Por más de cinco décadas, el rostro y la voz de Consuelito Vidal formaron parte del paisaje cotidiano de la televisión cubana. No fue solo una actriz o una animadora: fue presencia constante en un país que se transformaba ante las cámaras. Nació en La Habana el 4 de diciembre de 1930 y murió en la misma ciudad, el 7 de octubre de 2004, después de haber recorrido, sin pausa, casi todas las formas del espectáculo cubano: radio, teatro, cabaret, cine y televisión.
Hija de una época en que el medio televisivo apenas se inventaba, debutó muy joven en la radio, en los años cincuenta, en programas humorísticos como La Tremenda Corte, junto a Leopoldo Fernández —Tres Patines—, y más tarde se consolidó en la pantalla con papeles que iban desde la telenovela hasta el espacio infantil. Su versatilidad la volvió imprescindible: podía interpretar a Doña Bárbara en una adaptación de Dora Alonso y, con la misma naturalidad, cantar para los niños en Amigo y sus amiguitos o Tía Tata cuenta cuentos.
El público la bautizó “Consuelito” y el diminutivo se quedó. Tal vez por la cercanía que inspiraba, por esa calidez que hacía sentir que la conocíamos desde siempre. En Detrás de la fachada, programa humorístico que combinaba sátira y costumbrismo, su carisma se unió al de Enrique Arredondo y Germán Pinelli, formando uno de los tríos más recordados de la televisión nacional. Pinelli y Vidal compartieron además innumerables galas y festivales: dúo de ritmo y elegancia, de palabra medida y sonrisa exacta.
Su trayectoria cinematográfica fue breve pero precisa. En Los pájaros tirándole a la escopeta (1984), Reina y Rey (1998) y Las profecías de Amanda (1998), mostró una capacidad actoral que los festivales internacionales reconocieron con premios en Bogotá, Amiens y Cartagena. La crítica destacó la naturalidad de su interpretación, sin impostaciones, con una humanidad directa que conectaba con el espectador sin artificio.
Casada con el director de espectáculos Amaury Pérez, fue madre de dos hijos: Aimée y Amaury Pérez Vidal, este último cantautor y figura esencial de la Nueva Trova. Su vida personal se entrelazó con la historia cultural de Cuba del siglo XX: entre estudios de televisión, giras, programas infantiles y homenajes a la pantalla chica.
Cuando murió, a los 73 años, había pasado más de medio siglo frente al público. La televisión, el medio más efímero de todos, guarda su eco: una mujer que habló, cantó y condujo para varias generaciones, con el mismo tono de cercanía que una vecina que entra a casa sin tocar la puerta.




Compártenos tu opinión sobre esta publicación