Más de setenta años de telenovelas cubanas y contando
Más de setenta años de telenovelas cubanas y contando

Más de setenta años de telenovelas cubanas y contando

Hay una paradoja que los cubanos rara vez se detienen a considerar porque están demasiado ocupados discutiendo el último capítulo: Cuba no solo consumió telenovelas antes que casi nadie en América Latina. Las inventó.

El 1 de octubre de 1952, cuando la mayoría de los países del continente todavía no tenían televisión, el Canal 6 de CMQ TV estrenó La novela en televisión, el primer espacio habitual del género en la región. Su responsable era Mario Barral López —poeta, dramaturgo, narrador y cineasta— y el título de su primera obra, Senderos de amor, era casi una declaración de principios. Dos años después de que encendiera sus transmisiones el primer televisor cubano —el 24 de octubre de 1950, cuando inauguró UNION RADIO TV— ya la pequeña pantalla tenía su propio melodrama de continuidad, de lunes a sábado, cinco frecuencias semanales. Brasil experimentaba algo similar al mismo tiempo. El resto del continente miraba desde lejos.

Lo que vino después fue un aluvión. Entre 1952 y 1958, solo el Canal 6 estrenó quince historias distintas en un año. Las estaciones rivales competían ferozmente por anunciantes y televidentes, y el dramatizado era el arma más eficaz en esa guerra. Los cubanos no solo veían telenovelas: exportaban el formato. Técnicos, actores y guionistas habaneros viajaron a fundar o consolidar televisoras en México, Colombia, Venezuela, República Dominicana, Puerto Rico y Argentina. En 1953, kinescopios de programas dramáticos del Canal 6 llegaron a Caracas, donde fueron elogiados por ejecutivos venezolanos. En 1954, cuatro dramatizados cubanos grabados en kinescopio ya se transmitían en Puerto Rico. Cuba no era un receptor del género sino su laboratorio.

Luego llegó 1959, y con la Revolución llegó también la pregunta incómoda: ¿qué hacer con la telenovela?


La respuesta oficial fue una solución semántica, elegante y completamente cubana: no se llamaría más telenovela sino dramatizado. El cambio de nombre era una operación ideológica finamente calibrada. «Novela» olía a folletín burgués, a evasión, a las mismas cadenas de CMQ que ahora pasaban al Estado. «Dramatizado» sonaba a compromiso social, a arte con mayúscula, a la responsabilidad de la pantalla pública. Pero nadie cambió el triángulo amoroso. Nadie suprimió a la villana. Nadie mató al melodrama. Solo le pusieron otro traje.

Durante los sesenta y setenta, la televisión cubana —ahora bajo el paraguas del ICRT— produjo sus propios dramatizados con escenarios renovados. Los ricos explotadores cedieron su lugar a los colaboradores del enemigo de clase. Las haciendas coloniales se convirtieron en centrales azucareras. Pero la gente seguía parando para verlos, porque el corazón no atiende a decretos.


El gran momento llegó en 1985.

Sol de batey, dirigida por Roberto Garriga sobre un texto original de la escritora Dora Alonso —que ya había escrito la versión radial en 1950—, se convirtió en un fenómeno que la televisión cubana no había visto desde los tiempos de Caignet. La historia se ambientaba en la Cuba esclavista de finales del siglo XIX: Rosario, heredera de una familia de nombre, amaba a Antonio Fresneda, un criollo rico pero opuesto a la corona española. Entre ellos, los prejuicios de una sociedad que medía todo en sangre y posición.

Susana Pérez encarnó a Rosario —la niña Charito— con una delicadeza que aún hoy provoca nostalgia. Armando Tomey interpretó a Antonio con tanta intensidad que su grito «¡Oh, Charito, oh!» entró al habla cotidiana con la misma facilidad que entra una canción. Luisa María Jiménez dio vida a Tojosa, la esclava mulata, e Idelfonso Tamayo a Liberato, personajes que la audiencia adoptó como parte de la familia. Las escenas rodadas en Trinidad —la ciudad colonial mejor conservada de Cuba— le dieron al dramatizado una textura visual que todavía asombra. Sol de batey se emitió en decenas de televisoras fuera de Cuba y la crítica nacional no ha dudado en proclamarla, durante cuatro décadas, la mejor telenovela de todos los tiempos.

