiempo?
La maravilla de darle vida a otros seres humanos es entender sus razones y comprenderlos. En el caso de Rubén, tuve que construir una infancia, una adolescencia y una adultez coherentes con el ser que es, en el contexto histórico en el que se desarrolla.
A partir de ahí comencé a acercarme a un carácter particular, genuino y original. Entender sus razones y actitudes ante situaciones determinadas me hizo descubrir un ser hermoso, lleno de valores y sentimientos que atravesarán todo su viaje en estos 80 capítulos.
Siento un orgullo tremendo cuando el público, por momentos, se molesta con él; en otros, lo adora; y en otros no está del todo conforme, porque eso me da la medida de que le di vida a un ser humano real, con sus luces y sus sombras.
Y todavía no muestra sus grandes contradicciones: el público tendrá muchísimo más de Rubén.
Tu interpretación de Rubén muestra a un hombre marcado por la cultura patriarcal, pero también capaz de aprendizaje y transformación. ¿Qué aspectos de su personalidad te resultaron más desafiantes de encarnar?
Me resultó muy difícil entender reacciones que yo, como hombre, ni por equivocación tendría. Precisamente eso hizo que tuviera que ir más profundo en el análisis.
Ahí me di cuenta de que sus mayores conflictos eran provocados por una crianza intrínsecamente machista, enquistada en su forma de ser, al punto de convertirse en algo natural.
Él lo entiende como lo correcto, como lo que debe hacer un hombre de los pies a la cabeza. En mi estudio eso me chocaba mucho porque, a pesar de trabajar estos temas como una constante en mi teatro, me resultó complicado entenderlo y ejecutarlo desde el ser que es Rubén.


Alberto Corona: “Rubén todavía no muestra sus grandes contradicciones”.
Al construir a Rubén, ¿qué descubriste sobre la vida rural que más te sorprendió o cambió tu percepción de Rubén?
A mí siempre me ha gustado la vida rural. De hecho, me gustaría pasar mi vejez cerca de un bosque, pegado a la tierra, donde pueda sembrar y cuidar la naturaleza.
También quisiera enseñarle a mis nietos el valor indescriptible de lo majestuoso de nuestro planeta.
Ahora bien, depender de la tierra y los graves problemas que enfrentan los campesinos cubanos hoy en día —como el robo de lo que con tanto esfuerzo han logrado producir— me dio la medida de que estas personas viven en un estrés constante.
Los grandes obstáculos, como la importación de semillas o el problema del agua, aceleran el deterioro físico. Son muchos factores que dificultan la vida en el campo.
Sin embargo, la fuerza para seguir adelante no está solo en recoger lo sembrado o en las ganancias materiales, sino en formar parte del crecimiento fundamental de una región, una provincia, un país donde cada vez se lo ponen más difícil.



Alberto Corona: “Siempre entrelazo mi biografía con la de los personajes”.
¿Cómo viviste el proceso de transformación física y emocional?
El proceso de transformación fue algo atípico y distinto. Cada personaje te habla y te guía. Yo amo y disfruto mucho mi trabajo, y con Rubén no fue la excepción. Tuve que subir cuatro kilos, ya que Rubén tiene algunos años más que yo.
Tampoco quería ser el típico protagonista estilizado, con los cuadritos marcados en el abdomen. Me interesaba más el guajiro de hoy, lo más real posible, sin construir un arquetipo.
Desde el punto de vista interno fue el mayor trabajo. Vivir con una mujer que no ama, despedirse de un hijo al que no sabe cuándo volverá a ver, amar a una mujer que viene a revolucionar toda su existencia y otros conflictos que ahora no puedo adelantar fueron la tarea más fuerte.
Esperemos que Rubén llegue a aprender y no diga más nunca: “los hombres también lloran”.
