"Conducta" o la batalla de una maestra contra el sistema educativo cubano
"Conducta" o la batalla de una maestra contra el sistema educativo cubano

«Conducta» o la batalla de una maestra contra el sistema educativo cubano

Chala tiene once años y ya sabe más de supervivencia que la mayoría de los adultos. Vive con su madre alcohólica en un solar de La Habana Vieja, entrena perros de pelea para un tipo que organiza apuestas clandestinas, y cada mañana cruza varias cuadras para llegar a una escuela donde lo espera Carmela, su maestra de sexto grado. Carmela lleva treinta años dando clases y Chala es uno de esos alumnos que te recuerdan por qué elegiste esta profesión, aunque también es uno de esos alumnos que pueden costarte el puesto si te empeñas en defenderlo.

Ernesto Daranas construyó Conducta sobre algo muy simple: ¿Qué pasa cuando la persona que cree en ti se enferma y desaparece? Carmela tiene un infarto, se ausenta varios meses, y la maestra que la reemplaza decide que Chala es un caso perdido. Revisa su expediente, ve las anotaciones de indisciplina, las peleas, los reportes de otros profesores, y concluye que este niño necesita ir a una escuela de conducta, esos doce centros que administra el Ministerio del Interior donde van los menores considerados casos graves. Cuando Carmela regresa y se entera, se niega. Esa negativa desata todo el conflicto del filme.

La película se estrenó en febrero de 2014 en Cuba y fue un éxito masivo de público. Arrasó en el Festival de Málaga con cuatro premios: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor para Armando Valdés Freire y Mejor Actriz para Alina Rodríguez, además del premio del público. Fue nominada al Goya como Mejor Película Iberoamericana y Cuba la eligió como candidata para los Oscar de 2015. Stephen Holden escribió en The New York Times que los personajes representan un retrato vívido de la sociedad cubana contemporánea. Dennis Harvey comentó en Variety que Daranas mitiga los elementos melodramáticos del guion con un tono mesurado y naturalista.

Daranas filmó en La Habana Vieja, en los barrios donde él nació y vive, y le pidió al director de fotografía Alejandro Pérez que usara planos medios y primeros planos, que se concentrara en las caras de los actores porque ahí estaba la historia. El resultado es un trabajo que no necesita mostrar La Habana en panorámicas para que entiendas dónde transcurre la acción: basta ver las paredes descascaradas detrás de Chala, las escaleras hundidas por donde sube Carmela, los patios interiores donde varias familias comparten un espacio que nunca fue diseñado para tanta gente.

Chala cría palomas y entrena perros. No se explica la metáfora, se deja funcionando en silencio: las palomas vuelan libres, los perros se destrozan en un ring por dinero. El chico podría dedicarse solo a las palomas, pero las palomas no pagan suficiente y en su casa necesitan lo que sea que él pueda conseguir. Los perros dan más dinero, también dan más problemas, más violencia, más riesgo de terminar en líos serios. Pero cuando tienes once años y tu madre está tirada en una cama sin poder levantarse porque está intoxicada o en abstinencia, no estás en condiciones de elegir el camino más limpio.

Hay una historia paralela. Yeni es compañera de Chala, la mejor alumna del aula, y le gusta el chico. Vive con su padre, los dos llegaron desde Holguín sin los papeles necesarios para establecerse legalmente en La Habana, y por eso los llaman «palestinos», un término peyorativo que en Cuba se usa para designar a los migrantes del interior que llegan a la capital sin permiso oficial. Carmela también está peleando por Yeni, porque si descubren que no tiene la residencia legal la van a expulsar. El director construye esas dos batallas en paralelo: uno que no puede quedarse porque es demasiado problemático, la otra porque no tiene los papeles correctos, la maestra peleando por los dos mientras las autoridades escolares le van dejando claro que defender a estos niños le va a costar la jubilación.

Armando Valdés Freire, el niño que interpreta a Chala, no tenía experiencia previa como actor. Lo encontraron durante el casting en las calles de La Habana Vieja, le hicieron pruebas, y resultó tener todo lo que el personaje necesitaba: esa mezcla de rabia contenida y ternura escondida, la capacidad de transmitir que este chico ha tenido que hacerse adulto demasiado rápido pero que todavía hay restos de infancia ahí adentro. Alina Rodríguez le da a su personaje una dignidad agotada, la convicción de alguien que lleva décadas haciendo un trabajo que ama pero que ya no sabe si tiene fuerzas para seguir peleando contra la burocracia. Murió inesperadamente un año después del estreno, y este fue su último papel en cine.

