Adriana Jacome: «Creo que la vida fue realmente la que me preparó»
Adriana Jacome: «Creo que la vida fue realmente la que me preparó»

Adriana Jacome: «Creo que la vida fue realmente la que me preparó»

Por Laury García Haouji

La actriz cubana Adriana Jacome forma parte del elenco de Ceniza en la boca, el cuarto largometraje del cineasta mexicano Diego Luna, adaptación de la novela homónima de Brenda Navarro. La película, presentada en Cannes y posteriormente en el Festival de San Sebastián, aborda la migración, el desarraigo y las dificultades que enfrentan quienes intentan construir una nueva vida lejos de su país. Jacome interpreta a Isabel, una mujer cubana que representa los vínculos de solidaridad entre migrantes. En esta entrevista, la actriz habla de su experiencia durante el rodaje, de las vivencias personales que la acercaron al personaje y de las heridas que deja el exilio.

Adriana, ¿cuáles fueron tus primeras impresiones al leer el guion de Ceniza en la boca?

Lo primero que pensé cuando leí el guion fue como: «Dios, ojalá que esto nunca le pase a nadie de los míos», ¿no? No quiero decir mucho más para no hacer spoilers, pero tú, que ya habrás visto la película, sabes que es una historia bastante contundente y triste, y que lamentablemente nos puede pasar a cualquiera de nosotros, como migrantes o como personas desprotegidas dentro de una sociedad que no siempre nos integra. Sí, básicamente mi primera impresión fue: «Dios mío, qué triste».

Y además está muy bien escrito. La novela de Brenda Navarro es un texto increíble, impacta mucho por su manera tan particular y fuerte de escribir. Creo que es un gran libro.

Hay una frase muy poderosa en la película: «Donde cabe una, caben dos». ¿Podrías volver sobre esa frase?

La frase «donde cabe uno, caben dos» es, yo diría, una parte fundamental de la cultura latinoamericana, no solo cubana. Habla de compartir lo poco que tienes, de no dejar sola a otra persona, de entender la vida desde la comunidad y no desde lo individual.

Yo crecí en una familia grande, con siete primos, cuatro tías, sus maridos, los hijos de sus maridos y las novias de sus hijos, en un país donde no había mucho. Desde pequeña aprendí que todo se compartía: la comida, el espacio, las experiencias, la vida, aunque fuese poco.

«Donde cabe una, caben dos; donde caben dos, caben tres», decía siempre mi madre. Creo que esa frase resume bien mi idiosincrasia. No se trata solo de lo material, sino también de abrir espacio emocionalmente para los demás, de crear lazos, compartir batallas, acompañar y confiar. La vida es compartir. Sí, todo es mejor cuando estamos acompañados.

Es una frase que, de tanto repetirla, perdió sentido para mí. Hasta hoy, que tú me has hecho esta pregunta. Definitivamente, creo que esta frase me define como cubana.

¿Cómo te preparaste para este papel?

Si me preguntas cómo me preparé para este casting, para esta película, creo que la respuesta es que me preparó la vida. Como emigrante, creo que no soy la única que ha tenido que trabajar como babysitter, cuidadora y actriz. Un buen actor que se respete conoce a la perfección todas las interioridades de un restaurante.

Entonces, es de esos papeles que te llegan y tú dices: «Sí, o sea, lo conozco perfectamente, sé de lo que están hablando, lo he vivido, lo he presenciado en carne propia».

Incluso la casa donde rodamos, donde vivíamos todas las chicas, era muy parecida a una de las primeras casas que tuve cuando me mudé a Barcelona. Creo que eso hace que la película sea muy real y que se sienta muy cercana, porque muchos emigrantes hemos pasado por experiencias como las que describe la película: trabajos no tan ideales, jefes no tan buenos, salarios muy bajos e incluso situaciones directamente de abuso.

Sí, creo que la vida fue realmente la que me preparó.

¿Tu propia experiencia de la migración se refleja de alguna manera en tu interpretación?

Sí, absolutamente. Yo creo que en esta película no me fue tan difícil; el personaje no estaba tan lejos de mí. Después de haber vivido nueve años en Alemania, decidí mudarme a Barcelona tras el COVID. Al llegar, por motivos legales, no era tan fácil conseguir la residencia y tuve que trabajar en negro durante un año mientras lograba regularizar mi situación.

