Matanzas le dio a Cuba muchas cosas grandes. El 17 de marzo de 1946 le dio a José Patricio Milián Martínez. Hoy ese hombre cumple ochenta años, y el teatro cubano, que le debe tanto, tiene razones para reconocerlo con la misma intensidad con que él le entregó cada década de su existencia.
Ochenta años de un creador que eligió el camino más difícil y lo recorrió entero.
Había algo en Milián que el teatro reconoció antes que él mismo terminara de comprenderlo. A los quince años, siendo alumno del Seminario de Dramaturgia del Teatro Nacional de Cuba, escribió Vade Retro. Una obra. A los quince años. En esa misma sala donde se formaron los dramaturgos más importantes del siglo XX cubano, bajo la guía de Osvaldo Dragún, Luisa Josefina Hernández y Rafael Somavilla, Milián comenzó a descubrir que el teatro no sería para él una profesión sino una forma de habitar el mundo. Lo que empezó como aprendizaje se convirtió en vocación absoluta, y esa vocación nunca cedió.
Fundó compañías, integró otras, trabajó en todos los oficios que el teatro demanda. El Joven Teatro de Vanguardia, el Conjunto de Arte Teatral La Rueda, el legendario Teatro Estudio, el Teatro Musical de La Habana. Cada etapa le exigió algo distinto y él respondió a cada exigencia: escribió, dirigió, actuó, diseñó escenografías, compuso letras, formó actores, asistió a directores, construyó repertorios. La profundidad de su entrega al arte escénico cubano resulta difícil de resumir porque abarca demasiado, porque tocó demasiados puntos del oficio con demasiada seriedad.
En 1989, en un momento en que Cuba entraba en uno de los períodos más duros de su historia reciente, Milián fundó el Pequeño Teatro de La Habana. La decisión, tomada entonces, define bien quién es este hombre. Mientras otros buscaban acomodo o esperaban tiempos mejores, él abrió una sala y empezó a trabajar. El Pequeño Teatro se convirtió con los años en algo más que una compañía: en el espacio donde Milián volcó todo su mundo artístico, donde formó a actores que después encontraron sus propios caminos, donde estrenó las obras que marcan el centro de su dramaturgia.
Si vas a comer, espera por Virgilio, estrenada en 1998 en el Café Teatro Brecht, es quizás la cumbre de ese ciclo. Una obra que ganó el Premio La Avellaneda, el Santiago Pita, el Nacional de la Crítica Literaria y el Villanueva de la Asociación Internacional de Críticos de Teatro, que viajó a Santo Domingo, a São Paulo, que demostró que escribir desde lo más cubano posible es escribir desde lo más universal posible. Junto a Vade Retro y La toma de La Habana por los ingleses, forma ese núcleo de títulos que la dramaturgia cubana contemporánea ya reconoce como propios, como parte de su herencia irrenunciable.
El Premio Nacional de Teatro llegó en 2008. También la Distinción por la Cultura Nacional y la Medalla Alejo Carpentier. Sumados a cuatro premios Casa de las Américas, dos Premios Nacionales de la Crítica Literaria, el José Antonio Ramos, el Paco Alfonso, dos veces el Santiago Pita y el Omar Valdés por la obra de toda la vida, el reconocimiento institucional al trabajo de Milián es tan amplio que habla por sí solo. Pero los premios, con todo su peso, dicen menos de este hombre que el simple hecho de que lleva seis décadas escribiendo y dirigiendo con la misma exigencia con que empezó.
Porque Milián es también un pedagogo. Generaciones de actores cubanos aprendieron su oficio cerca de él, en los ensayos del Pequeño Teatro, en los trabajos de mesa, en esa transmisión silenciosa que ocurre cuando un maestro trabaja delante de sus alumnos con plena honestidad. Lo que dejó en esos actores forma parte de su obra tanto como los textos publicados.
A los ochenta años, José Milián representa algo que el teatro cubano necesita recordar con gratitud: que es posible consagrar una vida entera a un arte con rigor, con amor y con dignidad, sin traicionarse. Que la escena cubana, con todas sus contradicciones y dificultades, ha producido creadores de esa talla. Que Matanzas, Cuba, América Latina tienen en este hombre a uno de sus dramaturgos más completos y más fieles a sí mismos.
Feliz cumpleaños, José Milián. El teatro cubano es mejor porque usted eligió quedarse en él.




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