En la noche del estreno en la sala Charles Chaplin, Neurótica Anónima llegó al 46 Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana con algo más que el peso de una competencia por el Coral. Lo que estaba en juego era ver qué hacían hoy, juntos, Jorge Perugorría —uno de los rostros centrales del cine cubano contemporáneo— y Mirta Ibarra, actriz, guionista y autora de la obra teatral en la que se basa la película.
El punto de partida es sencillo y eficaz: Iluminada, acomodadora del cine de barrio Cuba, ve cómo la sala donde trabaja está a punto de ser clausurada. De adolescente, dejó el campo para llegar a La Habana con un objetivo muy concreto: convertirse en actriz. Años después, casada con Osvaldo (Roberto Perdomo) y sin haber podido encauzar esa carrera soñada, se aferra a otra cosa: a las películas mismas. Su refugio no es abstracto; es un archivo vivo de escenas, gestos y diálogos que la acompañan mientras todo alrededor se desgasta.

El guion, firmado por Perugorría e Ibarra, organiza esa biografía en dos niveles: lo que ocurre en la superficie —el posible cierre del cine, la vida conyugal, el barrio— y lo que la protagonista sostiene en su cabeza, una suerte de sala interior donde circulan clásicos del cine cubano e internacional. De ahí que la película funcione también como homenaje: cada guiño no es solo cinefilia, sino una forma de decir que Iluminada se ha construido a sí misma mirando pantallas.


En las declaraciones de Mirta Ibarra se identifican con claridad dos ejes: el maltrato a la mujer y la defensa de la sala de cine como espacio físico, no solo como soporte para contenidos. Esos temas no se anuncian en voz alta, pero estructuran la película. La violencia atraviesa la vida de Iluminada; la amenaza de clausura atraviesa la existencia del cine Cuba. En medio de ambas tensiones, la protagonista se resiste como puede: sosteniendo su mundo con películas y defendiendo ese lugar donde la gente sigue entrando a oscuras para mirar juntas.
El gesto de dedicar el filme a Juan Carlos Tabío y asumir el subtítulo Sin miedo a la vida no es un capricho. Tabío dirigió Plaff o Demasiado miedo a la vida, título que se invierte aquí como declaración de intención y como puente directo con una tradición de cine que ha pensado la realidad cubana desde el humor, la crítica y la contradicción.
El reparto confirma la voluntad de trabajar con la memoria afectiva del público: Joel Angelino regresa como compañero de ruta de Ibarra —ya lo habían hecho en la obra teatral y en Fresa y chocolate—, ahora en la piel del proyeccionista del cine Cuba; Fernando Hechavarría interpreta a un arquitecto; Osvaldo Doimeadiós encarna al psiquiatra; Andrea Doimeadiós asume a la joven Iluminada; y Néstor Jiménez es el delegado. A su alrededor, nombres como Paula Alí, Mireya Chapman, Tahimí Alvariño, Bárbaro Marín, Mario Limonta, Hilario Peña, Félix Beatón y Luis Silva completan un elenco que cualquier espectador cubano reconoce sin necesidad de explicaciones.
La producción corre a cargo del ICAIC junto a Ítaca Films y An Ag Studios Company. La fotografía de Ernesto Granado se detiene en una Habana concreta: los cines Sierra Maestra y Cuba, las calles donde la ciudad muestra su desgaste y su energía, los interiores que conservan signos de otra época. No se trata de convertir la ciudad en postal, sino de recordar que parte de su vida pasa —o pasaba— por esas salas. La banda sonora suma la música original de José María Vitier y temas adicionales producidos por el productor venezolano Andrés Levín, reforzando esa mezcla de cotidianidad y ensoñación que atraviesa el filme.
Este estreno ocurre en un momento particular. Mirta Ibarra llega a Neurótica Anónima respaldada por una trayectoria que incluye filmes esenciales y por su reciente reconocimiento con el Premio Nacional de Cine 2025, que celebra su trabajo en la actuación, en el guion y en la preservación de la obra de Tomás Gutiérrez Alea. Jorge Perugorría, distinguido con el Premio Nacional de Cine 2024, confirma aquí que su labor como director no es derivación secundaria de su carrera como actor, sino un espacio donde ejerce una mirada sostenida sobre el país y su gente.


Con esos elementos, Neurótica Anónima se coloca en un lugar preciso dentro del festival: es, a la vez, una película nueva y un hilo más dentro de la historia del cine cubano. Habla de una mujer concreta —Iluminada—, pero también de una generación que vio abrirse, llenarse y apagarse los cines; que aprendió a mirar el país en pantalla y hoy presencia la desaparición lenta de esos espacios. No hay dramatismos impostados ni discursos programáticos: hay una cámara que acompaña, un elenco que sostiene sus personajes desde la sobriedad y una red de referencias que el espectador reconoce sin sobresaltos.
Por eso, cuando terminaron los créditos en el Chaplin, el aplauso fue inmediato y nítido. No se celebraba solo un estreno: se celebraba la sensación de que, en medio de tantas pérdidas materiales, todavía hay películas que recuerdan por qué la sala oscura ha sido uno de los lugares donde Cuba ha aprendido a verse.




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