Por Brenda González Betancourt
Conozco a Julio por su participación en las telenovelas mexicanas y recientemente en realitys de supervivencia, donde ha competido junto a otros actores de Latinoamérica. Hace poco, en un trabajo que publicamos sobre los artistas cubanos que habían alcanzado fama internacional, su nombre apareció como parte de esa lista y entonces supe que era hora de entrevistar a un compatriota que goza de reconocimiento fuera de nuestras fronteras.
Para mi sorpresa esta constituye la primera entrevista que el actor ofrece a un medio íntegramente cubano. Al respecto me comenzó diciendo: “No es lo mismo cuando haces una entrevista siendo cubano para un medio de cualquier lugar del mundo, que a lo mejor no va a comprender lo que fue una niñez en Cuba en la década de los 70 u 80, y no va a tener el sabor y la esencia”.
“Muchas veces que fui a Cuba a ver a mis amigos, a estar en mi país un rato, compartir, la gente pensaba que era mexicano, porque salía en telenovelas de ese país, y creo que mi generación, los que quedan de la generación de mis padres, se merecen también una entrevista de ese Julio que creció ahí, con ese orgullo de haber salido de una combinación del Vedado y La Lisa”.

Julio Antonio Sánchez González, conocido como Julio Camejo, nació en La Habana el 29 de octubre de 1977, hijo de la pareja de los bailarines Gladys González y Antonio Sánchez, dos de las figuras más importantes de la danza en la Isla. La niñez del pequeño Julio estuvo cargada de arte, y tiene un especial recuerdo de esos años junto a su madre, a quien le debe el apellido que adopta como nombre artístico, pues era el segundo de ella.

“Ir a un parque, sobre todo con mi mamá, era hacer de la casa de N a H y 21 casi una hora u hora y media, ella cargaba con todos los amiguitos de la cuadra, Frank Abel, el negro Alfredo… Mi mamá era muy popular, es diferente a ser famosa.
“En ese momento los artistas se debían al pueblo, esa concepción linda de la gratificación, de “gracias porque te gusta mi trabajo” (…) en esa época no se estilaban los autógrafos, ni había cámaras para foto, pero mi mamá se ponía a hablar con cada persona. La ida al parque era una tertulia”.
El actor cubano recuerda su niñez como un período maravilloso de su vida en el que tenía la libertad de caminar a la escuela con apenas 6 o 7 años, de pedalear su bicicleta e ir a algún barrio de Centro Habana o la Habana Vieja: “(…) tirarte en chivichana por 23 para abajo por la acera es de las cosas lindas y mágicas que uno recuerda. Sabía que siempre iba a poder regresar a casa, privilegios que a veces no se valoran cuando los tienes”.
“De las cosas que recuerdo está salir de la escuela e ir por los merenguitos de Olga, los duros fríos, y la salida de las 4:30, donde sabías que algún espectáculo boxístico iba a acontecer. Esas peleas entre amigos, van forjando el carácter, ese espíritu de lucha para la vida, no para irse peleando por la calle, sino para saber que no importa cuántas veces la vida te golpee y te tire contra el piso, tienes que levantarte, sacudirte las rodillas, mirar al frente y seguir”.
Las añoranzas llegan cuando rememora aquellos domingos en los que sus padres tenían que montar los espectáculos de ballet infantiles en los más grandes teatros habaneros como el Karlx Marx: “Mis domingos eran con arte y entretenimiento. Imagínate todos los domingos ir a un espectáculo de artistas y perderte un juego de pelota, también estaba duro, pero de una forma u otra ver ese compromiso de mis padres y la alegría que le brindaban a la gente fue parte de mi infancia y mi crecimiento”.
Dicen por ahí que cubano que se respete ha jugado al “cuatro esquinas” y al taco, donde con un palito de escoba tenías que pegarle a otro más pequeño. Según el propio Julio estos juegos desarrollaron en él una buena puntería, lo que años más tarde aplicó en programas de competencia.
De niño era muy hiperactivo: “Los profesores estaban locos conmigo, no me aguantaban. Mi mamá me llevó al pediatra y al final de la valoración el médico le dio una receta que decía que debía tomar diazepan cada ocho horas. Mi mamá le preguntó si no era muy fuerte para mí, y él le contestó que era para ella y la maestra, porque yo no iba a cambiar”.
“El resultado fue que me levantaba primero que nadie, me llevaban para el boxeo, de ahí para la escuela, terminaba más grande e iba para la Escuela de Arte, pero eso lo combinaban con judo y natación. Me colmaban mis tardes de deporte para que llegara a la casa “muerto”. En medio de todo eso empezaba en mí un amor que no quería reconocer por el arte”.
A veces lo que más disfrutaba el niño Julio era correr por el mercadito de 192 y llegar tarde a la casa, sin embargo, el sentimiento artístico era ineludible: “Ver a mi mamá sentada con Vitier haciendo música para algunos de sus ballets, ver a Mariano pintando “Frutas y realidad” para la obra clásica que montó con el Ballet Nacional, ver a Silvio haciendo la música de “Mi comité”, Pablo Milanés, escuché a Jorrín, cómo se le ocurrió “La engañadora”, esa era mi infancia”.
En la etapa adolescente definió que su futuro sería dedicarse al arte. Entonces ingresa en la Escuela Nacional de Arte. Ir a los bares icónicos de La Habana en aquellos años, para la Piragua a escuchar a Los Van Van, aprender break dance, aun siendo estudiante de folklor y ballet, resultaban las actividades que, junto a sus compañeros, hacían de ese período de su vida algo más que la responsabilidad del estudio.

