Mario Limonta (Guantánamo, 1936 – La Habana, 2025) fue una de esas presencias que se quedaron en la vida cotidiana de Cuba, no por la insistencia de los medios, sino por la naturalidad con que se hizo parte del imaginario popular. Su voz, su manera de mirar, la cadencia con que decía una línea o sostenía un silencio, acompañaron durante décadas a un país que lo reconocía como propio.
Llegó a La Habana siendo apenas un bebé, hijo de un tabaquero que perseguía mejores oportunidades. Creció entre Holguín y la capital, y antes de cumplir veinte años ya se había subido a un micrófono en el programa radial “La corte suprema del arte”. Estudió Derecho por un breve tiempo, pero el oficio de la palabra y la escena pudo más. Desde entonces no se apartó de los estudios, los escenarios ni las cámaras.
A partir de 1959 inició su carrera profesional en la radio. Durante esos años integró el grupo teatral “Guernica”, al mismo tiempo que se afirmaba en el medio. Allí conoció a la actriz y locutora Aurora Basnuevo, con quien formó no solo un matrimonio sólido, sino una dupla artística recordada por generaciones. Juntos dieron vida a “Sandalio el Bolao” y “Estelvina” en el espacio “Alegrías de sobremesa”, una comedia que durante más de tres décadas fue parte del sonido cotidiano de la isla. La complicidad entre ambos trascendía los personajes: eran cómplices dentro y fuera de la cabina, una pareja que simbolizaba la continuidad entre el arte y la vida.
Limonta fue un actor de múltiples registros. En la televisión, su figura se hizo inseparable del sargento Arencibia de San Nicolás del Peladero, un personaje que dominó con inteligencia y matices, logrando que el humor conviviera con la humanidad. También participó en telenovelas, aventuras y series que marcaron distintas épocas, manteniendo siempre una presencia sólida, nunca complaciente.
En el cine debutó con La decisión (1964), de José Massip, y poco después participó en De cierta manera, de Sara Gómez, un filme clave en la historia del cine cubano. Su trayectoria en la gran pantalla atravesó cinco décadas, con títulos tan diversos como El brigadista, Retrato de Teresa, Miel para Oshún, Barrio Cuba o Los dioses rotos. Su último trabajo, Estrés, de Marilyn Solaya, se estrena este año y será también su despedida.
A lo largo de su carrera recibió la Distinción por la Cultura Nacional, el Premio Nacional de Televisión, la Gitana Tropical y el Premio Nacional del Humor, reconocimientos que, más que coronar una obra, confirmaron el afecto del público. Pero su verdadera consagración no vino de los galardones, sino de esa cercanía con la gente común que lo escuchaba, lo veía y lo sentía parte de su casa.
En los últimos años, tras la muerte de Aurora Basnuevo, se le veía menos en público, aunque nunca se alejó del todo del oficio. Continuaba siendo una referencia moral y profesional para las nuevas generaciones de actores, alguien que entendía la actuación no como artificio, sino como una forma de verdad.
Mario Limonta murió un día antes de cumplir 89 años. Su partida deja silencio donde antes hubo risa, pero también el ejemplo de una vida entregada al arte con disciplina, humor y hondura. En cada registro suyo, en la voz que aún suena en los archivos, queda el eco de un hombre que entendió que el talento no se exhibe: se comparte.




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