El oriente de Cuba volvió a amanecer con el ruido de las planchas sueltas, los postes inclinados y el agua que sube sin pedir permiso. Entre la noche del 29 y la madrugada del 30 de octubre de 2025, el huracán Melissa cruzó por las provincias orientales, con rachas que tumbaron tejados, cortaron carreteras y dejaron incomunicadas a varias comunidades. Hubo evacuados y una misma escena repetida en cada barrio: gente clavando madera, amarrando tanques, moviendo colchones a la sala. La vida otra vez en modo emergencia.
La geografía no negocia. Cuba está parada en la ruta de los ciclones desde que hay memoria y registro. Cada temporada trae un examen distinto: vientos, marejadas, lluvias que parecen no acabar. Se cambia la trayectoria, se cambian los nombres, pero el mapa insiste. Melissa no fue la excepción: llegó desde Jamaica convertida en referencia histórica para el Caribe, y aunque cruzó la isla más debilitada que en su golpe previo, bastó para recordar que el oriente siempre paga caro la cercanía al mar y a los corredores de tormentas.
En ese espejo se lee hoy el título de una película, Entre ciclones (2003), que Enrique Colina filmó como comedia urbana sobre sobrevivir en La Habana: gente que resuelve, que se enreda, que busca techo y resguardo en un país que se mueve a empujones. No es una cinta sobre meteorología, pero su nombre —y su mirada— persiste en cada temporada de huracanes: la vida cubana entre ráfagas, remiendos, mudanzas, esperas; una cultura levantada a fuerza de apuntalar paredes y volver a empezar.
En los pueblos del Oriente, la crónica de Melissa se parece a otras crónicas: colas para el agua, techos que vuelan, escuelas que paran, líneas caídas, la vecina que cocina para varios, el padre que no duerme por si sube el río. Los datos son necesarios, pero el tono del día siguiente lo pone siempre el barrio: la mano que presta, el que ofrece un cuarto seco, el que baja el andamio para cubrir la ventana del otro. Esa ética cotidiana sostiene más de lo que parece.
Hay, además, un cansancio que no se dice en voz alta: el de vivir con la maldita circunstancia del agua por todas partes y del viento por encima de todo. Esa condición insular que firma el carácter y la rutina: recoger, proteger, resistir, y después barrer el patio, contar las pérdidas, remendar el techo. Volver a clases cuando se pueda. Hacer cola para el pan. Reinstalar la antena. Llamar a la familia que está lejos para decir: “Estamos bien, se nos fue el techo del cuarto, pero estamos bien”.
Entre ciclones termina como empiezan casi todas las temporadas: con esa mezcla de humor y cansancio. No se trata de épica; es más bien un registro sereno de lo que pasa cuando la isla vuelve a su intemperie habitual. Melissa pasará a la lista de nombres que la gente recordará por fechas y daños. El resto lo hará la memoria doméstica: fotos guardadas en bolsas de nailon, paredes manchadas por el agua, libros que se salvan por centímetros, historias que se cuentan a media voz en la cola del pan.
El oriente cubano sabe de huracanes. Sabe también de recomenzar.




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