Por: Félix A. Correa Álvarez
Fotos: Cortesía de la entrevistada
La joven realizadora y actriz Sailin Carbonell conversa sobre Vivos, el nuevo telefilme que llegará a Cubavisión dentro del espacio El Cuento, una obra donde la soledad, la memoria y la resistencia emocional se entrelazan para reflexionar, desde la penumbra, sobre el sentido profundo de estar vivos.
En un país donde los apagones también atraviesan la vida emocional de las personas, Vivos propone una mirada íntima y poética sobre la soledad, la memoria y la necesidad de seguir adelante. El nuevo telefilme que llegará próximamente a Cubavisión, dentro del espacio El Cuento, construye un relato donde lo cotidiano y lo fantástico se funden para reflexionar, sin estridencias, sobre el sentido de estar vivos.
Dirigido por la joven realizadora y actriz Sailin Carbonell, el audiovisual acompaña a Alberto, un hombre mayor que habita la penumbra de una cuartería y encuentra, en un inesperado viaje al cementerio, un diálogo profundo con sus recuerdos, sus afectos y sus miedos. A propósito de este estreno, la directora conversa con el Portal de la Televisión Cubana sobre las claves creativas de la obra, sus personajes y la mirada ética y emocional que sostiene la puesta en escena.








—¿Cómo surge Vivos y qué historia propone al espectador desde su punto de partida?
—Vivos cuenta la historia de Alberto, un hombre mayor que vive solo en una cuartería, en medio de un apagón que parece extenderse tanto como su propia soledad. Ese contexto lo lleva a descubrir un panteón en el cementerio —un espacio que conserva electricidad, belleza y memoria— donde conoce a Cecilia, una escritora fallecida, y a un antiguo amigo que también habita el mundo de los muertos.
A partir de ese encuentro, Alberto se enfrenta a su propio vacío, a la idea de la muerte como escape y, sobre todo, al deseo profundo de sentirse acompañado y reconocido. El telecuento transita entre lo cotidiano y lo fantástico para hablar de algo muy humano: la necesidad de seguir vivos, aun cuando la vida duele.
Ese viaje lo conduce a una relación más profunda consigo mismo: con sus recuerdos, sus miedos y sus afectos no resueltos. La obra reflexiona sobre la vejez, la necesidad de sentirse acompañado y el valor de la vida, incluso cuando parece frágil o silenciosa. La historia se mueve entre lo real y lo poético para hablar de algo esencialmente humano: la búsqueda de sentido, dignidad y compañía en medio de la existencia.
—El título del telefilme resulta sugerente y hasta provocador. ¿Desde qué lecturas simbólicas se construye y cómo dialoga con la puesta en escena?
—En Vivos, los muertos parecen habitar un espacio de calma y de memoria ordenada, mientras que los vivos transitan la intemperie, la soledad, el cansancio y el desgaste del tiempo. Ese contraste me interesaba explorarlo desde la humanidad, no desde el juicio.
A través del humor negro, la obra mira la vida cotidiana sin idealizarla, pero tampoco desde la crueldad. Es un humor que permite decir lo que duele y, al mismo tiempo, preservar una ternura posible. En el caso de Alberto, su mundo interior también dialoga con el sincretismo religioso cubano: él le habla a sus santos, les pide, les reclama, y ese vínculo espiritual forma parte de su manera de sostenerse en la vida.
Desde la puesta en escena trabajé esa tensión entre lo precario y lo poético: la cuartería en penumbras frente al panteón luminoso, el ruido de la vida diaria frente a la quietud de los muertos, lo real conviviendo con lo fantástico. En ese borde, los personajes no encuentran una salvación plena, pero sí una conciencia más profunda de lo que son.
Y aunque el título pueda leerse con ironía, en el fondo la película afirma lo contrario: Vivos es una oda a la vida. A la dignidad de quienes permanecen, a la necesidad de compañía y a esos gestos mínimos —una taza de café, una presencia, un respiro— que devuelven sentido cuando la existencia parece frágil. La obra dialoga con una pregunta esencial: qué significa estar vivos y cómo, incluso en medio de la dureza, seguimos eligiendo la vida.
—¿Qué conexiones personales o creativas te llevaron a asumir esta historia desde la dirección?
—Vivos parte de una pregunta que para mí es profundamente humana: ¿qué nos mantiene vivos cuando todo parece haberse detenido? Ese fue el punto que me conectó con la historia desde el inicio. Me interesaba mirar a un hombre común, alguien que podría ser cualquiera de nosotros, intentando encontrar un pequeño gesto de luz en medio de la oscuridad. Y en ese gesto cotidiano aparece algo mucho más grande: la necesidad de creer, de sentir y de resistir, incluso cuando la vida se vuelve frágil.