El actor cubano representó uno de los jóvenes que arribó a la escuela del campo, donde asegura que lo mejor eran las noches, los bailes en las naves, las escondidas detrás de los tanques de agua y las fugas al pueblo de Pinar del Río porque a su escuela siempre la enviaban a la occidental provincia. El choque con la vida del campesino y el trabajo resultaron duros para él, pero asegura que “todo en la vida te va preparando para algo”.
Así fue como también los años de Período Especial, donde tenía que pedalear kilómetros para poder asistir a clases en la ENA y al regreso subir 19 pisos su bicicleta porque no había electricidad y el ascensor no funcionaba, lo iban convirtiendo en un hombre resistente a los cambios, a los golpes.
¿Algún recuerdo especial en el que bailaras sobre un escenario?
“Mi primera vez bailando sobre un escenario fue muy chiquito, mis padres nos montaban bailes en la escuela, fuimos a un programa de televisión donde bailaban varias escuelas y cada quien llevaba su coreografía. La primera vez no la recuerdo, pero la que más añoranza me trae es un solo que hice con el que me presenté al concurso de la UNEAC y gané el premio en el Teatro Mella, eso me dio el pase para competir contra ballet clásico, moderno, y folklor”.
Julio expresa que “Solo y desnudo” constituyó un reto porque tuvo que presentar la obra y coreografiarla él mismo, pues sus padres se negaron a hacerlo para que el muchacho se ganara por mérito propio el reconocimiento del jurado. En aquel entonces estaba a las puertas de la graduación y logró alzarse con el triunfo.
“La adolescencia es el nacimiento de grandes amores que recuerdas para toda la vida. Idania era la más linda de la escuela, al final me hizo caso. Era agarrar la 472 e irse para una playa del este con tu noviecita. Nos colábamos en la casa de la FEU porque había buenas fiestas. La adolescencia en Cuba fue un choque de lo lindo y lo idílico con la realidad cruda de ese período especial que nos tocó afrontar, hasta que en 1993 salí de Cuba y empecé a hacer mi vida por algunos lugares del mundo”.
Julio Camejo terminó graduándose de la Escuela de Espectáculos Musicales que conjuntaba disciplinas como ballet, folklor, danza moderna, también arte circense, acrobacia, malabares, clown (payaso), arte dramático, y solfeo.
Una vez fuera de Cuba, y con la noción adquirida durante 4 años de estudiar arte dramático y producción, empieza en la obra musical de “Fama” y decide continuar superándose: “Tomé cursos en el Instituto Nacional de Bellas Artes, que representa la ENA de Cuba, pero en México. Todo eso fue forjando la experiencia para empezar a tomar papeles cada vez un poquito más grandes e ir construyendo mi carrera como actor”, comenta Julio Camejo.
“En 1997 tuve mi primer trabajo importante e internacional, cuando hice el casting de una obra musical, un proyecto que hizo Televisa y Teatro de los Insurgentes, en el que buscaron artistas en toda Latinoamérica y fui el cubano. Necesitaban a una persona de la raza negra que bailara clásico, cantara, rapeara, que tocara un instrumento y al mismo tiempo que supiera bailar break dance, no lo encontraron y me quedé con ese personaje a pesar de ser blanco”.






Compártenos tu opinión sobre esta publicación