Steven Spielberg llegó a La Habana en noviembre de 2002 cuando ya no necesitaba presentaciones. Su nombre llevaba décadas circulando por las pantallas cubanas, a veces en copias desgastadas, a veces en relatos de sobremesa, siempre asociado a una idea muy concreta: el cine entendido como relato popular, pero también como oficio serio. Su visita coincidió con una muestra de su obra que permitió revisar, en salas locales, una filmografía que había acompañado a varias generaciones sin distinción de fronteras.


Hablar de Spielberg es recorrer la transformación del cine contemporáneo. Fue quien tensó el suspenso hasta volverlo fenómeno con Tiburón, quien devolvió a la aventura su pulso clásico con En busca del arca perdida y quien convirtió la ciencia ficción en una historia doméstica con E.T.. Más tarde, cuando ya había dominado el lenguaje del gran espectáculo, giró la cámara hacia terrenos más incómodos: la memoria histórica en La lista de Schindler, la guerra filmada sin épica en Salvar al soldado Ryan, los dilemas morales y políticos que atraviesan buena parte de su cine adulto. No hay uniformidad en su obra, pero sí una obsesión constante por el relato claro y el punto de vista humano.
En La Habana, esas películas no se recibieron como un canon intocable, sino como material vivo. El director asistió a proyecciones, escuchó comentarios, habló de cine sin grandilocuencia y observó cómo su trabajo dialogaba con un público acostumbrado a mirar las imágenes desde la reflexión y no desde el consumo rápido. Fue un intercambio sobrio, sin escenografías innecesarias, donde el cine ocupó el centro de la conversación.
Spielberg se fue como llegó: sin promesas ni titulares forzados. Su paso por la ciudad quedó fijado en otra clave, más duradera. La de un cineasta cuya obra, vasta y diversa, ya formaba parte de la cultura cinematográfica cubana antes de su presencia física. La visita no necesitó adornos: bastó con confirmar que algunas filmografías no pertenecen a un país, sino al imaginario común del cine universal.




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