Durante ese tiempo tuve la oportunidad —más que una desgracia, porque al final todas las experiencias en la vida nos preparan para algo— de aprender tanto de lo bueno como de lo malo. Cuando llegué a Barcelona tuve que trabajar en cafeterías por tres euros la hora, hacer de babysitter para familias que después nunca me pagaron, entrar en casas y ver la intimidad de familias tanto españolas como latinoamericanas, y vivir desde dentro una realidad que es muy impactante.

España, de lejos, parece un país muy friendly, donde te van a recibir bien. Y uno, como migrante, piensas: «Por fin estoy en un lugar donde voy a poder hablar mi idioma y me va a ir mejor». Pero, en realidad, el choque es bastante duro.

Entonces, cuando me toca hacer esta película, yo creo que ya había pasado por muchas de esas cosas. Y sí, hay mucho de mí en este personaje, hay mucho de mis experiencias como migrante, para bien o para mal.

Diego Luna declaró: «El cine es una de las pocas formas de expresión capaces de devolver una identidad a las personas migrantes. Si no, desaparecen». ¿Cómo resuena esta idea contigo? ¿Y qué te gustaría que el público se llevara de Ceniza en la boca?

Yo creo que el arte, en general, y sobre todo el cine y el teatro, funciona como un espejo de la sociedad, en el que algunas personas se van a ver reflejadas, se van a reconocer y van a encontrar respuestas. Yo, personalmente, prefiero cuando me voy con preguntas.

El cine, para mí, claro que puede devolver dignidad e identidad a ciertos personajes, a ciertas historias. Yo creo que el problema no es el medio, es la mirada: que a veces hay historias o personajes que no se cuentan o no se tratan con suficiente profundidad. O que las personas que tienen el poder de contar las historias solo abarcan un rango muy limitado. Todo se ve desde un ángulo muy privilegiado.

Tiene que venir un mexicano increíblemente famoso a arriesgarse a hacer una película sobre una «cuidadora de niños», que es tristemente una realidad para las emigrantes latinoamericanas. Somos las cuidadoras, limpiadoras, cocineras de España. Como si no hubiera un más allá. Solo que, en producciones netamente europeas, la nana no tiene nombre, ni vida, ni padece, ni carece; solo cuida. Entra y sale. Entonces, creo que en este caso definitivamente Diego le devolvió la dignidad a este personaje y a mí, porque esa también es mi historia.

Me gustaría que la gente se quedara con una idea de amor, porque la película habla de un proceso muy duro, que es la migración, y por el que probablemente mucha gente está pasando ahora mismo. Si hay alguien viendo esta entrevista en este momento y atravesando un momento difícil dentro de ese proceso, solo quiero decirle que confíe, que las cosas no se quedan siempre como están.

Uno tiene que empezar de cero muchas veces, y con el tiempo encuentra un lugar. Abrirse a nuevas culturas, a nuevas personas, escuchar también lo que uno siente en momentos de rabia, de frustración, de dolor… pero intentar que eso no se convierta en algo que nos detenga, sino en algo que nos impulse a seguir adelante.

Es un proceso duro, pero del que se puede salir. Y con el tiempo, al menos en mi experiencia, se puede encontrar cierta paz. Paz con el proceso y con uno mismo.

Yo no siento que pertenezca del todo a un solo lugar, y creo que eso también forma parte de la película. Cuando dejas tu país, nunca vuelves a mirarlo igual, y tampoco terminas de pertenecer completamente a otro.

Así que, sobre todo, cuídense, mírense con amor y confíen en que las cosas, con el tiempo, pueden mejorar mucho.

La película transmite una sensación de experiencia colectiva; las escenas de alegría parecen muy reales, casi improvisadas. ¿Cómo fue tu encuentro con el equipo de rodaje? ¿Qué ambiente se vivió durante el rodaje?

En mi caso, yo conocí a Ana aproximadamente un mes antes de comenzar. Hicimos llamadas por Zoom, nos fuimos conociendo, contándonos cosas personales, como un acercamiento muy directo y honesto. Incluso hicimos una lista de Spotify con nuestras canciones favoritas o con aquellas que pensábamos que podrían gustarles a nuestros personajes dentro de ese universo de la migración.