Un rumor está en el aire: se dice que originalmente habrías sido considerado para interpretar a Ignacio en Regreso al corazón, pero rechazaste el proyecto para hacer a Rubén. ¿Qué hay de cierto en esa historia y cómo tomaste esa decisión?
No rechacé a Ignacio para interpretar a Rubén. Cuando Loisys Inclán me llama y me ofrece ese personaje, coincidía con una gira teatral por Polonia, España y México. Por esa razón no lo interpreté, a pesar de ser un personaje maravilloso. A veces tenemos que escoger.
Rubén llegó después de la gira y me dio tiempo a regresar para darle vida. La historia es más larga, pero la resumo así: yo le pedí a Albertico Luberta interpretar a Rubén porque conocía del personaje por Lil Romero. Estaba Tan lejos y tan cerca al aire cuando Lil publicó en Facebook un texto de Rubén.
Has trabajado bajo la dirección de Alberto Luberta Martínez varias veces. ¿Qué elementos de su dirección te ayudan a profundizar en tus personajes y a encontrar tu propia libertad actoral?
Luberta, para mí, es ese director que, cuando estás más tenso y piensas que se acaba el mundo —sí, porque los actores somos muy dramáticos (se ríe)—, te hace uno de sus chistes. Una “lubertada”, como decimos. Lo miras a los ojos y te das cuenta de que todo está bajo control. En ese momento entiendes que eres capaz de comerte el mundo y es ahí cuando se hace la magia y comienzas, en un instante, a hacer arte.
Pudiera decir muchas cosas de lo maravilloso que es “pinchar” con él, pero creo que este ejemplo lo grafica.
¿Cuánto hay de Alberto Corona en Rubén y cuánto de Rubén en ti? ¿Algún rasgo personal que haya facilitado la conexión con el personaje?
Siempre entrelazo mi biografía con la de mis personajes. Con Rubén, quizás te parezca una contradicción por lo antes contado, pero tenemos muchísimos puntos en común.
Hablemos primero de sus defectos. Rubén es impulsivo, no piensa mucho sus respuestas ni sus reacciones. A veces puede ser inmaduro, lo que lo lleva a una crueldad abrumadora y egoísta, creyendo que actúa por un bien mayor. Así soy yo, aunque en un grado menos visible.
Te lo digo con la misma sinceridad con la que se lo dije a Rubén. Sí, porque Alberto hablaba mucho con Rubén y Rubén con Alberto. Por eso dicen que los actores terminamos un poco locos (se ríe).
Pero Rubén tiene un lado maravilloso que lo salva. Es tierno, cariñoso, ingenuo y sincero. Es como un niño, con una pureza en el alma tremenda que lo lleva a cometer errores.
En fin, él es Aries, como yo.
El personaje de Rubén enfrenta conflictos familiares y sociales muy contemporáneos. ¿Qué mensaje esperas que la audiencia extraiga sobre la masculinidad, el machismo y la transformación personal?
Excelente pregunta. Ojalá el público logre ver la razón de la existencia de Rubén, o al menos el mensaje que quiere transmitir Alberto Corona a través de él.
Vivimos en el siglo XXI y los patrones de hombría se han transformado sustancialmente, llevándonos a una mayor felicidad.
Ese hombre machista, que no se permite manifestar sus sentimientos y vive bajo patrones patriarcales rígidos, es un hombre que se enferma, que no cambia y que tiene mayores posibilidades de ser infeliz. Cuando logra romper con esas ataduras, tabúes y prejuicios impuestos por una crianza patriarcal hegemónica, comienza a experimentar una vida más plena, más verdadera y más placentera.
Te lo digo yo, que tuve esa crianza y he logrado cambiar esas pautas que hoy considero absurdas, estúpidas y sin ningún valor ético ni moral. Así de crudo lo pienso.
Al final, el súper objetivo del paso por esta vida es transformar, cambiar y aprender con conciencia. Si no, ¿para qué estamos aquí?