Entonces, en 1992, Pasión y prejuicio llegó a complicar ese veredicto.


Que Pasión y prejuicio se hiciera durante el Período Especial es casi un milagro técnico. Eduardo Macías dirigió sus 130 capítulos con una austeridad que no se notaba en pantalla: la escenografía, el vestuario y la puesta en escena de aquella historia ambientada en La Habana de 1915 tenían una calidad que avergonzaría a producciones más recientes y mejor financiadas. El guion tejía dos triángulos amorosos entrelazados: la joven Beatriz Lahera —Dianelys Brito— y el señorito Marcos Urquiza —Reynaldo Cruz— en el centro, con Amalia Hinojosa —Nancy González— y el abogado Alberto Zárate —César Évora— gravitando alrededor con sus propias imposibilidades.

Isabel Santos construyó en el personaje de Justina, la sirvienta, una villana de sala de estar: sin armas ni venenos, solo con la lengua y la mirada. El tema musical, compuesto por Noel Nicola e interpretado por Miriam Ramos, se convirtió en un clásico de la composición para televisión cubana. Treinta años después, un post en Facebook sobre la novela acumuló casi dieciocho mil interacciones, lo cual en términos cubanos equivale a detener el tráfico.

Y luego llegó Tierra brava, en 1997, para cerrar la tríada que los cubanos invocan cuando quieren hablar de lo que la televisión puede llegar a ser.


Basada en la novela Medialuna de Dora Alonso —que ya le había dado a Cuba a Sol de batey y que se confirma así como la escritora que más marcó el melodrama cubano—, Tierra brava fue dirigida por Xiomara Blanco con música del maestro Frank Fernández. Jacqueline Arenal, en la piel de Verena Contreras, y Fernando Hechavarría como Nacho Capitán protagonizaron una historia de pasión y venganza en la que también brillaron Enrique Molina, Alina Rodríguez, René de la Cruz y Odalys Fuentes.

Sol de batey, Pasión y prejuicio, Tierra brava. Cualquier cubano con más de cuarenta años reconoce esa tríada como se reconoce el himno.


Lo que vino después es una historia más difícil de contar sin que duela un poco.

La crisis económica de los noventa diezmó los presupuestos del ICRT. El dramatizado, que demanda la mayor inversión de todos los géneros televisivos, se resintió primero. Las producciones de época, con sus exigencias de vestuario y escenografía, se volvieron casi imposibles de sostener. La telenovela cubana tuvo que reinventarse con menos, y no siempre lo logró con la misma gracia. La audiencia, mientras tanto, tenía cada vez más acceso a producciones extranjeras y el listón había subido.

Aun así, el género no murió. Bajo el mismo sol, con Blanca Rosa Blanco, Ketty de la Iglesia y Daylenys Fuentes, demostró que la televisión cubana podía seguir emocionando con historias contemporáneas y elencos de primera. La cara oculta de la luna asumió la ficción como espacio para reflexionar sobre realidades que rara vez llegaban a la pantalla. Y cada cierto tiempo, un nuevo dramatizado recupera la capacidad de convocar al país entero frente a la misma imagen.


Todos los días, a las nueve de la noche —la hora del Cañonazo para quien necesite referencia—, Cubavisión ocupa su horario estelar con la telenovela de turno. Con apagones o sin ellos, por internet o a través del paquete semanal, el ritual se mantiene. La gente sigue parando. Sigue discutiendo en las colas, en las consultas, en los portales.

Dora Alonso lo supo antes que nadie. Mario Barral lo inauguró un lunes de 1952. Eduardo Macías lo demostró con recursos mínimos en pleno derrumbe económico. Y la audiencia, esa audiencia que lleva más de setenta años siendo parte del pacto, no ha dejado de cumplir su parte.


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