María Félix en La Habana: una diva sin pelos en la lengua
María Félix en La Habana: una diva sin pelos en la lengua

María Félix en La Habana: una diva sin pelos en la lengua

Si había alguien que no se andaba con rodeos, era María Félix. Y si había un lugar donde los escándalos se servían con café y tabaco, era La Habana de los años 50. La actriz mexicana, con su porte de emperatriz y su lengua de espada, visitó la capital cubana dos veces, y en ambas ocasiones dejó a la prensa local con la mandíbula desencajada.

Su primera incursión en la isla, en 1949, fue para promocionar sus películas. Pero la segunda, en junio de 1955, fue un espectáculo aparte. En Cuba, los empresarios del medio no tardaron en sacarle brillo a la visita de La Doña. ¿El resultado? Una agenda repleta de entrevistas, presentaciones y un homenaje en Radiocentro, el templo mediático de la época.

Hasta ahí, todo bien. Pero, claro, no podían faltar los periodistas con preguntas dignas de una comedia de mal gusto. En el programa Jueves de Partagás, la gran diva tuvo que lidiar con un guion que habría hecho sonrojar hasta al más incauto.

María Félix en La Habana

—¿Se considera más bella que Gina Lollobrigida?
—Gina es una joven hermosa y una actriz con talento.

Una respuesta elegante, pero que no evitó que la siguiente pregunta rebasara la línea del absurdo.

—Si no fuera María Félix, ¿quién le gustaría ser?
—El hijo de María Félix…

A estas alturas, cualquiera habría esperado que el periodista recuperara la compostura. Pero no. Lanzó su “gran” pregunta:

—¿Es cierto que es usted lesbiana?

La respuesta, un golpe directo al hígado, dejó al público en un incómodo silencio:

—Si todos los hombres fueran como usted, seguramente lo sería.

Y para rematar:

—¿Está orgullosa de su rostro?
—No tengo la culpa de que la naturaleza me haya dado una nariz como esta.

Con la calma de quien ha lidiado con lo peor de la farándula, María salió airosa, sin perder la paciencia ni la compostura. Si algo quedó claro, fue que ningún entrevistador podía hacerle perder el estilo.

Pero no todo fue un desastre. Durante su estadía, protagonizó una de esas anécdotas que merecen ser contadas. Mientras se abrochaba un collar, alguien comentó:

—María, qué milagro que a usted le gustan las perlas. Dicen que traen mala suerte.

Ella, sin levantar la voz, sentenció:

—Mire, tener que usar perlas falsas sí es mala suerte. ¡Buena suerte es poder usar las legítimas!

Así era María Félix. Dueña de una inteligencia que cortaba como navaja, de un glamour que hacía temblar a cualquiera y de una actitud que ni el tiempo ha podido borrar. La Habana la vio llegar, la vio responder y, sobre todo, la vio marcharse sin haber perdido una sola batalla.


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