Mucho se ha dicho —y se seguirá diciendo— sobre María Félix. Que si la mirada, que si el porte, que si el silencio que hablaba más que mil discursos. Pero de todas las historias sobre “La Doña”, hay una que nos toca de cerca, y es precisamente aquella vez en que visitó La Habana… y terminó salvándole la vida a un cubano.
Sí, así como lo lee. María no solo vino a brillar, sino que pidió la vida de un hombre de regalo. Literalmente.




Corría octubre de 1946, y La Doña estaba de visita en La Habana, envuelta en su aura de estrella internacional. Estaba siendo atendida como reina caribeña: cena en el Palacio Presidencial, flores, peinados de infarto y montañas de cartas de admiradores. Justo antes de ir a la velada presidencial, decidió abrir una misiva al azar. El destino, o quizás la Virgen de la Caridad del Cobre (quien venía incluida en forma de medalla dentro del sobre), hizo su jugada.
La carta era de un hombre preso en la cárcel de Isla de Pinos. Condenado a muerte por haber matado, supuestamente, al violador de su hermana. El remitente escribió: “Confío en que la Virgen me hará el milagro de que usted lea esta carta”.
Y vaya si la leyó.
Esa noche, cuando el presidente Carlos Prío Socarrás —presidente de Cuba en aquel momento— le ofreció cualquier cosa que deseara (quizás pensando en un diamante, un brindis o una estatua), María respondió: “Lo que yo quiero es que usted me regale un hombre”. Silencio. Expectativa. ¡Sorpresa! No era una metáfora.
Pidió el indulto del preso de la medalla de la Caridad, nuestra Cachita. Prío, sin chistar —quién le iba a negar algo a María Félix, y menos a la Patrona de Cuba—, llamó a un coronel, le entregó la carta y pidió que se cancelara la sentencia. Ahí mismo, La Doña salvó una vida.
Tiempo después, en México, la actriz recibió otra carta. Esta vez no había medalla. Solo gratitud. Era del mismo hombre. Vivo. Libre. Y, sin duda, con la mejor anécdota de su vida para contar… y muchísimo que agradecer a la estrella mexicana.
María, que solía decir que no lloraba ni en las películas, mostró que su corazón era tan hermoso como su rostro. A pesar de su fama de mujer dura —que lo era—, tuvo este gesto que no pidió titulares, pero que le da un giro inesperado a su leyenda.
Porque si alguien pensaba que La Doña solo coleccionaba arte, corazones y éxitos, que sepa que también coleccionó, aunque sea por un instante, un indulto. Y ese cubano que vivió para contarlo, probablemente la recordó cada vez que veía una Virgen o escuchaba la canción “María Bonita”.
Al final, María no solo se llevó el cariño de los cubanos. También salvó una vida.




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