La historia me sedujo porque no es una narrativa sobre fantasmas, sino sobre presencias: sobre aquello que nos acompaña cuando la ciudad se apaga, cuando el país duerme, cuando solo queda la voz interior que nos sostiene. Vivos mezcla el humor negro con la melancolía, lo absurdo con la emoción, y habla —sin decirlo de forma directa— de la enorme capacidad humana de no rendirse.
Como autora, me interesaba explorar esa línea entre lo real y lo fantástico, entre la memoria, la fe, la imaginación y la rutina. Alberto dialoga con sus santos, con sus miedos, con sus afectos perdidos, y en ese espacio interior aparece también una dignidad posible. Dirigir esta historia fue, para mí, una manera de hablar sobre la esperanza, la resistencia emocional y la belleza que sobrevive al cansancio.
En el fondo, Vivos no es una historia sobre la muerte, sino una mirada luminosa sobre lo que significa estar vivos.
—Los personajes sostienen gran parte del peso emocional del relato. ¿Cómo se articula ese universo humano y qué aportan los actores a su construcción?
—En Vivos, los personajes forman un universo donde la vida cotidiana y la memoria dialogan entre sí. Alberto, interpretado por Jorge Martínez, es ese hombre común que carga el peso del tiempo y la soledad, pero que aún necesita encontrar un sentido para seguir vivo. Jorge construye un personaje contenido, frágil y profundamente humano.
Su contrapunto es Cecilia, interpretada por Verónica Lynn, una de las grandes actrices cubanas. Cecilia representa la intelectualidad y la cultura, una memoria sensible que permanece más allá del tiempo. La relación entre ambos no es romántica, sino simbólica: es un encuentro entre generaciones y entre mundos distintos, desde donde surge una idea esencial: vivir es el verdadero desafío.
El muerto, interpretado por Osvaldo Rojas, aporta ternura y humor; es quien invita a Alberto a mirar ese otro plano donde “se está mejor”, y en esa frase se mezclan la ironía y la melancolía. La vecina, interpretada por Laura Moras, representa el caos de la cuartería, pero también la solidaridad cubana: es quien comparte lo poco que tiene y quien, en silencio, se preocupa por él.
Todos los personajes, incluso los que aparecen desde el humor, poseen un trasfondo humano y ético. Juntos construyen un retrato coral sobre la memoria, la cultura y la necesidad de seguir vivos, aun cuando la vida parece detenerse.
—El Cuento ha sido un espacio emblemático para relatos de intimidad y simbolismo. ¿Desde dónde dialoga Vivos con esa tradición y en qué sentido se distancia para proponer una voz propia?
—Vivos dialoga con la tradición de El Cuento desde su vocación íntima. Es una historia contenida en pocos espacios, donde el peso dramático no está en la espectacularidad de la acción, sino en la emoción interior de los personajes, en sus silencios y en lo no dicho. Esa cercanía con lo humano, con lo mínimo que revela lo esencial, pertenece profundamente al espíritu del formato.
Al mismo tiempo, la obra propone una mirada propia al combinar la cotidianeidad con lo poético, el humor negro con la melancolía, y lo real con lo fantástico. El cementerio, la cuartería y las presencias que acompañan a Alberto no funcionan solo como escenarios, sino como territorios simbólicos donde dialogan la memoria, la cultura, la fe y la soledad contemporánea.
Más que contar una anécdota, Vivos intenta pensar la vida desde un lugar emocional: qué nos sostiene, qué nos mantiene aquí cuando todo parece detenerse. En ese cruce entre tradición e identidad personal —entre lo íntimo y lo simbólico— Vivos encuentra su voz.
Con Vivos, Sailin Carbonell apuesta por un cine televisivo que privilegia la emoción contenida, el simbolismo y la dignidad de los pequeños gestos. Lejos del énfasis espectacular, la obra encuentra su fuerza en los silencios, en la convivencia entre la penumbra y la luz, y en la certeza de que incluso en los momentos más frágiles persiste una voluntad de permanencia.
Más que un relato sobre la muerte, Vivos se revela como una reflexión sensible sobre la vida, la compañía y la resistencia emocional. En ese territorio íntimo donde lo real y lo fantástico se abrazan, la película recuerda que seguir vivos —sentir, recordar, acompañar— es, en sí mismo, un acto profundamente humano.




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