Cherri, dirigida por el cineasta cubano Fabián Suárez, emerge como una de las apuestas más audaces del cine nacional reciente y una de las producciones que representará a Cuba en el circuito internacional de festivales. Coproducida entre Cuba, Guatemala y México, la película propone una mirada íntima y profundamente humana sobre el deseo, el cuidado, la dependencia y los cuerpos que no suelen estar representados en pantalla.
La historia sigue a un coreógrafo plus-size que dirige una compañía de ballet en un centro de tratamiento en La Habana, mientras cuida a su esposo con discapacidad. Su rutina emocional da un giro cuando aparece Tim, un joven guardia de seguridad al que ama en silencio. Ese triángulo —desigual, contenido y a veces doloroso— sostiene la tensión emocional de la película.
El espacio donde transcurre la trama funciona como un espejo simbólico: un mundo cerrado, donde la danza, el cuerpo, el deseo y la renuncia conviven sin estridencias. La fotografía de Javier Labrador Deulofeu trabaja la intimidad, mientras que el montaje de Juan Manuel Gamazo articula un ritmo contenido, casi respirado, que deja que los silencios hablen.
Que Cherri haya sido seleccionada para un festival de cine de relevancia internacional no es casual. Su propuesta artística dialoga con temas universales —identidad, vulnerabilidad, vínculos complejos— desde un lenguaje visual propio. Es una obra que se aleja del costumbrismo y apuesta por explorar los pliegues más frágiles de lo humano, una mirada poco habitual en la cinematografía cubana más reciente.
Más que un relato sobre diversidad o cuerpo, Cherri es una reflexión sobre las formas de amar y las imposibilidades que cargamos. Suárez construye un universo donde el deseo no siempre salva, pero sí revela. Así, la película se inscribe entre las obras cubanas más interesantes que buscan un espacio en festivales, llevando una voz más íntima y arriesgada al mapa del cine contemporáneo.




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