Hablemos de María Valero, la Gran Dama de la Radio en Cuba
Hablemos de María Valero, la Gran Dama de la Radio en Cuba

La gran dama de la radio: el legado de María Valero en la cultura cubana

El pasado 13 de febrero se celebró el Día Mundial de la Radio, y qué mejor manera de festejarlo que recordando a una de las personalidades más queridas de la radio cubana: María Valero. Recientemente, la televisión rescató del olvido a esos grandes iconos con una telenovela que se centró en este fascinante medio, una oportunidad para honrar a las talentosas figuras del pasado y del presente que han enriquecido tanto a la cultura cubana. Una de ellas fue María Valero, apodada «La Gran Dama de la Radio Cubana», cuya vida se exploró en «El derecho de soñar».

María de los Dolores Valero Sisteré, nacida en Madrid, España, en 1912, era hija de Ricardo Valero, un cubano de nacimiento, y Ana Sisteré. Su bisabuelo paterno, José Valero, fue el primer actor en la obra de teatro «Baltasar» de la escritora cubana Gertrudis Gómez de Avellaneda. María heredó el amor por las artes escénicas de su padre y pronto se unió a la Compañía de Ricardo Puga, debutando como actriz profesional a los 15 años.

Después de la muerte prematura de su padre y un matrimonio fallido, María se dedicó a la enfermería. Durante la Guerra Civil Española, trabajó en el Hospital Obrero de Madrid y fue trasladada a Valencia, donde fue nombrada jefa de ayuda a los hospitales. Más tarde, se trasladó a Barcelona.

En 1939, al finalizar la guerra, María llegó a Cuba, su segunda patria, en el buque El Flandre y fue recibida por su tía Pilar Bermúdez, quien le dio alojamiento en su casa en La Víbora.

El 20 de noviembre de 1939, presentó la solicitud para ingresar en la Asociación Cubana de Artistas Teatrales, avalada por la tía, actriz de prestigio, y el actor Santiago García Ortega. Aunque María tuvo dificultades para ascender en la radio cubana debido a su acento, finalmente logró triunfar y se entregó por completo a la actuación en la radio.

María Valero comenzó su carrera en la radio en Radiodifusión O’Shea, una emisora pequeña que transmitía desde la azotea del hotel Plaza. Pronto se unió al cuadro dramático de la firma Sabatés, dirigido por Marcelo Agudo, donde formó pareja romántica con Ernesto Galindo. Juntos protagonizaron «Doña Bárbara» y al Santos Luzardo de la obra de Rómulo Gallegos, que comenzó a transmitirse todos los días a las 8:30 de la noche en «La novela del aire» de la RHC Cadena Azul.

En el Circuito CMQ, María siguió cosechando éxitos con «El Folletín Hiel de Vaca», trabajando con actores famosos como Armando Osorio, Alberto González Rubio y Carlos Badías, con libretos de Mary Munné y José Ángel Buesa. También actuó en la radionovela «El collar de lágrimas», la serie más larga en la historia del género, donde se convirtió en la figura femenina más popular de la radio.

María también fue la protagonista de dos novelas de Félix B. Caignet, «El precio de una vida» y «El derecho de nacer», ambas con la dirección de Emilio Medrano y en pareja con Carlos Badías.

En 1941, Nicolás Rodríguez, actor cómico de fama en Madrid, llegó a La Habana y formó una compañía teatral en la que María fue la figura femenina principal. Juntos actuaron en varias obras, incluyendo «Don Juan Tenorio» de José Zorrilla.

María siempre muy generosa, participando en shows para agasajar a los enfermos durante el Día de los Hospitales o el Día de Reyes. Nunca capitalizó en propaganda personal un gesto humanitario.

En 1942, la Asociación de la Crónica Radial e Impresa (ACRI) la nombró Primera Actriz del año, título que mantuvo hasta 1947. Esto la llevó a ser conocida como La Gran Dama de la Radio en Cuba. María Valero fue una artista sencilla que nunca se envaneció por su trabajo o el amor del público, como expresó Sol Pinelli.

La carrera artística de María fue una historia de éxito tras éxito, tanto en la RHC como en CMQ. Su carrera fue explorada en detalle en la telenovela «El derecho de soñar», que acercó a la audiencia al maravilloso mundo de la radio.

María Valero, la gran dama de la radio en Cuba, fue víctima de un trágico accidente el 26 de noviembre de 1948. Esa noche, la actriz tenía que salir al aire en el capítulo 199 de la novela «El derecho de nacer», donde su personaje, Isabel Cristina, era un punto clave de la trama. Antes de eso, en la tarde del 25 de noviembre, Gaspar de Santelices, reconocido por sus compañeros por sus profecías, agarró la mano de María mientras conversaba con otros actores en uno de los pasillos de la emisora y le dijo: «Cuidado, cuidado… Hay un accidente». María prefirió ignorar el comentario y seguir con la conversación.

En la madrugada del 26 de noviembre, un grupo de actores, entre los que se encontraba la Valero, decidieron vivir la experiencia de ver un cometa que era perfectamente visible desde La Habana. Cruzaron la calle cuando ocurrió el accidente. María llevaba una larga chalina que se enredó en las ruedas de un auto que venía a gran velocidad, lo que la hizo caer al suelo y golpearse la cabeza contra el pavimento, causándole la muerte inmediata.

