En la literatura cubana contemporánea, pocos autores han explorado el erotismo con la crudeza y lucidez de Pedro Juan Gutiérrez. Su prosa, directa y sucia, nació del asfalto de Centro Habana y de los años duros del Periodo Especial, cuando el deseo era también una forma de hambre. En sus novelas, el cuerpo no es refugio ni templo: es territorio de supervivencia. Se ama, se folla, se traiciona y se sobrevive entre ruinas. El sexo no promete redención, pero mantiene vivos a los personajes. Gutiérrez escribe desde esa frontera en la que el placer se confunde con la necesidad y el deseo se vuelve una manera de resistir la miseria.
El autor de Trilogía sucia de La Habana y Animal tropical convirtió el erotismo en una forma de lenguaje. En su mundo, los cuerpos son instrumentos de narración. No hay adornos ni filtros: hay sudor, semen, alcohol, hambre, desesperación. La belleza surge de lo abyecto, de lo que la literatura “respetable” suele esconder. Esa franqueza lo aleja de la pornografía; en sus palabras, el erotismo tiene poesía incluso en la mugre. Es el pulso vital que persiste cuando todo lo demás se desmorona.

Pedro Juan Gutiérrez
La novela El rey de La Habana es quizá su retrato más brutal de ese universo. Narra la historia de Reynaldo, un joven escapado de un reformatorio que deambula por los barrios más pobres de la capital. Allí el sexo es moneda, escape, castigo y consuelo. La ciudad se convierte en un cuerpo abierto, herido y deseante. Cada encuentro carnal es un espejo de la miseria, pero también de la obstinación por seguir vivos. No hay idealización ni moral; hay instinto, hay carne, hay necesidad.
Cuando el director catalán Agustí Villaronga llevó la historia al cine en 2015, trasladó ese erotismo a la pantalla con la misma crudeza con que Gutiérrez lo escribió. La película, rodada en República Dominicana por imposibilidad de filmar en Cuba, muestra cuerpos desnudos y exhaustos que se aman en medio de la ruina. Las escenas sexuales no son decorativas ni complacientes: son la respiración de los personajes. La cámara los sigue sin pudor, pero con cierta compasión, mostrando el límite entre el placer y la derrota.
El film dividió al público. Algunos lo consideraron excesivo, otros lo vieron como una adaptación honesta del espíritu del libro. Lo cierto es que pocas veces el cine ha retratado con tanta fiereza la pobreza sexualizada, el deseo como hambre, la ternura brutal de dos seres que se buscan entre la basura. En pantalla, El rey de La Habana se convierte en una extensión natural del universo de Pedro Juan Gutiérrez: un lugar donde el cuerpo dice lo que las palabras ya no pueden.




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