Daranas contó en entrevistas que el personaje está inspirado en una maestra real de La Habana Vieja que dio clases a su hijo menor. Esa maestra participó en la revisión del guion y escribió todos los textos que aparecen en la pizarra del aula. También hay elementos autobiográficos: las escapadas a la línea del tren para afilar los bordes de las chapas de botella, el reto de cruzar la bahía a nado, detalles de su propia infancia que incorporó porque sabía que iban a hacer que la historia se sintiera verdadera para cualquiera que hubiera crecido en esos barrios.

Hay una escena que sintetiza todo. Yeni coloca una estampita de la Virgen de la Caridad del Cobre en el mural de símbolos patrios del aula, junto a la bandera cubana y una frase de Martí. La maestra suplente la ve y ordena que la quiten de inmediato. Cuando Carmela regresa, Yeni le cuenta lo que pasó, y Carmela decide que la estampita se queda ahí. No lo plantea como una provocación religiosa sino como algo que debería ser obvio: en un país donde te impregnan de propaganda política desde que entras al aula hasta que sales, al menos se puede presentar algo desde la religión, y no como proselitismo sino como lo que es, algo profundamente cubano. La Virgen de la Caridad es parte de la cultura cubana incluso para los no creyentes, está tan intrincada en el tejido cultural que la escena no causó polémica cuando se estrenó el filme. Lo que causó impacto fue ver a una maestra defendiendo el derecho de una niña a tener su fe visible en el aula.

El director rodó con estudiantes del Instituto Superior de Arte, con actores no profesionales reclutados en los barrios donde filmaba, con un equipo que sabía que estaban tocando temas delicados pero que consideraban que valía la pena intentarlo. Cuando se estrenó en febrero de 2014, las salas estaban llenas y hubo aplausos espontáneos en varios momentos, sobre todo cuando Carmela enfrenta a la directora y le dice que no va a firmar los papeles que autorizan el traslado del niño a los centros de conducta.

Los doce centros de conducta en Cuba están administrados por el Ministerio del Interior. Van ahí los menores de 16 años considerados casos graves, aquellos que presentan conductas disociales o han cometido actos que, si tuvieran más edad, serían delitos penales. Ir a parar a uno de ellos es un estigma que se lleva toda la vida. Carmela lo sabe. Sabe que si el niño entra ahí, las probabilidades de que salga convertido en alguien mejor son casi nulas. Por eso pelea, aunque sabe que está arriesgando su jubilación, los últimos años que le quedan como docente, la tranquilidad de terminar su carrera sin problemas.

El conflicto dramático no viene de afuera, viene de adentro del aula. No hay villanos externos, no hay agentes represores tocando la puerta. El conflicto viene de una directora que cumple con los protocolos, de una maestra joven que aplica el reglamento, de una comisión que evalúa casos según criterios establecidos, de un inspector que revisa que todo esté en orden. Todos están haciendo su trabajo, todos actúan dentro de las reglas, y precisamente por eso la protagonista no tiene manera de ganar esta pelea. Lo que está en juego no es si alguien está abusando de su autoridad, sino si las reglas están diseñadas para salvar a los niños o para apartarlos cuando se vuelven incómodos.

Daranas escribió diálogos que tienen peso sin volverse discursos. La protagonista habla como habla alguien que lleva décadas frente a una pizarra, con frases cortantes y claras, sin rodeos. Cuando la directora le dice que el niño necesita un tratamiento especializado que ellos no pueden darle, ella responde que lo que necesita es que alguien se tome el trabajo de conocerlo en lugar de llenarlo de pastillas y encerrarlo con otros chicos igual de jodidos que él. Cuando el inspector le pregunta si está dispuesta a hacerse responsable de lo que pueda hacer, dice que sí, que se hace responsable, y eso termina de sellar su destino porque a partir de ese momento cualquier problema con el muchacho va a recaer directamente sobre ella.

El filme termina con el protagonista todavía en el aula, su maestra todavía peleando, y la sensación de que esta batalla no se ha ganado sino que apenas se ha conseguido postergar el desenlace inevitable. No cierra con un final feliz ni con una derrota definitiva, cierra con la incertidumbre de no saber cuánto tiempo más van a poder sostener esto antes de que el sistema encuentre la manera de hacer lo que ya decidió que había que hacer. Es un final que no resuelve nada, y precisamente por eso es honesto.

Conducta se estrenó diez años después de que Daranas dirigiera el telefilme ¿La vida en rosa? y seis años después de su ópera prima en cine Los dioses rotos, que ganó el premio del público en La Habana. Con este trabajo consolidó una manera de filmar historias cubanas sin renunciar a la crítica pero sin caer en el panfleto, sin convertir a los personajes en símbolos. Chala no representa nada más que a sí mismo, un niño de once años que cría palomas y entrena perros y tiene una maestra que se niega a dejarlo caer. Y eso es suficiente.


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