Nacido el 31 de octubre de 1943 en Bauta, antigua provincia de La Habana (hoy Artemisa), Enrique Molina fue uno de los actores más reconocidos y queridos de la escena cubana. Falleció el 3 de septiembre de 2021 en La Habana, víctima de complicaciones por la COVID-19, dejando un vacío inmenso en el panorama artístico nacional.
De origen humilde y marcado por una infancia difícil —quedó huérfano de madre a los cuatro años—, Molina encontró en el arte un camino de superación y sentido. Vivió parte de su juventud en Santiago de Cuba, donde comenzó su acercamiento al teatro dentro del Conjunto Dramático de Oriente, una agrupación de aficionados que luego se convertiría en su escuela. A partir de 1968, se incorporó a la televisión en Tele-Rebelde y poco después se trasladó a La Habana, donde consolidó una trayectoria de más de cinco décadas en cine, teatro, radio y televisión.
Trayectoria y aportes
Enrique Molina se distinguió por su enorme versatilidad y compromiso. Fue un actor de carácter, capaz de pasar con naturalidad del drama al humor, del campesino al intelectual, del héroe popular al villano trágico. En el cine debutó en El hombre de Maisinicú (1973), una de las obras fundamentales del cine cubano. A lo largo de su carrera trabajó en títulos como Polvo Rojo, Caravana, La vida es silbar y El cuerno de la abundancia, donde interpretó personajes que conectaron profundamente con el público.
En televisión alcanzó gran popularidad con el personaje de Silvestre Cañizo en la telenovela Tierra Brava (1997-1998), un papel que lo convirtió en símbolo de autenticidad y humanidad para toda una generación. Su manera de encarnar a los personajes, con una mezcla de intuición y rigor, le valió el respeto de colegas y directores.
En teatro, integró compañías relevantes y llevó a escena obras del repertorio nacional e internacional. Su presencia sobre las tablas se caracterizaba por la energía y el dominio escénico, siempre sostenido por una sensibilidad profunda.
Estilo y legado
Molina era un actor de transformación. Estudiaba cada detalle del personaje, desde el acento y la postura hasta los silencios. En una ocasión se sometió a varias operaciones para un papel histórico que finalmente no llegó a filmarse, gesto que revela su entrega absoluta al oficio. No buscaba la fama, sino la verdad del personaje.
Su interpretación se definía por la naturalidad, la verdad emocional y la conexión con el público. Tenía la rara capacidad de hacer creíbles las palabras más simples, de transmitir emoción sin artificio. Por eso el espectador cubano lo sintió siempre cercano, como un reflejo de sí mismo en la pantalla.
En 2020 recibió el Premio Nacional de Televisión de Cuba, reconocimiento a una vida entera dedicada al arte y a la cultura del país.
Un símbolo de autenticidad
Más que un actor, Enrique Molina fue un hombre coherente con su tiempo. Representó la dignidad del trabajo artístico, la constancia, la ética del esfuerzo y la sencillez de quien nunca olvidó de dónde venía.
Su muerte provocó una ola de homenajes en todo el país. La televisión cubana siguió transmitiendo sus personajes, las redes se llenaron de mensajes de gratitud y sus colegas recordaron su generosidad, su humor y su disciplina.
Enrique Molina permanece en la memoria colectiva como uno de los grandes rostros de la actuación cubana. Su obra, extendida entre el teatro, el cine y la televisión, sigue recordándonos que el arte —cuando se vive con verdad— puede ser una forma de eternidad.




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