El cadáver de María fue expuesto en la funeraria Caballero, donde los trabajadores del circuito CMQ le rindieron homenaje realizándole guardia de honor. La noche del 26 de noviembre no se transmitió el capítulo 200 de «El derecho de nacer», y la CMQ trasladó los micrófonos a la funeraria para que los actores le rindieran homenaje a la actriz. La voz de María Valero fue entresacada de capítulos ya transmitidos de la radionovela para ponerla a dialogar con Minín Bujones, que asumiría el papel de Isabel Cristina. Así fue su despedida de la novela, de la radio y de la vida.

El pueblo habanero se volcó a despedir a María Valero. Para acceder a la capilla, se hizo necesario formar una fila que arrancaba en el Malecón y subía por 23 desde la calle 27 hasta la calle M. El entierro se realizó el 28 de noviembre de 1948 en el cementerio de Colón, y la multitud acompañó a la actriz hasta su última morada. La despedida del duelo estuvo a cargo de Germán Pinelli ante una multitud enorme que colmaba todo el panteón en que fue enterrada.

Muere la artista María Valero y los noticieros se hacen eco de la noticia. Asisten, entre otros, Goar Mestre y Eddy López, presidente de la Asociación de Artistas Cubanos.

Sobre ella, Félix B. Caignet, el autor de «El derecho de nacer», ofreció una conmovedora declaración a la prensa: «Con María se ha muerto un gran pedazo sentimental de mí mismo. Porque de las entrañas de mi fantasma de autor, entre otros personajes de “El Derecho de Nacer” un día nació una muchacha linda y rubia, amorosa y rebelde, a quien en el Jordán de mi capricho, bauticé con el nombre de “Isabel Cristina del Castillo”. Tuvo por cima un script de radio y a pesar de haber nacido como un fruto lógico de una concepción idealista, no tenía vida, no tenía voz. Y fue entonces que le supliqué a María Valero que le diera su alma, su vida y su voz de maravilla a mi hija; sin voz, sin alma y sin vida».

María Valero, la gran dama de la radio de Cuba, dejó un legado inolvidable en la cultura cubana. Los que la conocieron afirmaban que no era una mujer bella, pero sí interesante, con excelente gusto, armoniosa figura y modales distinguidos. Como buena madrileña, creía que «el buen calzado» y «el buen perfume» eran requisitos indispensables para el buen vestir.

Era una mujer sobria en su estilo de vida y hábitos saludables para conservar su voz y salud, le gustaba nadar en la piscina del Hotel Nacional y caminar por el Malecón. No concebía terminar el día sin haber leído «algo bueno» de sus autores preferidos como Stefan Zweig, Andrés Maurois, Miguel de Unamuno y Antonio Machado, cuyos versos dormían cerca de ella en su mesita de noche. Cuando encontraba un poema que conectaba con su sensibilidad, lo recitaba a solas y lo grababa.

Además de la lectura, disfrutaba del buen cine y admiraba a actrices como Ingrid Bergman y Joan Fontaine, y a actores como Charles Boyer y Lawrence Olivier. También visitaba las salas de conciertos para ver bailar a Alicia Alonso, a quien consideraba una de las figuras más destacadas del ballet clásico universal.

Odiaba la injusticia y valoraba la sinceridad por encima de todo. En cuanto a sus aficiones, hablaba del baile desde un punto de vista deportivo y solo bailaba con alguien que supiera hacerlo. Era una experta tejedora y les regalaba a los hijos de sus amigos tejidos hechos por ella. Además, le encantaba fotografiar, coleccionar muñecas y gatos de porcelana, y tenía retratos de artistas en su salón.

La música era su poesía con sonido y la usaba como sedante para el cansancio. En su biblioteca musical personal tenía música de Falla y Rimsky-Korsakoff, así como el repertorio completo de Conchita Piquer, a quien escuchaba cuando sentía nostalgia por su tierra natal y sus seres queridos.

Aunque amaba a Cuba y al pueblo cubano, añoraba siempre su natal Madrid. Tenía entre sus «locos sueños» tener una casa a orillas del Manzanares y otra en las riberas del Almendares. Siempre que estrenaba una obra, la dedicaba a la memoria de su padre y mostraba profundo respeto y agradecimiento por su familia, especialmente por aquellos que habían fallecido, de quienes había recibido los mejores valores.

 Germán Pinelli, fundador de la Radio y la Televisión cubana, la recordaba así: «Yo tenía una amistad especial con María Valero. A mí me gustaba el carácter de María Valero. Un poco seca, daba la sensación de no tener amistad con nadie. Pero cuando tenía amistad con alguien era fiel en su amistad. Una mujer elegante, bella en conjunto. No tenía un rostro que llamara mucho la atención, pero una apariencia personal muy bonita.»

Fuentes: Ecured, Impacto Latino, Radio cubana

Fotos: Marvin Jui-Pérez


Comparte esta publicación con tus amigos.
Muévete con colarte. Toca para unirte
Muévete con colarte. Toca para unirte
Anuncio Patrocinado

Lo más destacado

Compártenos tu opinión sobre esta publicación

Descubre más desde CubaActores

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo