La trayectoria de Armando Miguel Gómez no responde al recorrido clásico del actor formado en academias de arte. Su historia comienza lejos de las aulas teatrales y más cerca de una vocación que tardó en encontrar cauce. Graduado de mecánica automotriz, fue después del servicio militar cuando la actuación dejó de ser un juego doméstico —aquellas representaciones improvisadas junto a sus hermanos— para convertirse en un camino posible. El punto de giro llegó con su entrada al grupo de teatro de aficionados Olga Alonso, dirigido por Humberto Rodríguez, un espacio decisivo para muchos intérpretes que comenzaron fuera de los circuitos oficiales.
Su debut en escena no fue complaciente. Interpretar a Orestes en Electra Garrigó implicaba enfrentarse a un texto complejo y a una exigencia actoral que suele reservarse para trayectorias más consolidadas. Ese primer reto marcó una pauta: desde el inicio, Armando Miguel apostó por personajes que obligaban a rigor y concentración. Tras ese estreno vinieron otros trabajos teatrales, incluso en registros humorísticos, hasta que poco más de un año después se presentó al casting de la telenovela Aquí estamos.
La televisión fue el espacio que lo dio a conocer al gran público. Aquí estamos significó su primer trabajo en la Televisión Cubana y también el personaje que lo colocó en el mapa actoral. Adonis, joven marcado por una educación rígida y un fuerte sentido de la amistad y la familia, le permitió mostrarse en un registro sensible, contenido, lejos del estereotipo. Compartir escenas con actores de larga trayectoria fue, como él mismo reconoció entonces, una escuela acelerada que influyó directamente en su formación profesional.
Tras ese impacto inicial llegó Adrenalina 360, una teleserie centrada en los deportes extremos, donde asumió el personaje de Leo. El rol exigía algo más que actuación: aprendizaje técnico, disciplina física y adaptación a un tipo de narración poco frecuente en la televisión cubana. Patines, patinetas, surf, pesca submarina y escalamiento formaron parte del entrenamiento para un personaje que reforzó su imagen de actor dispuesto a asumir riesgos y a salir de zonas cómodas.
Paralelamente, Armando Miguel no abandonó el teatro. Participó en la obra Adentro con el Estudio Teatral Buen Día, compartiendo escena con colegas de Aquí estamos como Camila Arteche y Miguel Abreu. Esa continuidad escénica resulta significativa en un contexto donde muchos actores jóvenes, tras alcanzar popularidad televisiva, se alejan del teatro. En su caso, la escena funcionó como espacio de sostén y crecimiento.
El cine terminó de consolidar su perfil. Melaza, dirigida por Carlos D. Lechuga, lo colocó en un relato íntimo y austero, donde la actuación debía sostenerse sin apoyos narrativos excesivos. Poco después llegó Conducta, de Ernesto Daranas, una de las películas más relevantes del cine cubano contemporáneo, en la que su participación se integró a un elenco coral marcado por el realismo y la contención. A estos títulos se sumaron La emboscada, El acompañante, Habana Selfies y Buscando a Casal, conformando una filmografía coherente dentro del panorama cinematográfico nacional de la última década.
En 2013 recibió el Premio de Actuación Adolfo Llauradó, un reconocimiento que suele señalar a intérpretes con proyección y consistencia en el trabajo escénico. Más que un punto de llegada, ese premio funcionó como confirmación de una carrera que, hasta ese momento, ya mostraba continuidad entre teatro, televisión y cine.
La de Armando Miguel Gómez Quiroga es una trayectoria construida sin atajos visibles. No responde al modelo del actor mediático, sino al de quien avanza acumulando experiencia, personajes y aprendizaje. Desde un comienzo fuera de los circuitos académicos hasta una presencia estable en algunas de las producciones más significativas del audiovisual cubano reciente, su carrera se define por una idea sencilla y cada vez menos frecuente: el respeto al oficio.




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