Fotos: Renata de la Cruz
Durante la tercera edición del Festival Internacional de Cine y Medio Ambiente del Caribe Isla Verde, celebrada en la Isla de la Juventud, tuvo lugar la segunda edición del taller “Interpretación de un medio natural (Procesos naturales en el actor)”, dirigido por Elba Pérez Torres y con la participación de Mirtha Ibarra, Premio Nacional de Cine 2025.



El taller se desarrolló en la Escuela Vocacional de Arte Leonardo Luberta Noy, y formó parte del programa pedagógico del festival. No se trató de una actividad paralela ni de complemento, sino de una línea central dentro de la propuesta curatorial. La premisa fue clara: investigar la relación entre cuerpo, texto y entorno, y hacerlo desde la práctica.
Los contenidos se articularon a partir de ejercicios de improvisación, observación y trabajo físico con estímulos naturales. Aves, sonidos, luz, ramas. El entorno no fue escenario, sino material de estudio. Se evitó el artificio. La propuesta apuntó a desarrollar una percepción activa en los participantes, en su mayoría estudiantes de enseñanza artística, sin separar lo actoral de lo ambiental.
La presencia de Mirtha Ibarra respondió a una lógica de trabajo, no a una lógica de homenaje. Impartió sesiones, intervino en los ejercicios, intercambió criterios con los alumnos. En declaraciones a Prensa Latina, reconoció el valor del taller como espacio de formación artística y pensamiento crítico, subrayando además la capacidad de los jóvenes para incorporar herramientas narrativas y expresivas sin recurrir a fórmulas.
Elba Pérez, por su parte, insistió en la idea de que el arte no se segmenta: escribir, moverse, decir, observar, pertenecen al mismo proceso. Su metodología evitó el discurso didáctico en favor de la experiencia directa. El objetivo, según explicó, no fue enseñar a actuar, sino provocar una relación distinta entre los estudiantes y su entorno. Esa relación, dijo, se traduce luego en lenguaje escénico.
La actividad, integrada al calendario del Festival Isla Verde, contó con el apoyo del programa Transcultura, financiado por la Unión Europea e implementado por la UNESCO. Sin embargo, el taller se sostuvo más allá del respaldo institucional, en una práctica concreta, desarrollada con estudiantes, en una isla específica, en una coyuntura real.
En lugar de fórmulas reproducibles, el taller dejó preguntas abiertas sobre el lugar del actor en el paisaje contemporáneo. No se trató de enseñar técnicas ecológicas, sino de devolverle al cuerpo su capacidad de escucha, de acción, de pensamiento. En ese sentido, la experiencia fue formativa, pero también crítica: situó la actuación fuera del escenario habitual, en un terreno en movimiento.




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