Desde 2011, en la ciudad de Matanzas, se gesta un fenómeno teatral que elude moldes y acomodos: Teatro El Portazo. Bajo la dirección del actor Pedro Armando Franco, el colectivo reúne intérpretes de diversas provincias cubanas —Santiago de Cuba, Santa Clara, Sancti Spíritus, La Habana— que convergen en un mismo propósito: dinamitar desde la escena los discursos dominantes sobre lo social, lo económico y lo político en la Cuba contemporánea.
Perteneciente al Consejo Nacional de las Artes Escénicas, el grupo ha encontrado en el cabaret una plataforma flexible para articular una dramaturgia afilada, cercana al burlesque, a la sátira, al bufo criollo y a la revista como herramientas de contraste y provocación. La estructura modular del cabaret permite insertar monólogos, canciones, juegos escénicos y códigos múltiples que, lejos de ser ornamento, responden a una lógica de desmontaje de las convenciones escénicas y de los pactos tradicionales con el espectador.
Desde sus inicios, el elenco ha estado en constante renovación. Ese cambio, más que una inestabilidad, se ha convertido en recurso creativo. La formación diversa de sus actores y actrices amplía los registros y matices de un repertorio que rehúye cualquier etiqueta. La búsqueda expresiva —según Franco— no se limita al espacio escénico, sino que apunta a establecer una comunicación directa y sin intermediarios con quien presencia la función: “…trabajar para y por el otro”.







El debut de El Portazo ocurre con Por gusto (2011), un texto de Abel González Melo donde cuatro personajes —profesor, pintor, estudiante, policía— cruzan sus itinerarios en una ciudad que se resuelve escenográficamente con un andamio ambulante. Allí ya se insinúan varias constantes del grupo: funcionalidad escénica, gestos de urbanidad, teatro como espejo de tensiones sociales.
Con Antígona (2013), de Yerandy Fleites, el grupo ensaya una relectura del mito clásico en clave audiovisual. Música, color, movimiento, intermedios con café incluido y venta de afiches, configuran una obra que plantea nuevos modos de producción y sostenibilidad, mientras revisa el poder y la obediencia desde lo íntimo.
En Semen (2014), escrita por Yunior García, se abordan los desajustes de una familia cubana donde la ausencia parental y la desesperanza empujan a los hijos hacia el asesinato o la prostitución. La pieza se inscribe en una trilogía sobre la juventud, abriendo un registro donde la desesperanza se convierte en el hilo de lo cotidiano.
El punto de giro llega con The Cuban Coffee by Portazo’s Cooperative (CCPC) y CCPC: La República Light (2015), este último codirigido con María Laura Germán. Ambos proyectos consolidan el perfil del grupo. En ese “cabaret político”, como lo denominan, se entrelazan textos de múltiples autores con citas intratextuales, coreografías, números musicales, y una estética que toma prestado tanto del teatro total wagneriano como del espectáculo popular. El resultado es una obra que rehace, reinterpreta y recombina materiales anteriores como metáfora del propio tejido social cubano. El espectáculo no oculta su intención de exploración económica, poniendo sobre la mesa la discusión de si el teatro puede ser también medio de subsistencia.
El recitalito: no puedo, tengo ensayo (2019) nace como una acción promocional, pero encuentra acogida entre el público. Construido con estructura abierta y una rifa como dispositivo escénico, el montaje somete su dramaturgia al azar. Cada función es diferente, y el espectador deja de ser testigo para convertirse en interlocutor activo.
Finalmente, en Todos los hombres son iguales (2020), también de Yunior García, El Portazo regresa al terreno del pequeño cabaret con una historia de relaciones fallidas y convenciones desarmadas, articulada con el ritmo del musical y los códigos de la televisión comercial.
Teatro El Portazo ha estado presente en numerosos festivales: el Nacional de Teatro de Camagüey, el Máscara de Caoba, el Mejunje Teatral, el Festival de Teatro de La Habana, Mayo Teatral 2018 y el Festival de Pequeño Formato en 2015, entre otros. Cada participación no ha sido una exposición, sino una confrontación con los márgenes y las reglas del sistema teatral cubano.
En 2014, el grupo recibió el Premio Villanueva de la Crítica, distinción que no parece marcar una cúspide sino un punto dentro de un proceso deliberadamente inestable, abierto y en construcción.
Más que un conjunto de puestas, El Portazo ha trazado una ruta de trabajo que no se alinea con una escuela ni se cobija bajo ninguna fórmula. Sus obras no pretenden cerrar sentidos, sino abrir preguntas. En el contexto escénico cubano, donde la urgencia muchas veces empuja a la repetición o al enunciado plano, este grupo ha optado por el riesgo como método. No buscan escapar, sino confrontar. No se amparan en certezas, sino que actúan en el umbral de las contradicciones. Y en ese gesto incómodo, se han convertido en uno de los experimentos teatrales más incisivos del país.




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