Jorge Mañach lo definió en 1928 con una precisión que todavía duele un poco: el choteo consiste en «tirarlo todo a relajo». En no tomar nada en serio. En desacralizar con humor los emblemas de la autoridad, igualarse al poderoso mediante la burla, rebajar con una carcajada lo que se presenta solemne y definitivo. Mañach lo escribió como diagnóstico de una nación joven, con esa inquietud del intelectual que ama profundamente lo que critica. Y tenía razón, como casi siempre.
Pero Mañach escribía desde la república, desde la esperanza todavía posible de un proyecto nacional en construcción. Lo que quizás su mirada no alcanzaba a ver del todo es que ese mismo choteo llegaría a ser para el cubano algo más hondo que un vicio o una gracia. Llegaría a ser el mecanismo por el cual una persona mantiene intacta su humanidad cuando todo lo demás se estrecha. Una forma de doblar sin romperse. Una tecnología emocional perfeccionada durante siglos de vivir en una isla donde siempre había algo más grande que tú, y donde la única respuesta que nadie podía quitarte era la inteligencia y la risa.
El choteo es, antes que nada, una forma de sobrevivir.
La radio lo entendió antes que nadie. Tres Patines, La Tremenda Corte: personajes que le sacaban lógica al absurdo burocrático, que le encontraban la vuelta a todo con una picardía que el cubano de la calle reconocía como propia porque era suya, porque venía de él. Esa tradición viene de lejos, de mucho antes del siglo XX, de una cultura que aprendió a decir sin decir, a reírse del juez con el mismo respeto aparente con que le hablaba.
El cine lo heredó y lo elevó. Se permuta, de Juan Carlos Tabío, llegó a los cines en 1983 y la gente se reconoció en cada escena. El drama del cambio de casa, la doble moral, el ingenio del cubano de a pie navegando un sistema que nunca termina de cuadrar, todo eso convertido en comedia que la audiencia recibía riéndose y reconociéndose al mismo tiempo. Cinco años después, Plaff volvía a Tabío con una historia de miedos cotidianos, superstición y enredos vecinales donde el absurdo de la vida ordinaria cubana era el verdadero protagonista. Y en 1991, con el Período Especial ya instalado en cada mesa, Alicia en el pueblo de Maravillas de Daniel Díaz Torres usó la parodia y el delirio para retratar una crisis que todo el mundo sentía pero pocos podían nombrar directamente. La retiraron de los cines. La llamaron contrarrevolucionaria. Porque el choteo, cuando alcanza cierta temperatura, le resulta insoportable al poder.
Hoy Cuba atraviesa una de las pruebas más duras que se recuerdan. Para quienes están ahí, cargando cada día lo que hay que cargar, el choteo no es evasión ni superficialidad. Es el único territorio que nadie puede intervenir. Mientras el humor circula, mientras el cubano le encuentra la salida cómica a lo que tiene encima, algo esencial permanece vivo: la distancia entre el ser humano y su circunstancia, esa pequeña grieta por donde entra el aire y la dignidad se cuela.
Mañach quería que Cuba superara el choteo para construir una nación más sólida, con mayor sentido del proyecto colectivo. Era una aspiración legítima y generosa. Pero hay otra lectura posible, que no lo contradice sino que lo amplía: el choteo es también la prueba de que una cultura no se entrega, de que la inteligencia popular encuentra siempre la manera de sobrevivir a lo que la aplasta, de que hay una forma de dignidad que no necesita escenario ni aplausos para mantenerse en pie.
El cine cubano lo supo retratar como pocos cines del mundo han retratado el alma de su pueblo. Y ese legado, esa capacidad de mirarse con humor sin dejar de mirarse con verdad, es de las cosas más valiosas que tiene Cuba.




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