Creo que hubo un trabajo muy bonito de acercamiento real con todo el equipo. Y luego, durante el rodaje, muchas de las escenas eran bastante libres. No había un texto cerrado como tal; había una guía, pero Diego nos dio mucha libertad para improvisar.

Y creo que por eso muchas de las situaciones se sienten tan reales, porque efectivamente había espacio para que las cosas ocurrieran de forma muy orgánica. Éramos libres de cambiar incluso cualquier palabra.

Trabajamos con los guionistas, con Abia Castillo y con Diego Rabasa, que forma parte del equipo de guion junto con Diego Luna. Éramos un equipo muy variado: estaba Daylin, de Venezuela; México; yo, de Cuba.

El ambiente del set era maravilloso. Diego, más que como director, como persona, es exactamente lo que ves: alguien cercano, cálido, educado y muy generoso. Fue realmente un placer trabajar bajo su dirección. En ningún momento lo vi alterarse; todo era muy respetuoso, cada uno sabía lo que tenía que hacer y no había gritos ni tensiones. Era un set muy cuidado y humano.

La actriz cubana Adriana Jacome habla de su papel en Ceniza en la boca, de Diego Luna, y de cómo su experiencia migratoria marcó su interpretación.

La película habla también del desarraigo, de la familia y de la reconstrucción personal. ¿Qué fue lo que más te conmovió de esta historia?

Yo creo que la película tiene momentos muy duros, más de uno. Pero recuerdo que, leyendo el guion, hubo uno en particular que me atravesó muchísimo porque lo viví durante mucho tiempo. Fue ese momento en el que me di cuenta de que no pertenecía a Alemania y, cuando regresé a Cuba, tampoco sentí que encajara ahí.

Entonces es muy duro, ¿no? Porque uno se plantea la pregunta: «¿Soy de aquí?». Y te das cuenta de que quizás nunca vas a ser alemán, nunca vas a ser español, nunca vas a pertenecer del todo a la cultura americana… y tampoco vas a poder volver a mirar tu país con los mismos ojos.

Cuando uno llega a ese momento de la migración y se hace esa pregunta, cae en una gran crisis de desarraigo, nunca mejor dicho. Entonces, yo creo que la película describe muy bien ese momento por el que muchos de nosotros hemos pasado y que, para mí, es profundamente doloroso. Porque, después de todo lo que ella ha vivido, intenta regresar a su matriz, a sus raíces, a su país, buscando algo firme a lo que aferrarse, para descubrir que el lugar que dejó atrás también ha cambiado… y que ella ya no es la misma persona que se fue.

Por eso creo que ese es uno de los momentos más devastadores de la película: entender que emigrar se va a llevar muchas de las cosas que conocías como parte de tu identidad, pero te va a dar, en cambio, otras herramientas, nuevas maneras de verte a ti misma y habitar el mundo. Yo estoy, en este momento de la vida, muy feliz con la persona en la que me he convertido. Y agradecida de todo lo vivido.

Después de Cannes, la película ha continuado su recorrido en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. ¿Qué te gustaría que le sucediera ahora a la película y qué esperas que encuentre en ella el público? ¿Y hay algún proyecto que ya te ilusione para después de este viaje?

Después de Cannes, me hizo mucha ilusión que la película continuara su recorrido y llegara a San Sebastián. Creo que una película como esta necesita encontrar a sus espectadores, porque habla de cosas muy dolorosas, pero también muy humanas: la emigración, la pérdida, el duelo, la familia, la culpa.

También espero que la película pueda generar empatía. Que, después de verla, alguien pueda mirar de otra manera a una persona que está atravesando un duelo o una migración.

Después de este viaje, lo que más me ilusiona es seguir trabajando como actriz y encontrar historias que me remuevan de la misma manera.

Sobre la autora

Laury García Haouji es escritora y crítica cinematográfica franco-española, radicada en Marsella. Vivió varios años en Cuba, donde conoció de cerca las tensiones sociales, las dificultades de la vida cotidiana y las distintas experiencias del exilio. Su trabajo se centra especialmente en el cine social y documental, con interés en temas como la memoria, la migración y la transmisión de experiencias. Colabora con la revista suiza Ciné-Feuilles.


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