A pesar de la experiencia acumulada, mencionaste que siempre queda el deseo de mejorar algunas escenas. ¿Cómo lidias con esas “frustraciones” ahora desde la posición de un espectador?
Eso creo que nos pasa a todos los actores. Recuerdo que, grabando Latidos compartidos, mi primer trabajo grande en la televisión cubana, Jorge Martínez me dijo: “No todas las escenas te van a quedar bien, eso es imposible”. Ahí aprendí que lo verdaderamente importante es disfrutar cada escena desde la verdad.
Mi arte, como todos, es subjetivo. Lo que para uno es excelente, para otros es malísimo. Yo no me pierdo un capítulo de la novela. La disfruto y, sobre todo, aprendo.
Lo tomo como una clase de actuación donde Lili (Liliana Lam, su esposa) y yo debatimos, corregimos, tomamos notas, nos felicitamos, nos molestamos, pero, sobre todo, aprendemos.
¿Cómo equilibras los matices del personaje para que el público perciba su complejidad sin caer en estereotipos?
Eso no se puede equilibrar. Bueno, al menos yo no puedo. Yo vivo, habito, escucho a mi partner, soy sincero y me implico en lo que está pasando. Creo que esa es la única manera de disfrutar la interpretación. Lo demás es forma.
Reflexionando sobre tu carrera en telenovelas, ¿qué importancia tiene Ojo de Agua en tu trayectoria y qué aprendizajes te deja para futuros roles?
Todos los procesos de creación —ya sea en el teatro, la radio, la televisión o el cine— dejan enseñanzas, anécdotas, personas, ideas y experiencias.
Ojo de Agua, en particular, me deja el valor de un equipo que, pese a lo complejo que es hacer televisión en estos tiempos, logra, con una resiliencia impactante, un producto audiovisual.
Has tenido una carrera muy sólida en el teatro además de la televisión. ¿Qué diferencias encuentras al interpretar personajes en la escena versus en la pantalla y cómo te nutres de ambas experiencias?
El teatro, para mí, es la manifestación más sublime del arte. Es la escuela que me enseñó y me enseña a vivir otras vidas en una. Desde ahí viajo a otros medios con la máxima y la disciplina de ser sincero.
Cada medio tiene sus leyes, pero en esencia se trata de habitar un ser con sinceridad y nobleza, una vida que merece todo tu respeto y atención.
Sé que me preguntas por las diferencias, pero creo que aquí está lo esencial de mi arte en cualquier medio.

Alberto Corona: “El teatro, para mí, es la manifestación más sublime del arte”.
Más allá de Ojo de Agua, ¿qué proyectos teatrales o audiovisuales tienes en puerta y qué desafíos te entusiasman más en esta nueva etapa de tu carrera?
Ahora me encuentro en España, esta tierra maravillosa que acoge y aprecia mi teatro. Es la gira más extensa que hemos tenido: estaremos por Andalucía, en cuatro capitales de provincia. Luego iremos a Panamá y regresaremos a Europa, esta vez a Italia.
A mi regreso a nuestra Habana me debe esperar el estreno de una película y el rodaje de otra. Doy gracias siempre.
Rubén avanza sin certezas, con errores, tropiezos y aprendizajes que no siempre llegan a tiempo. En ese andar, Ojo de Agua propone una mirada honesta sobre la posibilidad —y la dificultad— de cambiar, de revisar lo aprendido y de asumir la fragilidad como parte de lo humano. Más que ofrecer respuestas cerradas, el personaje deja preguntas abiertas, esas que incomodan, pero también empujan a pensar, sentir y mirarse por dentro.
Más allá de Rubén, Alberto Corona sigue consolidando una carrera que transita con naturalidad entre teatro, televisión y cine. Su trabajo demuestra un compromiso constante con personajes complejos y con proyectos que lo desafían, dejando ver a un actor en plena expansión creativa, dispuesto a seguir explorando la multiplicidad de la experiencia humana en cada nuevo rol.




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