Por Ashly Medina (Ashly, la novelera de Cuba)
La actual telenovela cubana «Entre aguas» es, sin dudas, un espejo de la vida cotidiana cubana, donde los personajes enfrentan dilemas que trascienden la ficción y se instalan en la realidad emocional de cualquier ser humano.
El eje central lo ocupa Lía, atrapada entre la palabra empeñada a su hermano Jonathan de vengarse de Yadrián y la posibilidad de vivir un amor pleno con ese mismo hombre, del cual además espera un hijo. Su historia refleja la tensión entre el deber y el deseo, entre la fidelidad a la familia y la fidelidad al corazón. Pero Lía no es la única que habita ese espacio ambiguo. Ernest se debate entre apoyar a su familia o entregarse al amor por Zulien, mostrando cómo la lealtad y la pasión pueden convertirse en fuerzas opuestas que desgarran el alma.
Kamila, obsesionada con Yadrián, no logra ser la hija que sus padres esperan, y su lucha interna revela la dificultad de cumplir expectativas ajenas cuando el corazón dicta otro rumbo.
La amistad también se ha puesto a prueba: Vanessa no consiguió anteponer su vínculo con Zulien a la atracción por Víctor, demostrando que incluso los afectos más nobles pueden naufragar en aguas turbulentas.
En otro plano, Simón enfrenta la disyuntiva de aceptar los límites de la edad o recurrir a medicamentos para satisfacer a Hortencia, recordándonos que la sexualidad no desaparece con los años, sino que se transforma en nuevas formas de placer.
La fidelidad matrimonial se convierte en otro terreno movedizo: Félix oscila entre conservar su matrimonio o dejarse arrastrar por la adrenalina de su relación con Clara Luz. Mientras que Niurka, por su parte, cree que su matrimonio puede salvarse, pero se ilusiona con Emilio, el profesor de fútbol que la enamora “a la antigua”. Ambos encarnan la lucha entre la estabilidad y la tentación.
El vaivén sentimental también alcanza a Marcos, que se mueve como un corcho en alta mar entre Liset y Yordanka, incapaz de definir un rumbo claro y escudándose en el vicio del alcohol como válvula de escape a tanta presión emocional.
Mientras tanto, Dorian y Aitana buscan prosperidad y estabilidad, pero lo hacen sobre cimientos débiles de mentiras y traiciones, mostrando que la ambición sin verdad es un barco condenado a hundirse.
Y es que la novela nos recuerda que estar “entre aguas” es una condición profundamente humana: es vivir en la frontera entre lo que se desea y lo que se debe, entre lo que se sueña y lo que se teme perder. Porque en la vida se experimentan dilemas que nos hacen náufragos del destino… el amor frente al deber, la pasión frente a la lealtad, la juventud frente a la madurez, la estabilidad frente a la tentación.
Y ante tanta turbulencia, la realidad es clara: cuando una persona se encuentra entre aguas, debe detenerse, escuchar su interior y reconocer que ninguna decisión será perfecta si se toma desde la presión externa. La salida está en elegir con autenticidad, sin traicionar nuestra propia esencia, quiénes somos y qué camino nos conduce a la plenitud. Porque más allá de la ficción, la vida nos exige aprender a navegar en medio del vaivén, aceptando que la incertidumbre también es parte del viaje.




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